Desgarradora victoria: el anonimato como detonante de fama

Desgarradora victoria: el anonimato como detonante de fama

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¿Cómo el anonimato puede ser un detonante de fama? La misma pregunta parece contradecirse. La palabra anónimo remite a algo desconocido, oculto. Sin embargo, hoy en día, tal condición no es impedimento para generar popularidad e incluso renombre. Ejemplo de ello es Banksy, artista callejero quien, al ocultar su identidad, ha logrado posicionarse como uno de los artistas actuales más controversiales.

Su más reciente aparición fue el viernes 5 de octubre en la última subasta de Sotheby’s en Londres, cuando después de ser vendido un lienzo pintado con spray titulado Girl With Balloon por 1.4 millones de dólares americanos, la obra se autodestruyó frente a todos los coleccionistas y público presentes. Posteriormente, el artista que únicamente se manifiesta virtualmente en Instagram y su sitio web, publicó una foto de lo ocurrido con el caption: “Going, going gone…”

 “It appears we just got Banksy-ed” fueron las palabras de Alex Braneczik, director de Sotheby’s para The Guardian. Y sí. No es la primera vez que Banksy y todo el sistema que hay detrás de él, ponen en crisis — o al menos en manifiesto —la vulnerabilidad del arte contemporáneo. Ahora, quizás la obra vale más que en lo que se subastó, pues la crítica ha comenzado a mencionar el suceso como el primero en su tipo; y, por lo tanto, todos aquellos que presenciaron tal autodestrucción, participaron de un momento histórico tanto para el arte contemporáneo como para el mercado de arte.

El acontecimiento es digno de analizarse. En los últimos años, la imagen ha cobrado popularidad, lo que ha aumentado su precio en un 20% anualmente, según el servicio de mercado de arte contemporáneo online MyArtBroker. Dicho reconocimiento se debe a su reproductibilidad tanto en las calles como en internet y redes sociales. Es decir, aunque la obra es multiplicada en diversos medios, aquella original no sólo permanece valiosa, sino que aumenta con cada copia.

Vía: Widewalls

Vía: Widewalls

Después de una tensionante batalla entre coleccionistas, se cerró la oferta con el famoso grito: “Going going gone!” Lentamente la incertidumbre del ambiente comienza a disiparse, cuando de repente, sucede. La pieza cae sobre la base del marco que la protege y comienza a triturarse. Paralelamente a la desgarradora trituración, suena una alarma que termina por avisar lo sucedido. Se va, se va, se fue.

En un video, igualmente posteado en Instagram por el artista, se explica cómo se instaló secretamente aquel triturador en el marco de la pieza; será cuestión de cada quién creer en el carácter misterioso del acto, o no. Múltiples imágenes comenzaron a invadir las redes sociales y noticieros, mostrando un público asombrado, pero también divertido; aunque nadie lo veía venir, era de esperarse.

Es decir, se trata de una puesta en escena minuciosamente planeada. Una autodestrucción que pone en manifiesto la forma en la que se consume el arte contemporáneo. No sólo se trata de adquirir, o simplemente apreciar, una pieza en términos materiales o simbólicos, sino de presenciar e incluso compartir un espectáculo. Quien estuvo ahí, presenció un momento tal vez clave para el actual sistema artístico; quien lo compartió, fue partícipe en términos mediáticos; y quien compró la pieza, parece que ganó el juego del mercado del arte.

Sin embargo, parece que se está escapando algo. En La société du spectacle, el filósofo francés Guy Debord (1931-1994), planteó cómo las sociedades modernas se han convertido en sociedades del espectáculo. A lo largo de 221 tesis, el autor pone en manifiesto cómo la realidad se ha colocado en un segundo plano para dar lugar a las representaciones; es decir, a las imágenes. El texto lo explica mucho más a fondo e invita a una reflexión profunda sobre los límites entre lo real y lo ficticio, así como todas las problemáticas que atraviesan la autoemancipación moderna.  

Vía: WMagazine

Vía: WMagazine

 De tal forma que Banksy puso frente a su público una serie de imágenes: un artista anónimo pero reconocido nivel mundial; una niña a la que se le desvanece su globo; un coleccionista perdiendo y ganando una pieza millonaria; una foto de lo sucedido en Instagram; un video explicando la situación; y finalmente a un grafitero de talla mundial —del cual ni siquiera se conoce ni su rostro —, alzando los precios de todo su trabajo en un aparente abrir y cerrar de ojos. Al final del día, gracias a un espectáculo capaz de mostrar y al mismo tiempo ocultar el modo de producción de arte actual, Banksy es quien ganó.

Finalmente, seis días después de lo ocurrido, Sotheby’s comunicó oficialmente la creación de una nueva obra. La triturada niña a la que se le esfuma su globo tiene como título Love Is In the Bin, primera obra en la historia del arte en producirse durante una subasta. El mismo comunicado confirma el precio inicial. La coleccionista —de la cual sólo se sabe que es una mujer europea —comentó:

“Cuando terminó la subasta la semana pasada y la obra se destruyó, yo estaba en shock inicialmente, pero gradualmente comencé a darme cuenta que me estaba quedando con mi propia parte de historia del arte”.

Lo que vuelve a confirmar la naturaleza del espectáculo del arte contemporáneo; un montaje que encubre y al mismo tiempo revela aspectos del sistema que hace posible su producción. Habrá quienes entenderán el fenómeno como una obra de arte en su totalidad, o tal vez, un maquiavélico acuerdo entre el artista y Sotheby’s que les brindará prestigio y celebridad a ambas entidades… ¿Cómo el anonimato puede ser un detonante de fama?

Vía: WMagazine

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