Teatro Juárez, 115 años

Teatro Juárez, 115 años

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Resguardarnos es lo menos que hacen los edificios. Su presencia es sobre todo, política. Y la arquitectura es, ante todo, comunicativa. Por eso no debe extrañarnos que cada proyecto de gobierno traiga consigo su propuesta artística, cultural y estética.

De entre ellos, uno de los más recordados es el Porfiriato. No porque haya tenido una propuesta inclusiva de la cultura, sino porque se dedicó a la construcción de múltiples edificaciones que aún están de pie en nuestro país.

Entre ellas, está el Teatro Juárez, emblema de la ciudad de Guanajuato, múltiples promocionales del Estado lo definen como un ejemplo de arquitectura ecléctica que comunica el espíritu guanajuatense. Más allá de seguir ahondando la retórica mercadotécnica del nacionalismo promovido por el estado del bajío mexicano, entender a las edificaciones en su contexto nos permite visualizar porque se convierten en un vínculo con nuestro sentido de pertenencia.

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La razón de la revalorización de este recinto se debe a que hoy cumple su 115 aniversario. Fue el 27 de Octubre de 1903, que se inauguró el Teatro Juárez, la Columna de la Paz y el Palacio Legislativo, bajo una comitiva que lideraba el gobernador Joaquín Obregón González quién como invitado de honor tenía al Presidente Porfirio Díaz y parte de su gabinete.

La pertinencia de la construcción de un teatro para la ciudad fueron las primeras interrogantes. Un diario local, escribía: “¿Es una obligación de los gobiernos invertir forzosamente los fondos públicos en gastos de ornato cuando hay obras de verdadera necesidad pública, que requieren con más urgencia la atención de los gobernantes, que mejoras enteramente superfluas?

La pregunta no era cosa menor. La construcción de este edificio fue larga, agotadora y sangrante para las finanzas públicas del estado. Para su primera etapa constructiva, a cargo del arquitecto José Noriega, que comenzó desde 1873, tuvo que ser demolido el antiguo Hotel El Emporio, y se pidió ser respetada la fachada de la Capilla de San Diego. Además, resultó que bajo el suelo que necesitaban para la construcción estaba el antiguo (ahora) Ex Convento San Dieguino, de los primeros franciscanos llegados a territorio guanajuatense.

La primera fachada propuesta por el arquitecto José Noriega

La primera fachada propuesta por el arquitecto José Noriega

Teatro Juárez en 1893 antes de la intervención de Antonio Rivas Mercado

Teatro Juárez en 1893 antes de la intervención de Antonio Rivas Mercado

Quedando abandonada la construcción tuvo que ser retomada por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, quién era la figura predilecta por el presidente Díaz, siendo también el encargado de la Columna de La Independencia.

Dibujo de la fachada propuesta por Antonio Rivas Mercado.

Dibujo de la fachada propuesta por Antonio Rivas Mercado.

La función inaugural fue la ópera Aída de Giuseppe Verdi. Todos los invitados pertenecían a la élite porfiriana, tanto la de Guanajuato como de la Ciudad de México. Lo que nos lleva de nuevo al cuestionamiento que ya hacía el periodista anteriormente, ¿cuál era la pertinencia de un edificio como éste? y ¿para quiénes estaba construido?

Definitivamente el proyecto porfiriano tenía la intención de embellecer las ciudades con teatros y edificios públicos que parecieran palaciegos, había la propuesta de construir ciudades que nos encumbrarán al mismo nivel que las metrópolis europeas, en un sentido de relacionarnos con la civilización y el progreso. Claro, el progreso entendido como seguir los proyectos políticos y las formas devenidas de la Revolución Industrial, que era explotar los recursos naturales y construir grandes emporios mercantiles e industriales (¿Ha variado?, tema para otro día).

Eso nos lleva al boom de construcción de recintos teatrales por el país durante dicha época. ¿Para quiénes estaban construidos?, la clase burguesa de industriales extranjeros y la clase política mexicana, tenían que comenzar a gestionar su tiempo de ocio y sobre todo, de relaciones públicas, que mejor que hacerlo con ópera que los legitimaría como clase culta, al igual, que sus congéneres europeos.

Invitación a la inauguración del Teatro Juárez, La Columna de la Paz y el Palacio del Poder Legislativo

Invitación a la inauguración del Teatro Juárez, La Columna de la Paz y el Palacio del Poder Legislativo

Definitivamente el Teatro Juárez, teniendo el objetivo de ser un centro cultural sólo lo era para quiénes podían asistir, ellos monopolizaban lo que se tomaba por disfrute cultural, que no era más que un beneficio del capitalismo industrial que le permitía a los dueños y políticos, tener tiempo libre para disfrutar de las mieles de las disciplinas artísticas.

Lo que nos hace cuestionarnos hasta hoy cómo se gestionan los recursos y de qué manera construimos los espacios culturales, que muchas veces en vez de funcionar como reales articuladores, en realidad funcionan como legitimadores de ciertas convenciones sociales sólo para las clases privilegiadas. Por supuesto, en el caso del Teatro Juárez, ya sólo queda utilizarlo para articular de manera diferente al disfrute de las presentaciones artísticas. Y tirar la versión de cultura del tiempo, como una cosa abstracta, intelectual y casualmente, que sólo la entendían los blancos (podías blanquearte un poco si tenías mucho dinero).

Inauguración de La Columna de la Paz

Inauguración de La Columna de la Paz

Ahora el Teatro Juárez en sus 115 años de existencia, se ha convertido en un referente de identidad, tanto por el discurso nacionalista que se vivió durante el S. XX en nuestro país y pervive en mercadotecnia turística, como por el cariño que provoca la convivencia diaria y las articulaciones sociales que se ligan a él.

Hasta ahora sigue como unos de los escenarios más importantes del país, resguarda lo mejor de producciones mexicanas e internacionales y funciona como sede de festivales como el Cervantino o el GIFF. Y toda la magia que implica ver un montaje tiene su núcleo en el trabajo de producción y planeación que hace el cuerpo técnico junto con el artista.

Durante una entrevista con Eugenio López; encargado del área de sonido, y quien ha trabajado en el teatro durante 32 años, nos abrió los rincones del recinto y platicó con nosotros sobre el ego del artista, ese que es su mayor miedo y verdugo al realizar su trabajo.

Eugenio López: “Una anécdota… pues equivocarme. Recuerdo hace muchos años que la Compañía Nacional de Danza era la estelar. Solté una pista antes de que saliera la bailarina. Me regañaron, me dijeron que eché a perder su escena. Pedí disculpas, te ves obligado a hacerlo. Y su respuesta de ella, fue: No hay disculpa alguna que componga lo que echaste a perder.

A lo mejor tú como espectador no te das cuenta. Es difícil porque tienes que adaptarte al ego del artista, no es sencillo. […] Si todo sale bien ellos levantan la mano, si algo sale mal, te señalan.”

Altar detrás del escenrio

Altar detrás del escenrio

A Eugenio le gustan las óperas, sobre todo Carmen o El Bárbero de Sevilla, pero lo que más le gusta es el jazz, “por el audio”, le encanta trabajar en el Teatro Juárez, poder ver producciones de todo el mundo y sobre todo, ser parte de ese proceso. Lo que nos hace recordar que cada vez que está frente a nosotros alguna función hay todo un trabajo de una multiplicidad de personas, que le dan soporte a la propuesta artística.

El Teatro Juárez, es un espacio que sigue vivo por cada espectáculo presentado, pero sobre todo, por cada persona que tiene un vínculo con él: de trabajo, de esfuerzo e incluso de identidad.

Esculturas de las musas de espaldas.

Esculturas de las musas de espaldas.

Fotos de archivo consultadas en el libro El Teatro Juárez de Alfonso Alcocer.

 

 

 

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