Pedro Páramo y los fantasmas de México que nunca se van

Una de las actitudes más comunes del mexicano es el escepticismo ante la clase política. Incluso podría pensarse que ni siquiera llega al grado de escepticismo; más bien es una suerte de desinterés generalizado, dadas las condiciones bajo las que vive el grueso de la población mexicana. Es decir, la mayoría de los mexicanos tienen prioridades antes de sentarse a reflexionar las propuestas —profundamente vacías— de los candidatos. Antes de pensar en quién votar, hay que pensar en qué se va a comer al siguiente día—si es que siquiera va a alcanzar el dinero para alimentarse. La realidad de México es que la misma clase política ha sumergido a gran parte de la población en una situación tan precaria por beneficio propio. Al tener al pueblo desinteresado, es más fácil acarrear y sonsacar votos en épocas de elecciones con una mísera torta con refresco. No obstante, mientras que un lado de la moneda muestra esta triste cara de la realidad mexicana, en el otro está la población alerta, la que supera el escepticismo. Éste está más bien canalizado a manera de manifestaciones y otras muestras de insatisfacción, pero siempre con la voz y la cara en alto. Sin embargo, este sector de la población generalmente es vulnerable a recaer en mera ideología tajante —que se convierte en apoyo por un partido o político en específico. Con todo esto, la verdad de la situación política del pueblo mexicano es que es más complicado de lo que aparenta ser cada que hay elecciones. México y su clase política cargan en sus débiles hombros una historia violenta, que explica muchas de las problemáticas que se viven en la actualidad. La nación mexicana se ve constantemente acechada por los espectros de su pasado; y aunque éstos no estén a plena vista, se encuentran entre los resquicios, entre los bellos y coloridos callejones, las ruinas, los llamados “Pueblos mágicos” y edificios ultra modernos, ejemplos de la vacía promesa de la modernidad. Sus fantasmas se insertan en la cultura por medio de la represión, la (muy supuesta) libertad de expresión, el machismo, la violencia e inseguridad y especialmente en la corrupción de la clase política.

La vía fácil para deslindarse de problemas parece siempre ser echarles la culpa a los políticos; pero en México tampoco es exagerado o descabellado verdaderamente echarles la culpa a los políticos. Quizás no sea culpa de individuos, porque también se puede argüir que “no todos los políticos son corruptos” así como no todos los blancos son racistas o todos los hombres son machistas, pero a pesar de sus mejores intenciones, están necesariamente insertos en un sistema que es inherentemente corrupto. Y es que quienes destacan en el sistema político mexicano siempre son las ovejas negras— tomando un ejemplo absolutamente contemporáneo: Javier Duarte. Éste es la representación de todo lo que está mal con la política en México, mientras que seguro en un recoveco del país hay algún político que tiene intenciones sinceras, pero esto es casi imposible saberlo. Hasta podría ser puro pensamiento fantasioso y patrañas.

La historicidad violenta de México se remonta a su concepción. El país ha llegado al punto en el que se encuentra ahora debido a procesos de profunda violencia que han forjado la cultura actual. Desde matanzas en épocas coloniales, hasta la violenta represión de manifestaciones y hasta la guerra contra el narco, “los 43” y los feminicidios, México ha normalizado en su cotidianeidad la barbarie. Todas estas muestras de brutalidad han sido perpetuadas por el Poder—el Poder como institución. Si hace siglos fue la corona española, y en algún momento fue el virreinato, y en otro el caudillismo, Maximato, PRIato entre otros –atos e –ismos, esto eventualmente devino en lo que ahora representan los partidos y sus componentes, que son el núcleo de la clase política actual.

En la novela de 1955, Pedro Páramo, Juan Rulfo crea el espacio de Comala—el pueblo fantasma, acechado por los restos de la vida del homónimo Pedro Páramo. Comala es un espacio que en su momento fue habitado por una serie de individuos —en el estricto sentido de la palabra— cada uno con sus singularidades. Entre ellos estaba Pedro, que representó la deserción de este pueblo por sus actitudes despóticas. Desde el principio, se muestran indicios de la saña del personaje Pedro Páramo, cuando en su lecho de muerte, una de las mujeres de Páramo le pide a su hijo, Juan Preciado, que debe regrese a Comala por “lo que les pertenece.” En su viaje, Preciado se encuentra con un Comala fantasma, tal cual—habitado, pero por entes del pasado, rondando el territorio en búsqueda de un reparo por el sufrimiento causado por un personaje cuasi-autócrata. Aquí el acto del reclamo es de suma importancia, ya que, pensándolo en extensión con la política, es una de las armas más aprehensibles por el pueblo contra la autoridad. Pedro Páramo se ambienta en una diégesis sin referente exacto —Comala no existe en realidad y nunca se especifica un tiempo dado. Es más, la novela, en su espectralidad, se sitúa en una temporalidad dislocada, en la cual se sobreponen distintos tiempos y voces narrativas. La historia de Pedro Páramo se construye de una manera múltiple y polifónica, en la cual interactúan temporalidades y seres, entre los resquicios de su propia historicidad cargada de violencia, fraude y despotismo.

Juan Rulfo. Foto tomada del libro Noticias sobre Juan Rulfo de Alberto Vital, Pag 99

Los fantasmas de Comala permanecen ahí, en su aura espectral, por las desdichas que vivieron a manos de Páramo. El personaje homónimo actúa tal cual como lo han hecho las clases dominantes históricamente. Por ejemplo, uno de los ejercicios de poder de Pedro Páramo en Comala fue regar hijos por doquier; esto es sinónimo o análogo a la cultura del machismo tan latente en México. Si bien en el momento en el que más o menos se puede situar la diégesis de la novela (México posrevolucionario) el machismo y la absoluta indiferencia y desdén por la mujer era más grande, los espectros de esta actitud siguen vivos en la cultura actual mexicana. A su vez, estas actitudes son reproducidas por el Poder, en legislaciones que atentan contra el cuerpo y libertad de la mujer. Asimismo, se reproduce en la cultura en el mismo lenguaje utilizado para referirse a la mujer, o lo que ésta debería ser.

Entre ejercicios de poder sobre mujeres, tierras y la población general de Comala, Pedro Páramo puede ser entendida como una analogía de la problemática del Poder en México. Rulfo construye un personaje que es receptáculo de los obstáculos a los que se enfrenta el pueblo cuando la clase dominante está tan corrompida que es imposible escapar de sus acechanzas. Bien puede ser que Comala sea un espacio ficticio dentro de la literatura, pero en la actualidad se ven muchos Comalas y muchos Pedros Páramo. De este modo, el concepto Pedro Páramo y el concepto Comala van de la mano, en tanto que el pueblo destruido es consecuencia de una clase dominante disfuncional. Así, Juan Rulfo crea una obra literaria que en sí misma contiene su devenir, su latencia y su validez. Mientras México continúe sin enfrentarse a sus espectros, ésta seguirá siendo una obra vigente. Por el momento, esos mismos fantasmas que no descansan en Comala no descansan tampoco en nuestra realidad.

No podemos descansar, tenemos miedo de ellos.

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