1, 2, 3 por mí... y todos los niños marginados

1, 2, 3 por mí... y todos los niños marginados

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El pasado lunes 30 de abril, desde muy temprana hora, recibí gifs de amigas y amigos que desplegaban frases alusivas al día: 1,2,3 por mí y por todos mis amigos que están escondidos detrás del disfraz de adulto (…)  No hay niño que requiera más atención que aquel que un día fuiste. Recuérdalo. Acógelo. Sánalo (…) Piensa como adulto, vive como joven, aconseja como anciano y nunca dejes de soñar como niño…

Recordatorios de una época entrañable. Palabras, pensamientos, reflexiones. Añoranzas por los tiempos idos, nostalgia porque ya no somos los de antes. Los tiempos cambian, así como las costumbres. Hoy se cree que las y los niños nacen manejando dispositivos electrónicos, que deben saber inglés desde el kínder, que deben vestir y sentir como adultos al ritmo del reggeaton. En fin, chavales súper dotados, hiperprotegidos que vivirán en casa hasta que cumplan cuarenta para que así luego ellos nos cuiden a nosotros una vez llegada la vejez.

Pero todo depende del cristal con que se mire. Desde la situación económica, política y social, hasta las oportunidades, circunstancias y acceso a la educación, a la salud, a una vida digna y libre de violencia, la infancia puede tener múltiples aristas y no necesariamente todas ventajosas y prósperas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Convención sobre los Derechos del Niño, consideran niños/as y adolescentes a las personas menores de 18 años, sin distinción de sexo, edad, creencia, color, raza, etnia, pensamiento político y origen, entre otros. En tanto, UNICEF-México marca un rango dividido en tres grupos de edades: de 0 a 5 años; de 6 a 11 años y de 12 a 17 años. No obstante, para estas y otras organizaciones defensoras de los derechos de la niñez, la infancia sigue una secuencia relativamente universal dependiendo de sus desarrollos psicológicos, biológicos y sociales; su cultura, sus condiciones de vida y ambientales y su país de origen.

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Desde un inicio, en 1990, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos no contempló a la niñez dentro de su esquema de grupos vulnerables en México. No fue sino hasta 2014 que el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) reconoció que del total de la población infantil en México —33 millones de niñas y niños entre 0 y 14 años de edad—, el 53.9% es menor de 18 años y se encuentra en situación de pobreza. En tanto que los indicadores en el rubro de privación social muestran que del total de población infantil de 0 a 17 años, 74.4% presenta al menos una carencia social, de los cuales 62.6% no tiene acceso a la seguridad social; 27.6% presenta carencias por acceso a la alimentación; 16.2% no tiene acceso a los servicios de salud; 24.8% no tiene acceso a los servicios básicos en su vivienda; 16.7% tiene carencia en la calidad y en los espacios de la vivienda; y 8.0% presenta rezago educativo.

En este último aspecto, la Encuesta Intercensal 2015 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI, reporta que uno de cada 10 niños, niñas y adolescentes no asiste a la escuela. Los mayores porcentajes se registran en las edades de 3 a 5 años con 49.3% y en los adolescentes de 12 a 17 años, con 36%; situación que aumenta su vulnerabilidad a la marginación. Cabe señalar que la misma encuesta indica que en el país residen actualmente 39.2 millones de niñas, niños y adolescentes de 0 a 17 años de edad, lo que equivale al 32.8% de la población total.

 La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares   (ENDUTIH) 2016, indica que niños y niñas de 6 a 11 años de edad descargan juegos, música, multimedia y videos; el 89.1 % son varones y 82.6% para las niñas.

La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2016, indica que niños y niñas de 6 a 11 años de edad descargan juegos, música, multimedia y videos; el 89.1 % son varones y 82.6% para las niñas.

Sobre el acceso a las tecnologías de la información, el censo señala que de la población total infantil, seis de cada diez infantes, de entre 6 a 17 años, utilizan dispositivos electrónicos, tales como computadora de escritorio, teléfono móvil, laptop o tabletas. En tanto que, para la llamada Generación Z, es decir, los nacidos desde el año 2000 a la fecha, dichos aparatos forman parte de su vida cotidiana, e incluso, son ellos mismos quienes los reconocen como indispensables, al grado de pasar de ser un simple juguete a un objeto imprescindible. Por otro lado, en cuanto a conexión a internet, de 19 millones 284 mil 671, el 69.8% de la población de 6 a 17 años se conectan a la red con cualquier dispositivo y el lugar desde donde acceden se relaciona con las condiciones en que inician sus primeros acercamientos a la red, esto es, desde sus hogares y escuelas. 

Y bueno, hasta aquí los datos duros. Y la pregunta es, ¿por qué la niñez de hoy se considerada autosuficiente solo por dar click en alguna app? ¿Por qué creer que se alimentan de comida cibernética y que con el poder de su firma pagan y compran? ¿Por qué los adultos nos hemos olvidado de nuestras responsabilidades y desconocemos que las y los niños tienen el derecho básico de la vida? Al desarrollo, a vivir en familia, de ser amados, cuidados, respetados; a tener una identidad propia, a la igualdad, a no ser discriminados; a vivir en condiciones de bienestar y a un sano desarrollo integral; a la protección de la salud y a la seguridad social, a una vida libre de violencia y a la integridad personal; a la educación, al descanso y al esparcimiento, a la libertad de convicciones éticas, pensamiento, conciencia, religión y cultura; a la libertad de expresión y de acceso a la información; al derecho de participación, a la libre asociación y reunión, derecho a la intimidad, así como el derecho a la seguridad jurídica y al debido proceso, entre sus fundamentales y básicos  derechos humanos.

No, no son la generación Z, la última del alfabeto; son personas del presente, cargadas de inocencia, sueños, alegría, ingenuidad; son el deseo, el porvenir, la ilusión, la utopía. Pero al mismo tiempo, son hijos de la frustración, de la pesadilla neoliberal, patriarcal y machista. Son reflejo de las fantasías y delirios de los candidatos presidenciales.

 Jesús Ernesto y Andrés Manuel López Obrador

Jesús Ernesto y Andrés Manuel López Obrador

Jesús Ernesto, por ejemplo, fue bautizado así porque según versiones de su padre, el tres veces candidato a la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, el menor es admirador de Jesucristo y el Che Guevara.

 Ricardo Anaya y sus tres hijos

Ricardo Anaya y sus tres hijos

O los tres menores que viven en Atlanta, Estados Unidos: Santiago, Mateo y Carmen. Alejados de la realidad mexicana, aparecen al lado de su padre, Ricardo Anaya, con cánticos y guitarrita en mano, acompasando al niño indígena Yuawi López de los Altos de Jalisco —reconocido como la “mascota” del Frente Ciudadano por México—, como si se tratase de reinvindicación nacional.

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O los hijos de José Antonio Meade, candidato variopinto por el partido en el poder: su homónimo de 19 años y dos adolescentes, José Ángel y Magdalena. Los tres, procreados por una mujer de clase media alta, Juana Cuevas, esposa de un servidor público que, en sus palabras, no tiene militancia partidista, pero sí experiencia, que sabe hablar bien inglés, que ha leído varios libros y que la única mancha que tiene, proclama, es la del vitiligo.

O los hijos de un expresidente que declaró una guerra civil entre las fuerzas armadas y el crimen organizado en contra del pueblo mexicano: María, Juan Pablo y Luis Felipe. Su madre, candidata a la presidencia, rechazó ser fotografiada por una pareja de madres lesbianas durante su pre-campaña, quienes le ofrecieron sus firmas para ser reconocida como independiente. Condenada por su propia incongruencia e ignorancia, Margarita Zavala dio patadas de ahogada a favor de la igualdad de las mujeres, al mismo tiempo que se veía discriminada e ignorada en pleno debate presidencial.

Me duelen esos “locos bajitos” a los que les canta Joan Manuel Serrat. Víctimas de los yerros, prejuicios e intereses de sus padres. También me duelen aquellos que viven en medio del abuso y la violencia sexual en manos de pervertidos pederastas. Me duelen los seducidos por la nuevas tecnologías que les enseñan a matar vidas virtuales o a imitar a los adultos con bailes y cantos que aluden escenas explícitas de sexo. Me duelen los explotados con más de ocho horas de jornada laboral en fábricas y campos. Los dañados emocionalmente por el acoso escolar y el cyberbullying. Los que desertan de las escuelas para trabajar y ayudar a su madre soltera. Las que son secuestradas por el crimen organizado para el comercio sexual en zonas turísticas. Las que son raptadas y desaparecidas para vivir en lugares clandestinos, sucios, insalubres, torturadas y controladas para dar servicio sexual, o bien, como esclavas. Las embarazadas o casadas antes de los quince que según Mikel Arreola, candidato del PRI a la Ciudad de México, se embarazan porque no tienen información. Además, Arreola también pretende derogar un derecho ganado en materia de salud sexual y reproductiva: la interrupción del embarazo, en caso de violación, malformación del feto, riesgo en la salud o por precariedad económica.

Me lastima ver a esos locxs bajitxs abandonadxs, exponiendo sus vidas en cruceros, paleando el hambre con una “mona”. Me aflige verlos en los salones de clase con sueño y hambre, algunos sin zapatos y ropa desgastada. Me inunda la rabia y la impotencia de no poderlos defender de las palizas, gritos y maltratos de sus padres. Y una larga lista de injusticias y maltratos más.

Por fortuna, como dice Mercedes Sosa, ¿Quién dijo que todo está perdido?

Les dejo una frase de José Marti:

"Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo (…) porque los niños nacen para ser felices".

Y porque todavía habemos adultos con alma de niños y niñas, estoy convencida de que otro mundo es posible.

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