La discordia Konmari: la ociosa antipatía por Marie Kondo

La discordia Konmari: la ociosa antipatía por Marie Kondo

Ilustración:  Sebastián Saad  / Ibero 90.9

Ilustración: Sebastián Saad / Ibero 90.9

El País la nombró sosa e indeseable. En el Huffington Post la acusaron de falsa profeta de la felicidad. Pijamasurf intentó ponerla en el diván y la diagnosticó de psicótica, mientras uno que otro tweet ridiculizó su preciosismo. Quién diría que una japonesa de apenas uno cuarenta, con un guardarropa impoluto de tonos neutros, semblante dulzón y una filosofía sustentada en el orden, la gratitud y el aprecio por nuestro hogar y pertenencias, terminaría por convertirse en sujeto de repudio, polémica y vehementes apologías al descuido y la acumulación. ¿A quién le cae mal un poco de orden y desapego en su vida y sus libreros? Por las acaloradas reacciones en contra de la japonesa experta en organizar, Marie Kondo, al parecer a más de uno.

Mucho antes de que la siempre-sonriente gurú irrumpiera en Netflix con su programa Tidying Up with Marie Kondo y alcanzara el decoroso estatus —para nuestros tiempos— de viralidad en redes sociales, el fenómeno de la petite Marie ya era un boom mediático internacional, con charlas para Google, Airbnb y SXSW; apariciones en el show de Ellen Degeneres, tutoriales en YouTube y hasta una serie dramatizada de dos episodios en Japón inspirada en su trabajo.

Foto vía  People

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Tras la eclosión de su best seller The Life-Changing Magic of Tidying Up en 2014, lectores de todo el mundo cayeron rendidos frente a las enseñanzas de Marie Kondo, cautivados por su aparentemente inocuo, pero efectivo sistema de organización doméstica, registrado bajo su apócope Konmari. Una solución más que bienvenida en el caótico mundo de los closets con camisas apiladas, blusas sin colgar y cajones constipados.

Foto vía Konmari

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Nuevos seguidores se suman todos los días al Konmari como acólitos del orden y pareciera que el gusto por la autora originaria de Tokyo es canónico. No por nada el Times la nombró una de las personas más influyentes del mundo en 2015. Pero cuando Marie estrenó su reality show en la plataforma de streaming más popular de nuestros tiempos, la recepción fue sorprendentemente divisiva.

Para tratarse de una serie bastante sobria que sigue las lecciones de Kondo en hogares de familias norteamericanas, sofocadas en el desorden y el impacto negativo que éste genera en sus vidas, el grado de indignación y resentimiento provocado por el programa parece inaudito. Múltiples espectadores y columnistas han sido claros en su rechazo a la visión minimalista de la japonesa. Posturas más que legítimas, no hay discusión. Sin embargo, pareciera que gran parte del descrédito a la labor de Kondo, más allá del gusto personal, se sustenta en falacias y frivolidades.

La práctica Konmari no propone la organización de los espacios por meros motivos estéticos, sino una sanación interna a partir de la reconexión con nuestro entorno inmediato.


En su columna del Huffington Post, Adriana Vera Orozco se refiere a la intervención de Marie Kondo como una “sutil humillación” que se manifiesta “con su delicada risita de animé que emite con tenue crueldad”. De entrada, comparar a un japonés con un personaje de anime debe ser igual de cliché y molesto que cuando a un mexicano lo asocian con su arquetipo de zarape con sombrero. Pero lo verdaderamente curioso en su sentencia es que, si uno presta atención a cualquiera de los capítulos del programa, la particularidad de Kondo es, de hecho, la delicadeza y candidez con la que se dirige hacia las familias y hogares con los que trabaja. La supuesta “tenue crueldad” a la que se refiere Vera, no hace sentido frente al aura de templanza y amabilidad que Marie evoca a sus aprendices y que representa la clave de su éxito.

Foto vía  People

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“El fin último de ordenar es, realmente, aprender a valorar todo lo que tienes para que puedas vivir mejor”, expone Kondo con su sempiterna sonrisa en el primer capítulo de la serie, cuando intenta consolar a Rachel —esposa, ama de casa y madre de dos niños—, quien rompe en llanto a causa de su nunca acabada rutina doméstica y el caos de crayones, juguetes y ropa que invade su hogar. En el cuarto episodio, Marie confiesa sentirse “emocionada” frente a la visión de unos cajones atiborrados porque "ama el desorden y le gusta organizar”. Ahora la protagonista es Margie, una mujer que acaba de perder a su esposo y que vive sola en una residencia llena de cajas y recuerdos, lo que hace que la labor de desprendimiento sea aún más dura, pero también más significativa en su proceso de sanación.

Para estas y tantas personas, aferrarse a sus posesiones es un modo inconsciente de aferrarse a una pérdida, estancarse en un momento doloroso o frenar su evolución personal. La empatía y comprensión de Kondo a las frustraciones o duelos de sus aprendices es evidente, además de imprescindible para que su fórmula funcione. La transformación del estilo de vida al que aspiran tanto Kondo como sus clientes, no se puede lograr a través de la desmoralización o el juicio, sino con paciencia y entendimiento de por medio. Y aquí cabe citar las primeras líneas del prefacio del manual ilustrado de Marie Kondo, Spark Joy:

“La vida realmente comienza una vez que has puesto tu hogar en orden”.

La práctica Konmari no propone la organización de los espacios por meros motivos estéticos, sino una sanación interna a partir de la reconexión con nuestro entorno inmediato. Nada más alejado de la crueldad y más bien, cercano a las ideologías orientales que se centran en el desapego como medio de liberación.

Foto vía  People

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La flexibilidad e indulgencia que muestra Marie Kondo con sus pupilos en la serie, desmitifica también otra de las grandes falsedades impuestas sobre la imagen de la gurú: la adopción de su sistema como dogma. El método Konmari no se sustenta en preceptos innegociables, prohibitivos o mandatorios. Mucho menos en la renuncia a toda posesión por el simple hecho de quedar vacíos. En el mismo prefacio de Spark Joy, la autora dice: “Arreglar no significa tirar todo y cualquier cosa. Nada más alejado de eso. Sólo cuando aprendes a elegir las cosas que realmente te despiertan felicidad, puedes alcanzar el estilo de vida que tú quieres”.

Esta posición no restrictiva se refuerza en el último episodio de la serie, cuando Alishia le comparte su dilema de desechar o no un vestido que tiene valor sentimental para ella, aún cuando es demasiado pequeño para usarlo. Kondo le asegura que “el punto de todo este proceso no es forzarte a eliminar cosas, sino confirmar cómo te sientes acerca de cada objeto que posees”.

Por esta misma razón, los múltiples encabezados que despertaron indignación frente a la supuesta prohibición de Kondo de tener más de 30 libros en casa, son en realidad, amarillistas. De hecho, en un conversatorio con The New York Times, Marie fue confrontada con las reacciones de resentimiento y enojo de varios usuarios frente a la sola idea de que alguien les comandara cuántos libros debían tener en sus estantes. Kondo respondió determinante en la charla: “Me encanta la reacción porque el punto del método Konmari es entender el sentido de valor que le das a las cosas, a qué le concedes importancia. Entonces, si deshacerte de libros te provoca enojo, eso es genial, porque entonces sabes que para ti los libros son invaluables”.

El comediante Felipe Torres Medina abordó el tema a modo de sátira y reclamo para el blog humorístico Points In Case, asumiendo el papel de la japonesa en su prosa y titulando su artículo Soy la maldita Marie Kondo y pueden quedarse con sus malditos libros, ingratos (I’m Marie Fucking Kondo and You Can Keep All Your Fucking Books, You Ingrates). En el primer párrafo, haciendo gala de su dominio del sarcasmo, Torres Medina reivindica a la mentora, dándole una voz ficticia: “Soy Marie Kondo. Sé que no están acostumbrados a que una diminuta mujer asiática les hable con autoridad, pero diré esto de una vez por todas (...) Todo lo que quería era despertar un poco de felicidad en sus miserables vidas, las cuales han intentado enriquecer comprando cosas. Pero mátenme, supongo, por mencionar que a mí me gusta tener solo 30 libros en mi casa”.

Ilustración de  Spark Joy,  Marie Kondo

Ilustración de Spark Joy, Marie Kondo

En otro momento de su artículo, Vera Orozco asegura que “el programa ni divierte, ni entretiene, ni ilustra”. Quitemos de en medio lo obvio: por supuesto que una serie centrada en ver a gente ordenando sus habitaciones y guardarropas no es necesariamente un llamado de adrenalina y diversión (a menos que seas Monica Geller). Lejos de programas similares como Acumuladores (que vale la pena diferenciar aquí un trastorno mental, de la pereza o el descuido) o la joya de la BBC que glorificó la limpieza del hogar a inicios del milenio, How Clean Is Your House? (aquí las conductoras sí hacían más de una broma pesada o un señalamiento agrio en sus visitas a las casas), el programa de Marie Kondo no contiene revelaciones escandalosas, humor, ni crudeza.

Lo que sí es digno de mencionar y no debe pasar inadvertido, es que la serie da espacio para retratar distintas formas de familia. Vemos familias blancas, afroamericanas, de ascendencia japonesa, de origen pakistaní, una pareja gay, una pareja de lesbianas, una pareja con hijos, otra sin ellos. Nunca con fines explotativos ni agendas políticas determinantes.

Y además, por supuesto que el programa ilustra. En los diversos segmentos, Kondo explica la lógica detrás de su sistema —ordenar por categoría, no por espacios—, las ventajas de usar cajas transparentes para almacenar (así se puede mirar a golpe de vista lo que contiene) y, por supuesto, su prácticamente infalible método de doblar ropa para que ocupe menos espacio.

Ilustración:  Sebastián Saad  / Ibero 90.9

Ilustración: Sebastián Saad / Ibero 90.9

Sin embargo, hay otro comentario más relevante que vale la pena destacar en la opinión de Vera y que sirve de pretexto para vincular su artículo con el que Anakana Schofield escribió para The Guardian. Mientras que Vera Orozco se refiere a la plegaria de bienvenida que Marie hace a las casas que visita como algo tan “extraño como se lee”, Schofield se mofa de las palmaditas que Kondo le da a los libros con la intención de “despertarlos”, cuando han estado arrumbados por mucho tiempo. “Esta es la clase de territorio cucú sin sentido en el que estamos”, dice la autora canadiense.

Ambos comentarios evidencian la brecha cultural que define mucho de la descalificación y antipatía hacia la japonesa. Una interpretación equívoca y superflua que desdibuja la línea entre una excéntrica o absurda conducta y una acción de peso y relevancia cultural.

Foto vía Netflix

Foto vía Netflix

Margaret Dilloway aborda el tema excepcionalmente en su columna, también para el Huff, donde postula que el rechazo a las prácticas de Marie Kondo se debe, en gran medida, a una visión occidental sesgada sobre rituales y creencias que responden a valores religiosos y espirituales de Japón. Ella menciona:

“La cultura japonesa, como muchas otras, no es monoteísta. La expectativa de que respetes el espacio donde vives y trabajas —y por ende, el de otras personas— está grabado en muchas familias japonesas que practican las tradiciones sintoístas”.

El Sintoísmo es la religión nativa de Japón, basada en la veneración de los espíritus de la naturaleza y los objetos, y en rituales que establecen una conexión con el tiempo presente. No por nada, la cultura japonesa es ampliamente reconocida por su disciplina, calidad de vida, meticulosidad y respeto por los espacios, propios y ajenos. Recordemos las fotos de los japoneses recogiendo su basura en los estadios durante el mundial de Rusia 2018.

Foto vía Konmari

Foto vía Konmari

Esta cosmogonía no es ajena a Marie Kondo, por supuesto, y las raíces de su método están fuertemente influenciadas por las prácticas espirituales a las que estuvo expuesta durante su servicio de cinco años en uno de los templos sintoístas de Japón.

Cuando Marie se arrodilla en modo seiza para saludar y presentarse con la casa de sus anfitriones, concediéndole cierta conciencia a los muros y alcobas, no se trata de una irrisoria u obtusa conducta. En realidad, es la epítome del respeto y la dignificación del espacio doméstico. “Le estamos agradeciendo, primero, por siempre protegerlos”, dice Marie cuando invita a los Friend a conectar con su casa en el primer capítulo. Marie cierra los ojos, guarda silencio y se toma unos minutos para honrar la energía de la casa. Llamémosle, el espíritu. Generalmente, más de un miembro de la familia termina por sumarse, conmovido, al poco común, pero inofensivo ritual.

Lo mismo ocurre cuando utiliza incienso para limpiar la energía de las habitaciones o cuando nos invita a agradecer a las prendas y objetos por la función y alegría que cumplieron en nuestras vidas, antes de desecharlos. Lo percibido como disparatado no es más que una manifestación digna de las creencias y trasfondos culturales de Kondo. Para el sintoísmo, toda creación es una especie de milagro y está conectado con la energía divina de las cosas y la manera correcta de vivir. Nada de esto es más inusual que una estampa de un santo en la cartera, un rosario colgado en el cuello, una plegaria antes de dormir, rociar agua bendita a un coche nuevo o un camino de cempasúchil en la ofrenda.

Foto vía Netflix

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Bajo la luz de estos contextos, quizás la disciplina Konmari se aleje de la monstruosa y amenazante descripción en la que sus detractores pretenden ungirla. Tomemos de ejemplo las descabelladas declaraciones de Sergio del Molino para El País, donde compara las prácticas de Marie Kondo con el nazismo. Un lugar común para descalificar y tachar de agresión a cualquier práctica o movimiento que amenace con perturbar el status quo de ideologías caducas y conformismos (feminazi, nazi de la ortografía y ahora nazi del orden). Su texto se antoja más como una excusa pretenciosa a la desidia y la holgazanería por susceptibilidades personales.

Darle a cada cosa su lugar, deshacerse de lo que no sirve o limpiar de vez en cuando la cubierta del escritorio no es una imposición, mucho menos una práctica de exterminio o segregación para quien no comulga con ello. “Los desordenados somos un memento mori, un recordatorio perenne de que las minucias no van a librarte de catástrofe alguna”, asegura Molino, pero tampoco el caos y los montículos de trapos van a salvarnos del desastre.

Foto vía Konmari

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Por supuesto que Marie Kondo ha hecho un emporio valuado en ocho millones de dólares y claro que ha vendido cajas en 89 USD. Ninguna acción de las cuales anula el verdadero propósito de su práctica, una que no requiere de contenedores elegantes ni instrumentos sofisticados para funcionar, más que la voluntad y disciplina propias. ¿A quién le cae mal un poco de orden y desapego en su vida y sus libreros? De todos modos, si no te gusta, siempre es más fácil aferrarse que soltar.


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