El discurso amoroso de Sor Juana

El discurso amoroso de Sor Juana

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Detente, sombra de mi bien esquivo, 
imagen del hechizo que más quiero, 
bella ilusión por quien alegre muero
dulce ficción por quien penosa vivo.

Esos fueron los versos sorjuaninos que me conquistaron en preparatoria cuando la maestra de literatura latinoamericana los declamó frente a nosotros con especial afición. Yo sostenía frente a mí unas copias borrosas y arrugadas donde palpitaban tres de los sonetos más célebres de Sor Juana: éste de Detente sombra, el de Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba y Este que ves, engaño colorido, ejemplos dignos de su destreza en la construcción endecasílaba. Además de sus rimas eufónicas y sus audaces analogías, lo que más me sacudió fue el hecho de que una monja del Siglo XVII consiguiera describir con asombrosa vigencia los estragos y dolencias de un romance y que se sintiera tan cercana, aún a más de trescientos años de distancia.

Por supuesto que el amor y el desamor han sido fuerzas universales y regentes del sentir humano desde entonces. También es cierto que Sor Juana no es la única que ha escrito de amor. Sin embargo, su encanto radica en su aguda y distintiva cavilación entorno a los trances amorosos. Su visión del amor es sin duda pasional, pero nunca va depurada de razón. Concibe con excepcional sinergia las dos potencias que lo rigen y que constantemente se contraponen. Su espíritu inquisitivo la conduce a construir diálogos entre las emociones y el proceso racional que las detona. No por nada la académica Rosalba Ugalde se referiría a ella como la "primera filósofa mexicana del amor". En su obra, el amante se desborda en sus dos cauces: el corazón y la mente.

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A diferencia de otras monjas escritoras —la más destacada, por supuesto, Teresa de Ávila—, la obra de Sor Juana trasciende el cerco de la poesía mística y explora, de maneras intrincadas y profundamente intelectuales, aspectos de la naturaleza, la geografía, la anatomía humana, las matemáticas y demás ciencias que convergen en su obra, no con mera contemplación, sino como materias de estudio.

Quien se atreve a mirar a Sor Juana más allá de Hombres Necios, las dignas —aunque infames— redondillas que la han hecho “famosa” en el imaginario popular, descubrirá que además de filósofa, cocinera y astrónoma, fue también una juglaresa de estrofas apasionadas que le cantaba con especial encomio al amor. Por supuesto que empleó las formas y temas cortesanos de la tradición barroca que la engendró. También es verdad que emuló los moldes de Petrarca, Góngora y Quevedo. Pero sus laberintos, su hipérbaton y los ecos dolorosos de su pluma le pertenecen solo a ella. La definición del amor de Lope de Vega fue una; la de Sor Juana fueron muchas.

Regresemos al soneto que inaugura este texto. En esa estrofa de apertura, el amante se dirige al sujeto de sus adoraciones con diversos adjetivos que manifiestan su naturaleza huidiza, efímera y altanera que desdeña sus afectos. Comienza, más que con súplica, con demanda: “Detente”. Después, hace gala de sus juegos antitéticos y retruécanos que son sello de su estilo poético. Prosigue entonces:

Si al imán de tus gracias atractivo/ sirve mi pecho de obediente acero/ ¿para qué me enamoras, lisonjero/ si has de burlarme luego fugitivo? Le recrimina y se confiesa. Advierte la inevitabilidad de su amor como si se tratase de una condición natural ineludible y le concede una condición matérica a ambos cuerpos. Seres que reaccionan al influjo de las fuerzas de un fenómeno físico inevitable. También, evidencia el cinismo de su amado, quien primero la adula para después abandonarla. Finalmente, sentencia:

Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

La voz poética se apodera de la circunstancia y, como se acostumbra en el soneto (la estructura poética favorita del barroco) la problemática emocional se resuelve en las últimas estrofas: la voz poética acepta la derrota frente a sus sentimientos, pero se proclama victoriosa sobre el desdén. Le hace saber que mientras el sujeto de su amor habite en su sentido, en la fantasía de su amor, en la prisión de sus sueños, en el resguardo de lo intangible, eso basta para asir su imagen en una celda ilusoria, pero perpetua.

Las despedidas son temas recurrentes del desamor barroco y de la lírica sorjuanina. En otro romance se lamenta:

Ya que para despedirme,
dulce idolatrado dueño,
ni me da licencia el llanto
ni me da lugar el tiempo,

háblente los tristes rasgos
entre lastimosos ecos (…)

¡Cuánta viveza y fidelidad en la descripción de una despedida dolorosa, abrupta e ineludible! Prosigue: Y aun ésta te hablará torpe/ con las lágrimas que vierto/ porque va borrando el agua/ lo que va dictando el fuego. Una vez más, contrapone dos elementos opuestos, el agua y el fuego, para describir actos que parten de un mismo sentir: el llanto y la pasión como hijos de un mismo amor.

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En una de sus famosas liras continúa la conversación y le habla, de nueva cuenta, a un “dueño” suyo a través de la distancia. Aquí, el amante ya se ha ido y entonces, Sor Juana se vale de diversos elementos de la naturaleza y el campo para comunicarle su desdicha: Amado dueño mío,/ escucha un rato mis cansadas quejas/ pues del viento las fío/ que breve las conduzca a tus orejas (…) Y así continúa, comparándose después con un arroyo, donde asemeja su llanto con el murmuro del agua o se refleja en un ciervo malherido que se acerca a un lago a saciar su sed. Todo como producto de una ausencia dolorosa. Por eso, le pide ardorosamente:

“Óyeme con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos”.

Otro de los grandes temas explorados en la poesía sorjuanina es la paradoja formidable que rige muchos de nuestros vínculos humanos: por un lado, el dolor de no ser correspondidos por quien amamos, cuando a su vez, infligimos el mismo dolor en quien nos pretende y no queremos. Así lo manifiesta en su extraordinario y célebre soneto que comienza:

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata,
maltrato a quien mi amor busca constante.

Este disentimiento lo aborda en dos sonetos más que le preceden. En el primero sentencia: por activa y pasiva es mi tormento/ pues padezco en querer y ser querida y en el otro termina con la aseveración ambos atormentan mi sentido/ aqueste con pedir lo que no tengo/ aquel con no tener lo que le pido.

Por si no bastara, Sor Juana también abordó un tema complicado y angustioso de toda relación romántica: los celos. Para nuestros días, los celos son cada vez más vistos como manifestaciones malsanas de obsesión que nada tienen que ver con el amor. Pero para el discurso sorjuanino, los celos son todo lo contrario y, de hecho, se revelan como muestras veraces de amor ¿Cómo, sin tenerlos, puede el amor estar perfecto?, cuestiona en uno de sus romances, en el que argumenta que el amor se puede fingir, pero los celos no. Sólo los celos ignoran/ fábricas de fingimientos/ que, como son locos, tienen/ propiedad de verdaderos. En estrofas más adelante, cita diversos idilios mitológicos como muestras de amor fingido; romances donde ocurrieron engaños, ofensas, abandonos y hasta muerte. Así lo hace para concluir después: Éstos y otros que mostraban/ tener amor sin tenerlo,/ todos fingieron amor, mas ninguno fingió celos.

Finalmente, enuncia más adelante su máxima:

“¿Hay celos? Luego hay amor;
¿hay amor? Luego habrá celos”.

 Imagen via Pinterest

No todo es derrota, melancolía y reflexión en el amor sorjuanesco. Al final, el vigor de su pluma y la audacia de sus juegos poéticos alcanzan estados culminantes cuando se delata más poderosa y autónoma que nunca. En otro soneto, confiesa sus sentimientos y vuelve a hablar de un amor que la constriñe, pero ahora lo hace más con desprecio que con gozo: Yo bien quisiera, cuando llego a verte,/ viendo mi infame amor, poder negarlo, para después culminar su desdén con los versos: del gran delito de quererte,/ sólo es bastante pena confesarlo.

En otro soneto, explora la noción de que el odio nace del amor: De ver que odio y amor te tengo, infiero/ que ninguno estar puede en sumo grado/ pues no le puede el odio haber ganado/ sin haberle perdido amor primero. Aquí expone el principio de que el odio y el amor son influjos de un mismo sentir, nacidos de una mezcla de afición e ira. Sin embargo, lo verdaderamente atronador de este soneto son sus últimas estrofas, donde recupera la determinación y desengaña al sujeto amado de su arrogancia:

Y si piensas que el alma que te quiso
ha de estar siempre a tu afición ligada,
de tu satisfacción vana te aviso: 

pues si bien el amor al odio ha dado entrada,
el que bajó de sumo a ser remiso,
de lo remiso pasará a ser nada.

En palabras simples: el amor dio paso al odio y lo relegó de puesto, por lo que es inevitable que cuando el odio termine, también terminará el amor.

La potencia de Sor Juana se revela finalmente indómita en aquella décima exquisita donde se muestra más brava que nunca:

Dime, vencedor rapaz,
vencido de mi constancia,
¿qué ha sacado tu arrogancia
de alterar mi firme paz?
Que aunque de vencer capaz
es la punta de tu arpón,
el más duro corazón,
¿qué importa el tiro violento,
si a pesar del vencimiento
queda viva la razón?

Esta décima culmina con uno de sus finales más tajantes e incendiarios, testimonio de su genialidad y elocuencia, pero también de su concepción del amor como una fuerza espiritual y sensitiva que nos confronta, asedia y combate. Deduce así que la muerte por amor no es el fin, si la razón y el sentido permanecen intactos.

Y así, Amor, en vano intenta
tu esfuerzo loco ofenderme:
pues podré decir, al verme
expirar sin entregarme,
que conseguiste matarme
mas no pudiste vencerme.

Sor Juana fue una mujer del siglo XVII, monja jerónima profesa, católica y devota, que utilizó al amor como un juego intelectual, una materia digna de exploración en sus retruécanos literarios y su abstracción del mundo. Cualquier lector contemporáneo, por muy alejado que pudiera sentirse del barroco novohispano en términos ideológicos o estéticos, puede hallar, al final del laberinto sorjuanino, un asalto pasional, una cornucopia de versos encendidos dignos de cualquier corazón arrebatado.

Ya lo diría Alejandro Soriano, catedrático y biógrafo de la Décima Musa: “la poesía de Sor Juana es extraordinaria, toda una aventura espiritual”.

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