El bebé de Rosemary y el sexismo diabólico

El bebé de Rosemary y el sexismo diabólico

Mia Farrow como Rosemary, 1978. Foto vía: The New York Times

Mia Farrow como Rosemary, 1978. Foto vía: The New York Times

En plena era del #MeToo, los movimientos de la lucha por el derecho al aborto, la tercera (¿y cuarta?) ola del feminismo y los retratos de mujeres independientes, determinantes y exitosas que ganan relevancia en los medios de hoy, algo me hizo preguntarme: ¿cómo sería recibida Rosemary Woodhouse, la joven rubia neoyorquina que carga en su vientre al hijo de Satanás, en nuestra generación?

El 12 de junio se cumplieron 50 años del estreno de La semilla del Diablo (El Bebé de Rosemary por su título original en inglés). La primera vez que la vi recuerdo que fue en el Canal 22 por ahí del 2010, durante una madrugada de insomnio. Aunque conocía bien de la fama y elogios que la precedían como clásico de horror y de su estatus como filme de culto, nunca había reparado en su encanto. Para entonces, otras películas del tipo como El Exorcista (1973) y El Resplandor (1980) ya habían logrado que me enamorara del terror de antaño. En ambas, los elementos sobrenaturales y la permanente sensación de amenaza se ven intensificados por atmósferas inquietantes, venas dramáticas e imágenes, por decir lo menos, grotescas.

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¿Cómo sería recibida hoy la tierna e ilusa Rosemary, esposa perfecta y subyugada, por estas nuevas feministas?

Igual que aquellos dos clásicos, El Bebé de Rosemary de Roman Polanski es la adaptación de un libro: la novela homónima de Ira Levin de 1967, autor de otras historias de corte similar donde las mujeres sufren transformaciones indeseables a manos de fuerzas opresoras. Pero pese al subtexto demoníaco, la historia de Rosemary y su hijo, el Anticristo, no es un espectáculo de parafernalia encarnizada. Por el contrario, es una película de tono sosegado y contemplativo, sin galones de sangre ni cuellos retorcidos. La violencia es flagrante, por supuesto, pero más psicológica que paranormal. Aquí, los demonios —reales y metafóricos— se nos revelan con un suspenso creciente, a través de los ojos de una mujer sometida y confinada por la imposición de los intereses de otros sobre su cuerpo.

A partir de todo lo anterior y de su 50 aniversario, me asaltó el deseo de revisitar el filme, pero ahora desde una mirada más reflexiva y con los anteojos de la nueva era. ¿Qué pensarían hoy mis amigas veintiañeras, recién iniciadas en el feminismo y que admiran a la Furiosa de Mad Max o a Hermione Granger, de un personaje como Rosemary? Frágil, dócil, ama de casa, cuyo marido controla lo que lee e incluso, a cuál ginecólogo acudir.

Vía: The Lily

Vía: The Lily

En una era que ha visto el surgimiento de las redes sociales, la avalancha de denuncias por acoso sexual, la Women’s March, el lenguaje inclusivo, el enfoque de género, el Time’s Up, el HeForShe y el fortalecimiento de la representatividad de la mujer, ¿cómo sería recibida hoy la tierna e ilusa Rosemary, esposa perfecta y subyugada, por estas nuevas feministas?

Hoy, el público femenino quiere menos Rosemarys y más Furiosas.


Jennifer Lawrence en mother! (2017)

Jennifer Lawrence en mother! (2017)

Por si estas cavilaciones resultaran injustificadas, mi cuestionamiento se avivó después del Festival de Cine de Venecia del año pasado. Darren Aronofsky estrenó su controversial y polarizante “sueño fébril” y catártico, mother!, protagonizado por una de las voces más célebres y contundentes del empoderamiento femenino hollywoodense, Jennifer Lawrence.

En mother!, la protagonista sin nombre simboliza a la perfección un carácter de sumisión y complacencia. Una mujer dispuesta a soportar la esquivez de su esposo y el mansplaining de quienes la rodean, determinada a resistir cualquier abuso y atropello, incluso de extraños en su casa.

Tanto el mismo Aronofsky como múltiples críticos admitieron las similitudes e influencias veraces entre su obra y la de Polanski. Incluso, uno de los posters promocionales de mother! evocó claramente al emblemático y clásico cartel de El Bebé…  Las coincidencias son claras: en ambas historias, se nos presentan cotidianidades domésticas donde las mujeres padecen sus matrimonios; relegadas por el trabajo y los deseos de sus maridos, dependientes y sin autonomía emocional.

Jennifer Lawrence, quien ha sido estandarte de la equidad de género en su industria, fue cuestionada durante la rueda de prensa de mother! acerca de su decisión de encarnar un personaje con atributos tan poco favorables y apreciados para un rol femenino en el contexto actual ¿Dónde había quedado la fiereza y autonomía de Katniss Everdeen o el desafío a los arquetipos de género de su papel en Winter’s Bone?

Esto solo sirvió para reforzar mi observación: hoy, el público femenino quiere menos Rosemarys y más Furiosas. La superheroína, la rebelde, la alta ejecutiva y la espía femme fatale son encumbradas hoy como modelos a seguir; retratos dignos y vigentes para la mujer actual. Hemos pasado de la damisela en desgracia a la princesa que salva al príncipe o mejor aún, a la que no lo necesita.

El Bebé de Rosemary, 1968

El Bebé de Rosemary, 1968

Pero Rosemary fue mucho menos afortunada y le tocó vivir en otros tiempos. Quizás en el mundo de hoy, sería una diseñadora de interiores con su propio estudio. Pero en su contexto, se limita a diseñar las fundas de los cojines de los asientos en las ventanas. Desde el inicio, nos queda claro que la espigada y pueril rubia vive para la atención y aprobación de su esposo. Deambula por las habitaciones de su nuevo apartamento gótico en Manhattan, abocada a labores domésticas y a complacer los deseos de Guy, un incipiente y poco exitoso actor de televisión que se dirige a ella con displicencia y autoritarismo.

Cuando Rosemary le dice “hagamos el amor” en medio de una estancia vacía y oscura, él se limita a quitarse la ropa de manera autómata, sin diálogo, sin intercambio emocional y sin mirarla. Ella quiere ser madre. A él le da igual. En otra ocasión, cuando se corta el pelo al icónico estilo pixie de los 60, él la ve con desagrado y dice cosas como “no me digas que pagaste por eso”, “ese corte es uno de los peores errores que has cometido”, “no te ves horrible, es ese pelo lo que te hace ver horrible”.

Peor aún, cuando Rosemary se niega a comer un mousse de chocolate porque percibe un sabor extraño —sin saber que en realidad le han dado a probar una pócima herbal para drogarla—, Guy demerita sus quejas y le grita “¡Comételo!”, no sólo porque él forma parte del plan siniestro que engullirá a su esposa más adelante, sino porque se siente con la autoridad de exigirle a Rosemary qué hacer, qué comer y qué pensar. Por supuesto, Rosemary termina por ceder. “Listo, papi, ¿conseguí una estrellita dorada?”, pregunta con tono infantil y meloso mientras le muestra el tarro vacío en señal de obediencia.

Estas y otras actitudes, más que retratos satíricos, en realidad aparecen normalizados. No son parodias ni caricaturas del matrimonio, sino estampas veraces de la época y de la condición de las esposas frente a los deseos de sus maridos.

Así comienza el aislamiento de Rosemary y su prolongado sufrimiento en soledad.


Por supuesto, esto no es nada cuando el acto más atroz cometido en su contra es en realidad el ofrecimiento que hace Guy de su esposa a un culto satánico, a cambio de éxito y fortuna. El culmen de la apropiación del cuerpo y voluntad de Rosemary, quien termina como ofrenda para una violación ritualística a manos del mismísimo Demonio.

Su deseo de ser madre y su calendario de fertilidad pegado en la cocina terminan por convertirse en agentes que validan y justifican la expoliación y posesión de su cuerpo para sus perpetradores. Después de todo, ella quería ser madre. Ahora es sedada y ofrecida a Satanás para servir a propósitos que no son suyos y a una agenda literalmente diabólica que busca traer al mundo a su heredero.

Vía: Den Of Geek

Vía: Den Of Geek

Laura Jacobs, de Vanity Fair, lo diría mejor en su artículo, donde por fortuna, coincide con mis reflexiones respecto al filme: “Hoy, no es la veneración al Diablo o la invocación a Satán lo que inquieta al espectador, sino el hecho de que un hombre hace un trueque con el cuerpo de su esposa, y su destino ha sido apropiado y pervertido sin compasión”.

Así ocurre. Rosemary es blanco de un sometimiento impronunciable. A la mañana siguiente, cuando despierta con rasguños en su cuerpo y visiones de pesadilla, no sólo Guy la convence de haberlo imaginado todo y la culpa además de consumir demasiado alcohol durante la cena, sino que acepta haber mantenido relaciones con ella mientras dormía. “¡En cierta forma fue divertido! En un sentido necrofílico, ¿sabes?”, admite cínico y perverso, como si se tratase de un juego. Rosemary, claramente incómoda y confundida, sólo se limita a decir: “Podríamos haberlo hecho esta mañana u otra noche”. No sólo ha sido víctima de una violación diabólica, sino también, de una violación marital.

Vía: Pinterest

Una vez que comprueba su embarazo, ignorando la naturaleza del ser que vive dentro de ella, los abusos y opresiones en su contra se agudizan. Es forzada a dejar de atenderse con su ginecólogo de confianza en favor de Abe Saperstein, impuesto por Guy y sus vecinos. El nuevo doctor la obliga a dejar las vitaminas en cápsula por licuados extraños, le ordena no leer libros de maternidad, no hacer caso a los consejos de sus amigas y recurrir sólo a él para calmar sus dudas. Cuando comienza a experimentar un dolor agudo en el abdomen, la convence de que se trata de algo normal, incluso cuando se torna insoportable. Así comienza el aislamiento de Rosemary y su prolongado sufrimiento en soledad.

Cuando finalmente se reencuentra con amigas que se horrorizan frente a su aspecto enfermizo, Rosemary busca retomar las riendas de su salud reproductiva, a lo que Guy reacciona iracundo: “¿Es eso lo que te han estado diciendo esas perras? No son más que una bola de perras no muy brillantes que deberían encargarse de sus propios asuntos. No te permitiré que veas a otro doctor, no es justo para Saperstein”. Incrédula y rabiosa, Rosemary demanda “¡Y qué hay de lo que es justo para mí!”

Podría seguir citando y analizando múltiples diálogos y coerciones que someten a la joven venida de Omaha no sólo a los estatutos de una secta que la ha utilizado como vehículo del mal, sino de una sociedad acostumbrada a imponer sus esquemas y ambiciones sobre las mujeres.

En su momento, El bebé de Rosemary levantó polémicas y duras críticas por grupos conservadores y religiosos que la acusaban de blasfema. Hoy, estoy seguro que las críticas se verterían más bien sobre el retrato explotativo, sádico y sexista de una mujer que se asemeja a todo menos a una heroína. Por supuesto que toda obra es producto de su época y no podemos culpar a Rosemary Woodhouse por cobrar vida de entre las páginas de un libro escrito en los sesenta.

Sin embargo, por mero divertimiento, la pregunta queda abierta: ¿El bebé de Rosemary se convertiría en el filme de culto que es si se estrenara hoy? ¿Sería juzgada por reproducir arquetipos de género o por poner en el rol principal a una mujer blanda y dominada? O como establece Molly Haskell, crítica de cine, Rosemary nunca sabe que el bebé que lleva en su vientre es en realidad el heredero del infierno, “¿De haberlo sabido, habría abortado? ¿Y las audiencias lo condenarían o apoyarían?”

Esa es la riqueza de la obra de Levin, traducida fielmente al celuloide por Polanski: la vigencia de su discusión como retrato del sexismo en contextos insólitos, pero plausibles. Además, cautivan sus actuaciones y espléndida fotografía. A 50 años de su estreno, El bebé de Rosemary continua horrorizando a quien lo mira, con gozo y estupefacción. En palabras de la misma Rosemary, que grita cual Dr. Frankestein cuando siente a su hijo moverse en su vientre por primera vez: “¡ESTÁ VIVO! ¡ESTÁ VIVO!”

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¿No has visto El Bebé de Rosemary? Ve la película aquí


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