Alemania fue al fútbol lo que Brasil solía ser

Alemania fue al fútbol lo que Brasil solía ser. Cierta poesía hay en que Maracaná, en la tierra del culto al balón, se erija monarca la Alemania que despedazó al vetusto paladín del 'buen jugar'. Reducto del fútbol es Maracaná, terruño inviolable. Partido cinematográfico: Messi en la final del mundo, Argentina delante de la trinchera, forastero altanero, la Alemania verdugo y redentora; el nuevo guardián del cuero. Maracaná fue Theresienwiese. Weizenbier, mas no el tinto de Mendoza. Cascadas de Paulaner, que no de mate. Una novela de Günter Grass, y no de Borges. Un acorde de Schubert, mas no las coplas de Gardel.  Sea Alemania campeona, el fútbol de plácemes debería de estar. La pelota como idea. El vértigo como estética. Es la Alemania de Löw, técnico con el rostro tenso, eternamente, como personaje de un cuadro de Durero. Un proyecto emprendido hace 10 años, tras el fracaso de la Alemania de Völler en Portugal 2004. La mutación inició con Klinsmann, cuajó con Löw, Klopp, van Gaal y Heynckes, cada cual en su zanja. Una Alemania cibernética y torrencial; llena de alma, chispas en el torrente; la Novena de Beethoven. Argentina apeló al ideario bilardiano: como sea, como fuere ("En el fútbol se requieren siete jugadores de campo para defender y tres para atacar"). La Albiceleste fue consecuente con la esencia de su estirpe; envalentonada, barrial, desangrada. Curtida a golpes y triquiñuelas. En el potrero, fútbol de polvo, de escaramuza, de lodo, sangre y jadeo. Sin inventos.

El sol se fundía en la oscuridad del firmamento mientras delineaba la silueta del Cristo del Corcovado. Tarde ideal para las letras. No falta más. Pletórica fue Argentina al inicio del asalto, Higuaín remachó ahogado contra el cal y Messi circuló por Copacabana, la parcela desguarnecida de Höwedes. Puñetazos sólidos, sin efecto. Reaccionó Alemania, Kroos detonó y Romero apagó, poco antes de que Klose se lanzara de la punta del Ayuntamiento de la Marienplatz para capturar un centro de Müller. Y llegó el momento. Kroos empaquetó a Higuaín el gol de su vida; de frente a Neuer, Hummels a un trecho de distancia. Pipa, pipita. "Mi noche triste", recitaba Higuaín, mientras su chuchería, impulsada por su espinilla, se marchaba con rumbo a la nada. "Percantan, que me amurasten, en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida y espina en el corazón".

Los infortunios del joven Müller. Muy turbado el jovenzuelo usualmente vivaracho, encadenado por Demichelis y Rojo. Müller se topó de bruces con un iceberg de la Patagonia. Llovían los centros de Lahm y Schürrle; se erigía de la retaguardia Demichelis, como el Aconcagua. Y si de infortunios hablamos, los de Messi no son menos; pudo liquidar a Neuer y convertir su nombre inextinguible, morar en el Pan de Azúcar por los siglos de los siglos, fundar su nueva feligresía con sede en Rosario y Barcelona, inquilino vitalicio en la Casa Rosada. Fue el mismo instante que vivió Pelé en su salto ante Albertosi; Beckenbauer en el último tiro de Cruyff. Maradona, atosigado por media Germania, antes de encontrar la estela de Burruchaga; Zidane en Saint Denis, en pleno brinco sobre Leonardo, con la cabeza apuntando al suelo, martilleando la esquina de Taffarel; Iniesta y el balón que quedó muerto ante él, y el silencio absoluto de Johannesburgo. La diferencia, Messi erró. Su caricia, como 'stacatto' a un violín. La redonda giró lenta, a botecitos, y se marchó a un penique del arco. Después, Neuer fue Schumacher y Barthez; Higuaín, Battiston y Ronaldo. Faltaba más a Pipita, la infracción se la cobraron.

Prórroga. Palacio tuvo la segunda oportunidad que habría querido Messi, pero la gloria no merece nombres promedio. Recibió con un tablón en la espinilla, Neuer tapó todo resquicio; Palacio elevó torcido el cuero con destino a la publicidad estática. Nadie le marcaba, sólo la inmortalidad; quizá sea la defensora más eficiente, cuando la angustia arrecia: atenaza, presiona, abruma. Ni Ruggeri, Pasarella y Beckenbauer juntos.Y fue Mario Götze, desterrado de Dortmund, confinado al noveno círculo del infierno westfaliano (junto a Robben, el Schalke, Judas, Blatter y Hitler), quien despachó el último barril de cerveza de Brasil 2014. Arreó Schürrle la parcela izquierda y encontró a Götze, liberado por Garay. El Brazuca finale durmió en su pecho; luego, su pie lo reventó a la red, con la fuerza de toda Alemania. O' zapft is! Muy romántico, muy catártico. Un gol escrito por Goethe. Un gol con sabor a malta de cebada. Doce salvas al aire, no por Baviera, sino por Götze. Mientras, el Claro de Luna de Beethoven recorrió las calles bonaerenses, de Corrientes a Puerto Madero. La melancolía la encarnan Messi, Mascherano, ("el dolor queda de por vida"), Demichelis, Higuaín, Palacio. La noche de Roma fue la de Río.

Y las tardes de Berna, de Múnich, de Roma, fue la noche de Río. Suena Beethoven, de nuevo. "Froh, wie seine Sonnen fliegen. Durch des Himmels prächt'gen Plan". Alemania es campeona. Prost!

Lalo López/@Fmercu9

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