Role Model Hermit, el debut de mary in the junkyard, explicado con erizos
Punzocortantes estructuras de queratina erigiéndose hacia afuera del cuerpo, cubierto casi en su totalidad por excepción de los ojos, con mirada igual de afilada, un hocico pequeño y estilizado, patas cortas.
Es la descripción de un erizo, uno de los animales más punks, al menos en su apariencia, vistiendo las liberty spikes más cool que hayas visto jamas. También es el personaje principal de una fábula contada por los seres más insoportables que puedes imaginar, cuellos de tortugas y sacos viejos de tweed arropan sus cuerpos y los identifican como los cuentacuentos más aburridos de la sociedad, los únicos con libros de Schopenhauer en la tote que llevan bajo el brazo. Extiendo una disculpa a los filósofos centrados y buena onda, si es que los hay.
La historia es sencilla: un grupo de erizos tratando de soportar los embates del destino y las inclemencias de un frío y duro invierno. El instinto les indica combinar su calor corporal y aproximarse piel con piel, pero su investidura punk les provoca mutuas heridas sangrantes. El alejarse de nuevo les evita perforaciones, pero les regresa el helado escalofrío en los huesos. En una trágica danza los erizos se acercan y se alejan hasta no encontrar paz, no hay comodidad completa, solo un estado tolerable, ni punción ni hipotermia, pero algo de ambas. Y se supone que el dilema del erizo se usa para explicar la sociedad, en este caso, Role Model Hermit de mary in the junkyard.
Un álbum debut fuerte, que no es una simple extensión o continuidad de los EP’s y singles previos. La coronación de tres años de lanzar música que presenta oficialmente a la banda ante el escrutinio de la prensa, industria y público que por alguna razón, como la presencia del violín en las canciones, no para de compararlo con proyectos folk de inicios de siglo, tratando de hacer sentido y encontrar la referencia o analogía que defina su sonido. Y aquí es la primera instancia donde todo el rollo de los erizos aparece.
La intimidad y la insolencia vaquera de Adrianne Lenker/Big Thief, cierta unidad carnavalesca de Arcade Fire, que si la oscuridad e intensidad vocal de PJ Harvey o Beth Gibbons, todo más airosos y susurrado. O que si la siguiente generación, heredera del Windmill de Black Country, New Road.
Hombro con hombro a Dove Ellis, Man/Woman/Chainsaw o cercano en sensaciones a las guitarras emotivas americanas de Wednesday y Shallowater. Cada comparación y comentario menos preciso que al anterior pero con cierto grado de veracidad. Con la familiaridad suficiente para reclamarlo, cantarlo e incorporarlo a nuestra cotidianidad, pero lo extraño necesario como para mantenerlo interesante, misterioso e inquietante (unheimlich). Un erizo indefinido y original a la distancia perfecta de los otros para generar gravedad y órbita, una ligera comezón fresca.
Y en otra instancia está el concepto del álbum, que se alinea perfectamente con nuestra pretenciosa comparación animal y filosófica. Un ermitaño, que en su sola concepción genera posibles narrativas; reclusión voluntaria, las angustias de un mal pagado amor, un pasado trágico, soledad enloquecedora, o simplemente el proceso de la labor creativa que involucra alejarse de los demás para regresar con una nueva obra homúnculo bajo el brazo.
Musical y líricamente estos pensamientos están en el álbum, manifestándose por momentos como una canción que se cantaría tradicionalmente frente a la hoguera, un cuento antes de dormir, una caminata por una rocosa y gélida playa, y el rocío abrumador que se impregna en las narinas, las dilata y las sensibiliza, nos recuerda que tenemos un cuerpo y una piel que lo rodea, porque ahora se encuentra humedecida y verde. Todas, experiencias compatibles con el mar y el medievo, inspiraciones anunciadas del álbum; también escenas que pueden bien ser vividas en solitaria cuenta, o con notable compañia.
Este disco sobrepone esos momentos de introspección con los de calidad interacción humana (y en la última rola, con un ratón). La definicion perfecta de esta conexión evitativa llega en la balada del track nueve, llamada “candelabra”:
“No me dejes entrar bajo tu piel, estoy llena de falsas promesas”.
para después contradecirse con:
“No me importa si nos sentamos en silencio, siempre y cuando esté cerca de ti”.
Que se traduce en el dilema de los erizos, como aceptar el hecho de que tus puntas queratinizadas se hundan en mis tejidos, pero no por eso me voy alejar de este abrazo que nos resguarda a ambos, mamíferos, de las congelantes afrentas de la impía fortuna. Voy a crecer cartílago y cicatrices con la forma de tus afiladas púas, antes que alejarme completamente de ti. O como sea el idioma que los erizos hablen.
Lo que logra mary in the junkyard con este compilado de canciones, puede ser diseccionado en referencias, puede emocionar con respecto a su futuro, puede conmover hasta causar lagrimeos y melancolía no aptas en lugares públicos. Pero principalmente, causa algo, remueve vísceras y pensamientos, es háptico al punto de sentir temperatura en la piel, y hasta uno que otro rasguño.
Son una banda que nunca dejará de generar comparaciones, que los trataran de definir y encasillar junto al grupo de otros jóvenes que crecieron tocando música clásica. En 90.9 los tenemos claramente identificados como theater kids, pero que en este caso, no encajan tan perfectamente.
Más que chicos histriónicos o bardos medievales, son hechiceros rodeados de bosques y cazuelas, conjurando y haciendo pociones, que viajan en el tiempo para que, irremediablemente, terminemos de aceptar que son su única y propia cosa. Y para nosotros, una nueva banda favorita.
