Nada es lo que parece
Pones un disco de hip-hop y suenan unas guitarras distorsionadas como si fuera 1969. Escuchas un disco en español y la chica te canta en inglés y en portugués porque la geografía no es un límite para el internet. Ves un juego del Mundial en el que se enfrenta una potencia europea contra un equipo latinoamericano y Caperucita se come al Lobo porque en el azar no hay garantía y la estadística no es lo mismo que la probabilidad, pero casi, y ninguna sirve para nada.
No sabes, porque nunca sabes, qué diablos está pasando aunque crees que sabes. Si te miras en un espejo y tienes la seguridad de que lo que estás viendo es tu reflejo, puedes dudarlo de nuevo mil veces. Nada es lo que parece.
Inferno – Boards of Canada
Ana Lau

Hay canciones que se sienten profundamente cinematográficas. El álbum más reciente de Boards of Canada, logra precisamente eso.
A través de una mezcla de sintetizadores analógicos, sonidos orquestales, texturas tecnológicas, voces robotizadas, acordes digitales y patrones repetitivos, el dúo escocés construye una experiencia inmersiva. El álbum parece la banda sonora de una película que nunca fue filmada.
Escucharlo provoca imágenes constantemente. Paisajes desolados, edificios abandonados, bosques envueltos en niebla, señales de radio perdidas y recuerdos que aparecen incompletos. Es un álbum profundamente ilustrativo desde lo sonoro, capaz de hacer que el oyente imagine escenas enteras sin que exista una historia explícita.
Integrado por los hermanos escoceses Michael Sandison y Marcus Eoin, Boards of Canada está considerado uno de los proyectos más influyentes de la electrónica ambiental, el IDM (Intelligent Dance Music) y el downtempo. Desde su primer disco, Music Has the Right to Children (1998), su sello ha sido construir música que parece provenir de recuerdos desgastados o cintas VHS olvidadas. En Inferno, esa nostalgia permanece, pero adquiere un tono mucho más inquietante.
El propio título del álbum, que inevitablemente remite a la primera parte de La Divina Comedia de Dante Alighieri, invita a una lectura simbólica. Aunque Boards of Canada nunca explica el significado de su obra, el disco parece dialogar con esa idea del descenso. No necesariamente hacia un infierno religioso, sino hacia un estado de incertidumbre, crisis y confrontación. Como en el viaje de Dante, atravesar el infierno no es únicamente un castigo: también es una forma de observar el mundo desde sus lugares más oscuros antes de aspirar a comprenderlo.
Las referencias dentro del álbum amplían esa interpretación. Títulos como “Prophecy at 1420 MHz”, “Hydrogen Helium Lithium Leviathan”, “Naraka” (el término para el infierno en tradiciones budistas e hinduistas) o “Blood in the Labyrinth” mezclan ciencia, cosmología, religión y mitología, construyendo un universo donde distintas concepciones del infierno conviven como metáforas.
La estructura del disco también parece responder a ese recorrido. En sus primeras piezas predominan las capas sonoras densas, las voces fragmentadas y la repetición constante, generando una sensación de alerta y de movimiento incesante. Conforme avanza, la música comienza a abrir espacios. Los ritmos respiran, las melodías se vuelven más contemplativas. Canciones como “Somewhere Right Now in the Future” o “Memory of Death” representan ese momento de transición. Son piezas más nostálgicas.
Durante toda la escucha permanece la sensación de estar habitando un espacio compartido por presencias invisibles. Las voces procesadas y los fragmentos electrónicos nunca terminan de convertirse en lenguaje. Tal vez sean recuerdos, transmisiones lejanas o la propia realidad intentando comunicarse en interferencia con el ruido. Como en gran parte de su obra, propone un paisaje sonoro abierto donde cada oyente termina construyendo su propio escenario.
Cry Baby – Vince Staples
Pontas

Así que la cuestión no es si seremos extremistas, sino qué tipo de extremistas seremos.
– Martin Luther King Jr.
En el verano de 1969, en el festival de Woodstock, un Hendrix de 26 años tocaría una de las piezas más recordadas en la historia del rock: “The Star-Spangled Banner”.
Su versión del himno estadounidense era distorsionada, cruda, pesada y hasta cierto punto incómoda. Muchas personas lo tomaron como símbolo de protesta, otras como un acto de patriotismo. Estados Unidos estaba en plena época de “vietnamización”, Richard Nixon acababa de ganar las elecciones, los Panteras Negras tenían contínuos enfrentamientos armados con la policía, y se acababa de declarar culpable a James Earl Ray como el asesino de Martin Luther King Jr.
Aun así, cuando se le preguntó a Hendrix sobre sus intenciones en ese concierto, se limitó a decir: “Me pareció precioso. Pero ahí lo tienes”. Aún no se sabe si lo tocó como acto de protesta o patriotismo (o ambas), pero algo estaba seguro: sin explicar de más, Hendrix puso el dedo en la llaga.
Más de 50 años después, en 2026, de una manera más abierta que Hendrix, pero con la misma forma cruda y agresiva, Vince Staples saca un disco que deja en pañales al señor naranja más poderoso del mundo. Con riffs de rock setentero y letras escandalosamente directas, Staples pone el ojo en las experiencias de la comunidad negra ante el contexto tan violento por el que pasa Estados Unidos y al mismo tiempo da clases de Racismo 101 for Dummies para el sujeto que se la pasa retwitteado posts de Ben Shapiro.
Staples es parte de la nueva ola de raperos que se están moviendo al rock, pero pocos hay tan coherentes con el género y tan explícitos con su mensaje. Mientras lo de A$AP Rocky se siente más como un disfraz momentáneo de ícono punk, lo de Staples se escucha como una furia necesaria de expulsar. Y esto no sólo tiene que ver con el rock, sino con la figura del rockstar.
Para Staples, un rockstar no sólo tiene un poder que no se puede contener, sino un enfoque adecuado hacia la música. Así es como tienes a un Hendrix: un tipo que no tiene que dar 30 entrevistas sobre qué significaba su obra, fue al hueso con su solo. Tomó lo sagrado y lo destruyó con disonancia.
Pero el cambio de su sonido a algo más rock no sólo es por clara su admiración al género y a la figura del rockstar, sino por su descontento con la escena del hip-hop. Ha criticado mucho las canciones que enaltecen la violencia con armas, el consumo de drogas y el machismo.
Ha señalado una escena que estuvo más preocupada por quién ganó en el beef entre Kendrick y Drake que por los cientos de despidos de empleados de Universal Music que sucedían al mismo tiempo que los dimes y diretes más estudiados después de los de Alfredo Adame y Carlos Trejo. Ante una escena (y un mundo) que por la saturación de información en redes le cuesta poner atención a las cosas que importan, tuvo que ser violentamente directo. No por nada el disco se llama Cry Baby y tiene a un Trump bebé llorando en la portada.
“Go Go Gorilla” cuenta que cuando Staples tenía doce años, se resistió a un arresto y nunca le contó a su mamá. “The Running Man” empieza diciendo “es tiempo de una revolución”, y el video de “Blackberry Marmalade” trata de un sujeto que entra a un diner lleno de gente negra, mata a todo el mundo a disparos y después se suicida. Ante un gobierno y un país tan abiertamente racista y violento, a Staples no le queda espacio para la suavidad, la tibieza o las medias tintas.
A los señores blancos trajeados que esperan deseosos el regreso de aquella “Gran América”, decide golpearlos donde más les duele. La ironía es que en tiempos de ese pasado que los blancos con gorras rojas tanto enaltecen, la música de la contracultura era el rock que Hendrix selló con una hoguera sobre su guitarra. La distorsión sonaba provocadora, las letras eran desafiantes a los “buenos valores” estadounidenses y a los grandes rockstars de la época poco les importaba verse como el modelo bien peinado del gringo ejemplar.
No por nada la guitarra eléctrica es la gran protagonista de Cry Baby. Canciones como “Blackberry Marmalade” o “The Big Bad Wolf” se caen a pedazos sin la distorsión. El disco hace evidente cómo ha cambiado tan poco la situación de Estados Unidos en tantos años de protesta diluida. Siguen siendo racistas, siguen financiando guerras ajenas y siguen queriendo hacer un país mejor… por lo menos para el 1% de su población. Y la respuesta de la contracultura, de una u otra forma, vuelve a ser el rock.
Aún así le pedirán a Staples seguir experimentando, cambiar su estilo sin cambiar su esencia, hacer canciones todavía más pesadas, regresar al sonido de Big Fish Theory, hacer 10 colaboraciones con Kendrick y dos covers de Jimmy Hendrix.
Pero nada de eso importa. Antes de este disco, Vince Staples se cambió de Def Jam Recordings (que es parte de Universal Music) a la disquera independiente Loma Vista para poder acercarse más a hacer lo que le dé la gana.
Actualmente, en el mundo de la leche deslactosada y la cerveza sin alcohol, también puedes ser un extremista tibio. Y ante esta postura, Vince Staples se quita el guante blanco y le da una golpe en la cara a todo MAGA que cree que la música de Kid Rock es lo más subversivo que hay.
Escrito en agua – Diles que no me maten
Valentina

Hay cosas que parecen estar escritas de forma intangible. Cosas que existen, toman forma por un instante, y después terminan desapareciendo. No significa que sean menos reales, o menos importantes, sino que fueron hechas para habitar en un solo momento y terminar dejando una marca.
El último lanzamiento de Diles que no me maten, una banda mexicana que poco a poco ha ido pavimentando su camino en esta industria y que ha logrado de manera muy auténtica que la gente los reconozca como una de las bandas más importantes de la escena underground del país, suena algo que está ahí pero no se ve.
Para ser completamente honesta, fue una experiencia medio rara para mí escucharlo de inicio a fin. La primera rola me pareció muy pesada emocionalmente, me sentí en una escena de película en la que pasa una tragedia, o cuando vemos a un personaje arrastrar los pies de tristeza y desolación. Y es que justamente es un disco que, entre los diferentes géneros que aborda, tiene también influencias de música fúnebre de la Sierra Mixe de Oaxaca, en la que predominan instrumentos como el trombón, la tuba y el clarinete. Después sigue el sencillo con el que anunciaron su cuarto proyecto: “Hiriku”, una canción inspirada en el poema “Híkuri” del poeta contemporáneo José Vicente Anaya, y así, se va construyendo una lista de 10 canciones que buscan generar un espacio para la introspección y la contemplación. Abren las puertas a ese cuartito que muchxs buscamos cuando necesitamos un respiro y alejarnos de todo lo demás, bloquear el ruido exterior y poder simplemente existir.
En general creo que estamos muy acostumbradxs a que ahora todo se mueva de manera muy acelerada, a que si una canción no nos atrae en los primeros dos segundos la cambiamos, a estar escuchando repetitivamente sólo dos canciones o a conocer meramente las más famosas de cada artista. Diles que no me maten busca hacer todo lo contrario, a través de un disco que no necesariamente necesita ser entendido, sino habitado.
WHACK’S MUSEUM – Tierra Whack
Dany A

Cada cierto tiempo hay uno que otro álbum que vuelve a alimentar mi afición por el rap. Este fue uno de esos.
Este disco abre con el tag de Conductor Williams (productor de Tiara, Drake, Tyler, The Creator y un largo etcétera) y la frase “Dicen que debo rapear más”. Casi me pongo a llorar de la felicidad. Tierra Whack deja de lado la excentricidad y el estilo pop rap de trabajos anteriores para reivindicarse como MC en WHACK’S MUSEUM.
Después de aparecer en la lista de promesas del rap de XXL en 2019, Whack decidió inclinarse por un estilo digerible y más acercado al sonido de gente como SZA y Tkay Maidza, con un estilo de escritura lleno de humor y simpleza que ya mostraba su ingenio como compositora, pero parecía dejar corto su potencial. Su estética era distinta, más colorida y absurdista, más al estilo de Doja Cat o los inicios de Rico Nasty.
Las cosas cambian en WHACK’S MUSEUM. Es su primer proyecto totalmente enfocado en el rap. No hay invitados, no hay relleno, solo hay barras y un delivery impecable. Si no tomabas en serio la pluma de Whack, cuando escuches esto no te va a quedar de otra. El humor no se pierde para nada, pero tiene un estilo afilado que me recordó muchísimo al Alligator Bites Never Heal de Doechii, y la selección de beats, que se ubican mayormente dentro del boom bap y el jazz rap, es el complemento perfecto para el propósito del disco.
El nombre está inspirado en las figuras de cera, objetos que parecen ser personas reales a la distancia, pero que, al acercarte y apreciar los detalles, dejan de ser lo que creías que eran y se convierten en algo distinto. No vas a entender todas las barras a la primera, tu beat favorito cambiará con cada escucha. Está bien, ese es el punto.
Tanto el sonido como el trabajo visual del álbum buscan rendir homenaje a Filadelfia, ciudad que le dio las tablas para desenvolverse con la confianza con la que demuestra, de principio a fin, que es una de las mejores raperas de la actualidad. La estética de los videos musicales es mucho más oscura, cruda y urbana, como si fuera la traducción a imágenes de los relatos que retrata.
Este disco fue lanzado el 18 de junio, día en el que las personas afrodescendientes en Estados Unidos celebran el fin de la esclavitud para su gente. De cierta forma, Whack se libera también, mostrándose tan confiada de que hizo un buen trabajo que publicó una línea telefónica donde todos aquellos que dejaron de creer en ella pueden hacerle llegar sus disculpas.
Si tienes algo que decirle a Tierra Whack, escribe al +1 (323) 747 7544.
For Love of Grace & Hereafter – Iceage
Sofía

“Take white boys back to their garages” es la frase que llevo meses viendo en mi feed de Tik Tok, y es la frase a la que también le di like y repost. Esta recuerda la época de los 2000, el movimiento de la cultura pop en la que los hombres blancos, que usaban manga larga debajo de playeras, y pantalones cargo encima de sus converse, se juntaban en el garage de alguno para hacer una banda punk.
La diferencia entre Iceage y el trend “Take white boys back to their garages”, es que la banda nunca se fue del garage, comenzaron en 2008 en Copenhague con el propósito de no ser una banda más del montón happy punk de la época.
Tenían el propósito de perdurar, de ser “más que una etapa”. Así que, mientras unas bandas fueron efímeras, perdieron popularidad o inclusive cambiaron de género, Iceage se transformó en una de las bandas que han podido reivindicar al rock sin convertirlo en una caricatura rancia.
Eso es lo que demuestra con For Love of Grace & Hereafter, su disco más reciente en el que se intensifican sus raíces. Pero sobre todo con “Ember”, la primer canción del álbum, la que le da el tono, y con la que me imaginé a toda la banda casi 20 años más jóvenes, con graphic tees, converse negros, guitarras electricas rojas, y con un fleco lacio y de lado.
Yo sé que ese movimiento músical cada vez es más difícil de encontrar, pero tampoco es necesario, porque Iceage hace que no nos falte ningún otra banda para que sintamos lo que es mover la cabeza de arriba a abajo al ritmo del punk, mientras lo escuchamos en nuestro iPod.
Rumspringa – ear
Regina

No ha dejado de llover en la Ciudad de México desde hace dos meses, o quizás ya perdí la cuenta. Un martes nublado, cielos grises, y ponerte los audífonos para transportarte a otro mundo es quizás justo lo que necesitas.
Rumspringa, de ear, es un álbum que encapsula el sentimiento nostálgico de un verano lluvioso, un verano en el que las mañanas son cálidas pero las tardes se convierten en escenarios de pasto húmedo, tierra mojada y reuniones en casa. ear tiene algo que me remite a la banda islandesa múm, quizás por las voces suaves y la mezcla de sonidos electrónicos.
En mis constantes noches de insomnio y búsquedas en Reddit me topé con un concepto que nunca había escuchado antes, “tweetronica“, que junta el twee, un estilo dulce, ingenuo y nostálgico, nacido del indie pop británico de los 80 y 90 que se caracteriza por melodías simples, voces suaves, letras tiernas y una producción minimalista, casi casera.
Y el tweetronica es la fusión de eso con producción electrónica. Lo que hace es generar un sonido íntimo, un sonido que te hace olvidar el día gris y meterte en un mundo completamente diferente, como si estuvieras en el cuarto en el que se grabó el álbum. Y ahí es donde el título cobra sentido: Rumspringa hace referencia al rito amish de explorar el mundo afuera antes de comprometerse con la fe.
Escuchar este álbum es igual, como ser un niño pequeño explorando un jardín enorme por primera vez, sin saber bien qué hay detrás de cada esquina, pero querer descubrirlo todo. Y eso es justo lo que se siente al escucharlo encerrada en mi cuarto un día gris, con los audífonos puestos, descubriendo un mundo sonoro que no conocía. Y ese es mi propio rumspringa.
bitknot – feeble little horse
Lía

La nostalgia consume a aproximadamente 72% de los jóvenes, según estudios de dudosa procedencia realizados en una geografía que vagamente vamos a llamar global.
Lo peculiar de este sentimiento es que al experimentarlo nos sentimos solos, como si nos estuviéramos ahogando en un océano de memorias sin ningún tipo de esperanza, sin alguien que nos saque del agua. Pero la realidad es que cada ser humano tiene en su cabeza un océano propio con aguas similares a las de los demás, y ahí el problema es que nadie se da cuenta… o bueno, nadie se da cuenta hasta que un álbum como este llega a nuestras vidas y nos abre los ojos (y los oídos) a que absolutamente todos estamos embarcados en la misma agotadora aventura del descubrimiento personal, simplemente con algunas diferencias.
Con un toque de psicodelia en los instrumentales, una sutil crudeza en la voz y la esencia experimental en la mezcla, este tercer álbum actúa como el debut de una banda de tres integrantes, abriendo paso a una nueva era y dejando atrás lo que llegaron a ser con un cuarto integrante. Experimentando con una combinación de rock indie brusco pero pulido y algo así como shoegaze, donde parece que las letras surgieron del instrumento mismo, se siente como si ambas hablaran el mismo idioma.
bitknot es una crítica, no solo a lo personal o al pasado, sino también a lo social. A través de letras narrativas que a pesar de no contar una historia per se, te envuelven en el miserable sentimiento de ser y existir en una sociedad que rechaza la expresión personal y aplaude lo falso y digital.
Con una metáfora bastante única, usan la matriz de una computadora antigua como portada de álbum que representa como la banda desnuda su mente y nos da acceso a la memoria que vive dentro de ella.
Este álbum es la nueva cara de feeble little horse: una banda con más cosas que decir, una banda más sucia y libre, análoga y real.
in this body – sparklmami
Anto

Vas en tu carro, ves el GPS: media hora hasta tu casa. Enciendes la radio y hay una nueva estación en la que todo es posible, en la que tus sueños y fantasías se vuelven realidad. La primera rola te pide que te quedes, que “no te vayas”. Estás escuchando la radio de Sparklmami.
Ariella Granados, la locutora, te habla en español, a veces en inglés y por momentos en portugués. Sin darte cuenta, empiezas a mover la cabeza con ese jazz brasileño de los 70 que se mete dentro de tu ser, y las letras te hacen recordar tu propia historia… esos momentos en los que, como ahora, son las “5am” y tu madre solo te regañaba por estar de “vaga”.
Sientes cómo tus experiencias recorren tu mente, pero ya no eres la misma persona: ahora eres adulto y entiendes el mundo de otra manera. Aun así, mientras escuchas, piensas en lo mucho que quisieras llegar a casa de tu madre y contarle todo, como cuando eras un infante.
La última canción te cambia completamente el mood, estás más reflexiva, te entiendes un poco más después de recordar tu historia, en este cuerpo, “in this body”, neste corpo, estás a salvo, y siempre te tendrás a ti misma.
No sabes cómo pero llegaste a casa, escuchas lo último de la transmisión, ella se va, pero tú puedes quedarte. Bajas el volumen, llamas a tu madre, le dices cuanto la extrañas, cuelgas. Apagas la radio.
BAKERZ DOZEN – Wu-lu, POISON ANNA
Callejas

Bakerz Dozen captura lo que podría estar sintiendo alguien que habita en un mundo que colapsa.
Estas canciones suenan a callejones bañados por luz neón de carteles fluorescentes en una noche eterna en la que la gente espera inquieta su turno para entrar a algún tugurio buscando anestesiar el miedo existencial. Escucharlo me hizo pensar en Ángeles caídos de Wong Kar-wai. Creo que la película y el disco comparten terreno emocional: la alienación, la sensación de estar solo mientras te encuentras rodeado de personas en un mundo inestable.
La colaboración une el talento de dos artistas británicos quienes ofrecen un álbum que se mueve entre el trip-hop, el hip-hop y el r&b. Las instrumentales incómodas y desconcertantes de Wu-Lu complementan la profundidad lírica de Anna además de su voz, casi espectral.
Wu-Lu, nacido Miles Romans-Hopcraft, es originario de Brixton donde el punk, la electrónica underground y el hip-hop encapsulados por la cultura del skate fueron clave durante sus años formativos, tanto que continúan reflejándose en su trabajo actual. Khloe Anna aka POISON ANNA es una artista multidisciplinaria británica de ascendencia checa y ghanesa. Bailarina y música, su trabajo explora temas como la espiritualidad, el abuso de poder y constructos sociales.
La distopía está cada vez más cerca, algunos dicen que ya está aquí. El sonido de Bakerz Dozen puede ser augurio de su cercanía o síntoma de su llegada. Si el final de los días se acerca, al menos tenemos buena música para acompañarlo. Este álbum no puede faltar en tu mix para el apocalipsis.
