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Portada del disco KHAZNA de Kiss Facility.

Por un momento muy breve seremos brillantes

El juego cambió. Ya no reseñamos todos los discos que nos dan algo qué decir cada semana. Ahora elegimos lo más relevante del universo cada mes, porque preferimos escuchar discos completos, y no rolas. Porque queremos recomendarte nuestra selección intencionada y no el último grito en la agenda de lo más inmediato.

No te estamos leyendo los trending topics de twitter al aire, te estamos lanzando pensamientos originales. Estúpidos o no, ese es otro tema. Pero “that’s like your opinion, man”.

Este mes salieron un par de discos de los que se va a hablar por un tiempo más prolongado que cuatro semanas. El Play Me de Kim Gordon es un monumento que con el paso del tiempo va a ser una referencia desde lejos. El de Kiss Facility también. Si lees más adelante entenderás por qué.

Mandar saludos al aire para malgastar el tiempo es cosa de antes, ahora abrimos los micros para intentar decir cosas reales. En ocasiones vamos a tener éxito, y por un momento muy breve seremos brillantes, pero la mayoría del tiempo nos vas a escuchar intentarlo, nadando contracorriente sin nada de técnica ni estilo, con todo el peso del fracaso sobre los hombros, diciendo cosas normales. 

Para eso escucha uno la radio, para ver si el locutor se sale del charco, o se ahoga y tiene que poner una rola. Provecho.

Raquel

 

 

Nothing’s About to Happen – Mitski
Ana Lau

 

Portada del disco Nothing's About to Happen de Mitski.

 

Nacida en Japón, Mitski transforma emociones complejas en canciones íntimas y profundamente honestas, su vulnerabilidad expuesta la ha colocado como una de las artistas más distintivas del indie contemporáneo.

Este disco es una pausa suspendida, una especie de vacío cargado de una ansiedad tenue pero persistente. Avanza de manera explosiva, se arrastra con una delicadeza casi incómoda. Hay una sensación de resignación, más bien, de aceptación de un estado emocional estancado. La instrumentación acompaña esa idea: minimalista, repetitiva, casi hipnótica, reforzando la idea de un bucle del que no se puede escapar.

El álbum describe una emoción muy específica: ese momento en el que todo está en pausa, y uno encuentra la forma de hacer las paces con no estar en movimiento. Es una calma incómoda, una quietud que pesa, que se encuentra en un punto específico de nuestra edad. Y en ese “nada”, logra capturar la definición de una existencia suspendida, pero placentera.



 

HELP(2) – War Child Records
Vale Santos

 

Portada del disco HELP(2) de War Child Records.

 

Esta no es una colección de buenas rolas por el placer de hacerlas. Es la fuerza en las voces reunidas de más de 30 artistas con un propósito fijo: una petición de paz.

War Child apoya a niños en zonas de guerra desde los 90, y a menudo se asocia con músicos famosos para álbumes benéficos, como lo hicieron precisamente en este caso. Desde King Krule y Grian Chatten, hasta Greentea Peng y Nilüfer Yanya, pasando por leyendas como Beth Gibbons, Pulp y Graham Coxon de Blur.

Con esta selección de artistas e intenciones todo el disco suena distinto. Hay rock, dub, gritos, covers, baladas, pero todo está conectado por una misma emoción: la fragilidad constante, la sensación de que aunque todo parezca que está roto, seguimos aquí.

Abre con “Opening Night”, de los Arctic Monkeys, y vaya, ¡qué forma de empezar! Es íntima y grande al mismo tiempo. Como si estuvieras a punto de salir al escenario sin saber qué va a pasar. Es una de esas canciones que desde el inicio te dicen: este disco va en serio.

Tiene momentos muy bellos y delicados. Como “Lilac Wine”, de Arooj Aftab en colaboración con Beck, un cover del  mismísimo Jeff Buckley. Esta canción hace que todo flote, se siente como una pausa, como respirar dentro de todo el caos que se engloba en el disco.

No hay una historia lineal, el disco no intenta ser perfecto. De hecho, se muestra irregular a ratos, pero es justo lo que hace que funcione. Es escuchar muchas voces distintas, cada una procesando el mundo y tratando de comunicarlo a su manera. Un mosaico de ansiedad, empatía, tristeza, pero sobre todo de esperanza. 

No es algo fácil, ni para poner de fondo, pero vale muchísimo la pena escucharlo con calma y dejar que te inunde poquito a poco.





PLAY ME –  Kim Gordon
Xavi

 

Portada del disco PLAY ME de Kim Gordon.

 

No tengo la autoridad ni el conocimiento musical para decir que un disco es bueno o malo (además de que es un concepto tan ambigüo como subjetivo. ¿A qué te refieres con malo? ¿Peor que qué?).  Y aunque no posea ninguno de estos atributos, afortunadamente vivimos en un país libre y en los artículos 6 y 7 de la Constitución, dice que tengo libertad de expresión por lo que tengo el derecho de decir que este disco está feo… Pero aún así deberías de escucharlo y si ya leíste todo esto, escucha (lee) por qué.

Kim Gordon es, como diría mi mamá, un viejo lobo de mar. A sus 72 años tiene aun la capacidad de experimentar con sonidos, géneros como el trap y el grime y herramientas como el autotune y el humor negro, pero lo más potente del disco es un mensaje construido a través de herramientas y técnicas que sabe pulir a la perfección desde que tocaba en Sonic Youth

Gordon una crítica hacia todo lo que nos rodea actualmente (política, económica, social y tecnológicamente).

BYEBYE25”, es un remake de esa canción de su disco The Collective de 2024, pero es esta versión cambió la letra por palabras prohibidas por la administración de Trump. A través de ritmos divagantes, sucios y extraños, que originalmente fueron creados para Playboi Carti, Gordon crea un ambiente surreal, chistoso, pero sobre todo, consciente. Se atreve a hacer estos chistes, a ser extraña y levantar la voz sin miedo, como se atrevió a decir que “tenemos un Cheeto de presidente” en una entrevista. 

Cuándo hablo de este disco me siento como tu compa cinéfilo que dice: “no me gusta la película, sino lo que representa” y es que este disco no está hecho para que te guste, no es un disco que recomendarías para ligar a primeras o el que pondrías en el after con tus tres carnales mientras filosofan de cómo se los anda cargando el payaso a la par que se recomiendan canciones que encontraron en bandcamp. 

Es un disco raro… demasiado, pero con una fuerza tremenda. En un mundo capitalista en el que gana quien le guste a más personas, Kim Gordon decide nadar contracorriente, ser crítica; no sonar en todos lados pero si resonar en quienes lo escuchen.

Cuando escuches que dice “Stand by AI, AI, AI” con una cantidad desbordante de autotune en la canción “Black out”, no vas a pensar en que suena genial, por que la verdad es que no suena así y automáticamente nuestros cerebros relacionan “si no suena bien, entonces está mal” y es justo lo que el disco pretende que hagas y criticarte por eso, hacerte sentir una oveja más del rebaño. 

El punto no es que te “guste”. No intenta sonar en un Superbowl, o darte esperanzas para que te motives a mejorar tu vida de mierda por dos días ni te hará hacer la cara como si le hubieras mordido un limón. Este disco es, como decía Canserbero, para bailar con la cabeza. 

Tal vez somos ovejas dentro de un rebaño enorme pero escuchar este disco es un acto de rebeldía, es caminar en contra del pastor aunque sea por un momento. Y, creo, que esa es la función del arte, hacer sentir algo.

 




Written into Changes – Avalon Emerson
Danielo


Portada del disco written into changes de avalon emerson.

Terminar algo también es quedarse con preguntas sin respuesta. Con versiones incompletas, con cosas que no cerraron y con la sensación de haber entendido todo demasiado tarde. Written in the Changes de Avalon Emerson suena así. No como un momento dramático, sino como ese estado donde nada termina de acomodarse.

Hay una idea que atraviesa el disco: detenerse y preguntarse si esto era todo, si lo que pasó era lo esperado o si simplemente se quedó a medias. No aparece como una crisis, sino como algo constante.

Esa sensación es clara especialmente en “Happy Birthday”, en la que el paso del tiempo funciona más como un punto de revisión que como celebración. No hay una conclusión clara, y el disco tampoco intenta construirla.

Musicalmente, el cambio es evidente. Si vienes de escuchar a Avalon Emerson como DJ, esto puede sentirse incluso apagado. No hay picos ni momentos diseñados para explotar. Las canciones se mantienen en una energía contenida, más cercana al dream pop que a la música electrónica.

Y ahí es donde el disco se vuelve interesante o frustrante. En lugar de llenar el espacio, lo reduce. En lugar de construir momentos colectivos, se queda en algo individual. 

Aun así, hay algo que se queda. No para bailar, sino para sentirte vulnerable, incómodo, en ese punto donde nada termina de resolverse. Y tal vez eso es lo único claro. Esa sensación de estar en medio de algo que ya cambió, aunque todavía no sepas en qué.


 

Good Effort! – Youniss
Pontas

 

Portada del disco Good Effort! de Youniss.

En mi primaria daban diplomas por esfuerzo. Aparte del importantísimo primer, segundo y tercer lugar en calificaciones de la generación (que siempre eran los mismos tres weyes) se dignaban a dar un cuarto diploma por quién era el que más se esforzó.

Era espantoso ganarlo. Se sentía como una palmada condescendiente en el hombro de alguien que te decía: “¡Casi lo lograste! Tal vez para la próxima esfuérzate un poco más”. Gané dos de esos diplomas y esperé no saber más de ese estúpido premio. Pero vivo en la Ciudad de México, donde parece ser que cada esfuerzo por hacer un lugar mejor amerita que un hombre trajeado te dé una palmada en la espalda, te entregue un diploma y te diga: “¡Buen esfuerzo!”

Nunca he conocido Antwerp ni sé cómo es. Sólo sé que en Bélgica se inventaron las papas a la francesa. Me puedo imaginar que el ambiente en el que vivió Youniss Ahamad tiene muchos parentescos con esta sucia y viva ciudad a la que llamamos “cedemequis”.

¡Good Effort! es como la Ciudad de México, y como mi idea abstracta de Antwerp, es un disco de contrastes. Un desorden jazzy, hip-hop y post-punk que pasa por la distorsión, la melancolía y el enojo. En su disco anterior White Space se basó en su experiencia siendo un hombre negro con acento arábigo viviendo en Bélgica.

Hoy, más que basarse solamente en su experiencia, reconoce la riqueza de perspectivas de cualquier ciudad moderna y lo aprovecha con sus colaboraciones. 

Gits Worse”, con Petite Noir, tiene aires de persecución, de pelea, de destruir cualquier cosa que se te ponga enfrente. Es la turbulencia de la vida que te hace oscilar una y otra vez entre el pasado y el presente, enfrentando con miedo pero con la frente en alto, todos los errores que cometiste y que el mundo cometió contra ti. Por otro lado, “TakeThat” es agresiva y burlona al mismo tiempo. Youniss y Pink Siifu rapean como si estuvieran remedando a alguien, un sarcasmo agresivo con un bajo jazzy y golpes saturados de la instrumental. 

Esta canción, como otras en el álbum, no sólo habla de gentrificación, sino de despojo. En 2023, el venue Onder Stroom en Antwerp cerró sus puertas, y se decidió que ese espacio sería más útil como un flamante estacionamiento.

Desde ahí, Youniss sintió que el disco debería tratar de eso, de las historias a su alrededor que reflejan cómo ha cambiado su ciudad. Transmite la parte enojada y frustrante del despojo, pero también una mirada melancólica como en “At The Still Point Of The Turning World”. Es el complejo resultado de la gentrificación, el choque entre la gente que está en la ciudad y la gente que vive en la ciudad.

Como gringo en la Condesa: “¿A mí qué me importa de hacer esta comunidad un lugar mejor? Estoy aquí, pero no vivo aquí”.

Esta diferencia entre el vivir y el estar es el corazón del disco. No es ninguna coincidencia que un hombre negro con racíces en Irak y Costa de Marfil viviendo en Bélgica nos lo diga con su música.

Para él, que está en la ciudad, en Antwerp o en la Ciudad de México, no importa si algo mejor es posible.

Para quienes sí vivimos aquí, lo que queda es hacer del esfuerzo algo estruendoso. Volver del esfuerzo esa camiseta amarillo chillón que es tan incómoda como imposible de no ver. Detener la mano de un hombre trajeado antes de que nos dé una palmada en el hombro y nos entregue un diploma. O, como dice “Why Don’t You”: movernos con propósito, tener más que decir y nunca dejar de intentar.

 

 

Good Intentions – Ego Ella May
Dany A.

 

Portada del disco Good Intentions de Ego Ella May.

Tiene buenas intenciones, pero el lugar común del amor está presente, tan cliché (y tan 2026) que una de las canciones cuenta cómo una lectura de Tarot la salvó de elegir a la persona incorrecta. Esta londinense que ha visto crecer su carrera en los últimos años, desde el lanzamiento de su primer álbum en 2021.

Ahora hizo un disco de jazz y neo-soul que la muestra en su versión más elegante y sofisticada hasta ahora. 

Una chica demasiado africana para ser británica, y demasiado británica para ser africana. De padres nigerianos, de los Igbo, una de las etnias africanas más extendidas por el mundo. Ella May nació en Croydon, y casi no habla el idioma Igbo. Esos limbos que generan tensión entre la globalización y la posmodernidad. 

Sus producciones dejaron de ser beatcentricas. Ella May aprendió a tocar guitarra y a producir de manera autodidacta para acercarse al proceso de creación musical con las manos. Eligió un acercamiento distinto a la música, que usualmente era desde lo electrónico, y lo hizo orgánico.

Quedaron enterrados algunos elementos electrónicos que había en sus discos anteriores, y llegaron baterías igual de afiladas que las de Questlove en Voodoo, pero con un poco menos de swing, acompañadas siempre por un bajo presente y que no brilla demás pero tampoco se apaga. Rhodes por aquí, guitarras por allá, en fin, como dios manda.

Uno de mis probables pecados en cuanto a la música es que me adentré a ella a través del rap en la pandemia. Yo sé, es un poco triste, pero no me arrepiento, porque ese camino de una forma u otra me llevó a este disco. A ver si ya dejo de ser el vato que solo escucha el jazz que samplea Westside Gunn.

Good Intentions es la evolución final de alguien que siempre supo a lo que debía sonar. Una mezcla perfecta entre el refinamiento y los sentimientos a flor de piel, con una instrumentación tan elegante que seguro lo escucharás en tu speakeasy overhypeado favorito, y te darán ganas de pedir uno de esos cocteles caros, que la verdad ni sé cómo se llaman.

PD: Gracias por tanto D’Angello, te extrañamos.

 

 

? – Bassvictim
Silvia

 

Portada del disco ? de Bassvictim.

No conocía a Bassvictim antes de este disco (y honestamente tampoco sabía qué esperar de un proyecto que decide llamarse ?… (o sea, gracias por la claridad).

Bassvictim es un dúo de Londres formado por Maria Manow e Ike Clateman, pero ? no se presenta como una introducción ni como algo que quiera caerte bien. Más bien se siente como llegar a una conversación ajena en una fiesta… y quedarte aunque no entiendas bien quién dijo qué.

Desde el inicio, el sonido desconcierta. Hay momentos que parecen canciones infantiles (melodías simples, casi de juguete), pero lo que dicen no tiene nada de infantil. Las letras se sienten cercanas, demasiado cercanas incluso. Hablan de duda, de fe, de identidad, de no saber en qué creer (si en algo más grande o en uno mismo). Es ese tipo de pensamientos que normalmente surgen con el insomnio de las 2 de la mañana… no en un disco que alguien más decidió subir a Spotify.

Y ahí es donde empieza el conflicto (y también lo interesante). Conectas con lo que dicen, pero no siempre con cómo suena. Las canciones cambian de forma, se interrumpen, se vuelven caóticas o se desvanecen cuando apenas empezabas a entrar. “Sometimes I Believe in God (Sometimes I Believe in Me)” dice algo muy claro… mientras musicalmente parece que se está desarmando frente a ti (literal). “Going Home” también va por ahí (emocionalmente fuerte, estructuralmente medio inestable, como muchas decisiones importantes en la vida).

Babcia Jadzia” es otro nivel. Es larga, incómoda, muy expuesta. Suena como quien dice algo que llevaba demasiado tiempo guardado (y tú medio no sabes si deberías estar escuchando eso o si esto ya cuenta como terapia gratuita). Pero justo por eso funciona. Es de esos momentos donde entiendes todo lo que el disco estaba intentando hacer, aunque no siempre sepa cómo hacerlo.

? no está interesado en sonar bonito ni en ser fácil de escuchar. No es el disco que pones de fondo (porque no te deja). Más bien es de esos que te interrumpen, que te sacan, que te hacen pensar cosas que no habías pedido pensar.

Y aunque hay momentos donde el sonido no termina de convencer, hay algo que sí se queda: las letras. Porque al final, más que un álbum “redondo”, ? se siente como alguien tratando de entenderse en tiempo real (sin filtro, sin orden y sin preocuparse demasiado por si suena bien)… y eso, aunque a ratos sea raro o incómodo, también es exactamente lo que hace que no puedas soltarlo tan fácil.

 

 

KHAZNA – Kiss Facility
Nerea

 

Portada del disco KHAZNA de Kiss Facility.

 

Hay discos que te piden entenderlos y hay otros que simplemente te hacen sentir. El debut de Kiss Facility prueba que el lenguaje de la música es universal. No importa si no hablas árabe, el álbum te habla desde un lugar más intuitivo, casi físico, como una bóveda (como su nombre sugiere) en el que la voz de Mayah Alkhateri, cantante y poetisa emiratí-egipcia, y la producción de Salvador Navarrete, alias Sega Bodega, se encuentran. “Tiene que ser el encuentro de dos mundos”, dijo Salv, “en lugar de que yo entre en su mundo o ella entre en el mío”.

El proyecto surge del shoegaze, pero no encaja del todo ahí. Lo desarma y lo mezcla con electrónica, trip-hop y pop alternativo. Esto junto con el uso del árabe, las escalas vocales y la carga poética crean una experiencia entre lo familiar y lo ajeno.

Más que un estilo, Khazna suena como un espacio: una especie de cámara cerrada donde todo rebota: las cuerdas, los sintetizadores, la voz. 

En canciones como “Flesh Mix” o ”Kotshena”, el disco se vuelve más directo, incluso pegajoso, mientras que en otras como “Noon” o ”Flux” se inclinan hacia lo introspectivo y lo espiritual. Hay una constante entre lo corporal y lo emocional: deseo, devoción, identidad. Lo que soporta este álbum es lo emocionalmente potentes que se sienten las canciones. 

Al final, Khazna no busca ser entendido en términos tradicionales. Funciona mejor cuando se escucha como una experiencia completa, donde lo importante no es descifrar cada palabra sino dejarse llevar por la sensación que construye.

 



 

Marathon – Maria BC
Andrés Ibarrola


Portada del disco Marathon de Maria BC.

El tercer álbum de estudio de Maria BC, bajo el sello independiente de Nueva York Sacred Bones Records (te recomiendo seriamente echarle un ojo a su catálogo), no demanda tu atención con melodías intrincadas o momentos catárticos… la toma poco a poco hasta dejarte inmerso en una atmósfera caóticamente tranquila y contenida, llena de sonidos delicados.

Guitarras suaves, sintetizadores y voces susurrantes casi inaudibles que te invitan a sentarte, tomarte un respiro y darte el tiempo de escuchar con atención.

Con un sonido casi fantasmal y una instrumentación minimalista pero rica en texturas, Maria BC logra mantener una energía que abarca desde canciones que canalizan el caos con distorsión cruda, como “Marathon”, que le da título al álbum,, hasta momentos como los interludios “Port Authority”, “June” y “Channels”, en las que los sintetizadores toman el control e inundan los oídos con sonidos etéreos y glitchosos que no buscan cambiar el ritmo ni el enfoque más acústico del álbum, sino funcionan como el pegamento que mezcla la exploración electrónica con el sonido folk característico de Maria BC.

Aunque no se delata de inmediato, las letras de BC (si les prestas atención o terminas buscándolas en Genius), abordan de forma sutil temas como la pérdida y la destrucción. Palabras delicadamente colocadas que introducen una ligera tensión, algo que pesa pero nunca estorba.

Ese contraste entre lo frágil de la instrumentación y la tensión contenida le da al álbum una densidad particular, como si algo se quedara en el aire sin resolver. Para mí, se siente como un espacio liminal donde sostiene un universo tejido entre sus canciones, con un sonido expansivo pero contenido y lleno de matices que se van descubriendo con la escucha.