Omer Shem Tov: 505 días bajo tierra, un beso obligado y la vida después del cautiverio
El video dio la vuelta al mundo: un joven de rostro demacrado, con la piel pegada al hueso, obligado a besar en la frente a sus captores antes de ser entregado a la Cruz Roja. Esa imagen, calculada como un gesto de propaganda por Hamas, se convirtió en un símbolo de humillación, pero también de resistencia.
El joven se llama Omer Shem Tov, tiene 22 años, y sobrevivió 505 días en los túneles de Gaza. Hoy, meses después de su liberación, está en México, contando una historia que duele, indigna y conmueve a partes iguales.
El 7 de octubre de 2023, Omer había salido con amigos al festival de música Nova, en el sur de Israel. La madrugada transcurría entre luces, baile y música electrónica, hasta que el cielo se llenó de cohetes y la fiesta se volvió una masacre. Hamas irrumpió a tiros. El joven fue secuestrado y empujado hacia la frontera. Su vida cambió en segundos: de la euforia del baile pasó al silencio de los túneles.
En un primer momento, Omer estuvo con otros rehenes. Pero pronto lo aislaron. Pasó más de 450 días completamente solo en un túnel, sin ver el sol, con agua salada y raciones mínimas de comida. Perdió más de 20 kilos, sufrió desnutrición y enfermedades de piel. Lo maltrataron psicológicamente, le gritaron insultos, lo golpearon. En una ocasión intentaron obligarlo a matar a soldados israelíes. Él se negó. Dijo: “Dispárame si quieres”. Prefirió arriesgar su vida a cargar con esa culpa. Ese mínimo acto de dignidad, de no ceder incluso en la oscuridad más brutal, marcó su resistencia silenciosa.
El 22 de febrero de 2025, tras meses de negociaciones, Omer fue liberado en el séptimo intercambio de rehenes. Pero Hamas no perdió la oportunidad de utilizarlo: antes de entregarlo, le ordenaron besar en la frente a uno -y según testigos, hasta dos- de sus captores. Esa imagen recorrió los noticieros internacionales. Era el último golpe de teatro de una guerra que convierte a los cuerpos en mensajes. Hamas buscaba mostrarse poderoso, capaz de someter hasta en el momento de la entrega. Lo que quizá no previeron es que ese beso forzado también se volvió símbolo de lo contrario: de la crudeza de su violencia.
La salida de Omer no fue un final feliz. “A veces me siento culpable de poder disfrutar de un vaso de agua fresca, mientras otros siguen allá abajo”, ha confesado. Caminar libre por la calle, sentarse a comer con su familia, escuchar música… cada acto cotidiano le recuerda que otros siguen en los túneles. Tres meses después de su liberación, lanzó la primera bola en un partido de los Red Sox en Boston, recibió el cariño de miles y se convirtió en rostro de campañas internacionales. Pero la culpa no lo abandona. Esa libertad tiene un precio: la memoria de los que siguen cautivos.
Omer también reveló algo inquietante: tras la victoria electoral de Donald Trump en noviembre de 2024, su trato cambió. Le dieron más comida, menos insultos. “Tenían miedo”, dijo. Según él, Hamas incluso prefería que Kamala Harris ganara. La geopolítica entraba de lleno en su celda subterránea, como recordatorio de que la vida de los rehenes es también una moneda en el tablero mundial.
Esta semana, en México, Omer habla con voz baja, aún cargada de memoria. Cuenta su historia no solo para exorcizar su propio dolor, sino para recordar que el secuestro de cientos de israelíes sigue siendo una herida abierta. En cada entrevista, repite lo mismo: la libertad no está completa hasta que el último rehén regrese. Y al escucharlo, uno entiende que sobrevivir no siempre significa estar libre. Que el túnel lo acompaña aún en la superficie. Que su beso forzado, su silencio de 505 días, son ya parte de la memoria colectiva.
