Huellas de un habitar de Ana Bidart
Me gusta visitar exposiciones en compañía de una persona que reta constantemente mi amor por el arte contemporáneo. Me pone a prueba con sus cuestionamientos y sus observaciones me obligan a analizar con nuevos ojos lo que tengo delante de mí, para determinar si lo que veo realmente tiene algo que decir.
Algo así sucedió cuando llegamos al centro de exhibición de fundación/op.cit en la Roma sur y nos encontramos de frente con la obra de Ana Bidart que sólo atinaría a describir en una frase como “puntos suspendidos en el aire”.
Antes de esa visita, ya había conocido a uno de los artistas que fueron invitados por la fundación para participar en su programa de residencias -en el que se invita a habitar un departamento e intervenir sus muros, especialmente tratados con técnicas de restauración para que las obras puedan desprenderse al final de la estancia y ser expuestas en otro espacio- y me quedé con un sentimiento insistente de curiosidad: quería saber cómo se vería su obra mural una vez separada de la pared, y cómo cambiaría la lectura de su contenido al ya no contar con el resto de la habitación para darle contexto y sentido al espectador.

Sin embargo, mi experiencia con Ana fue muy distinta. No tuve el placer de presenciar su habitar en el espacio residencial ni el proceso que la llevó a la obra terminada; pero sí pude observar su trabajo expuesto, repartido en una decena de rectángulos que formaban un mosaico sobre la pared de una pequeña galería.
Cada uno de los recuadros fue cortado a la medida necesaria para caber en las cajas de resguardo donde se almacenan todas las obras resultantes de la residencia y, asimismo, cada uno de ellos fue atravesado por una ráfaga de color, una mancha de pintura, un ténue difuminado o una estela de pequeñas huellas de dedos impresas sobre la superficie.
Al principio me sentí extrañamente ajena a la obra de Ana y percibí una distancia muy grande entre lo que veía y lo que sentía. Como si no encontrara por dónde acceder a ella, como si la falta de contexto sobre lo sucedido durante su estancia en la residencia me dejara fuera de algo que, quizá, sólo tenía sentido en otro tiempo y lugar.
En su célebre ensayo El arte contemporáneo y la incomodidad del público, el crítico de arte Leo Steinberg reflexionó sobre el desconcierto que es común sentir frente al arte contemporáneo. “Enfrentados a una obra de arte nueva”, escribió, “es posible que los espectadores se sientan excluidos de algo de lo que se creían parte. Hay un sentimiento de pérdida, de exilio repentino, de algo que se les niega a sabiendas”. No obstante, es precisamente esa incomprensión la que abre una ventana para la reflexión.

Después de pensarlo un rato, llegué a la conclusión de que la ausencia que para mí era evidente en la obra expuesta de Ana, era en realidad el secreto propio de la intimidad que la artista compartió con su trabajo durante la residencia y que no se alcanzaba a vislumbrar del todo en la galería.
Algunos de los rectángulos con huellas de colores fueron extraídos, por ejemplo, de la pared sobre la puerta del baño del departamento, aunque fueron adosados a la pared de la exhibición junto con otros tantos de orígenes desconocidos, revolviendo la historia que cuenta cada uno. Pero la simple imagen de Ana pintando con la huella de los dedos, parada sobre la cama para alcanzar lo alto del marco de madera, proyectó una idea bella en mi cabeza y dotó al pedazo de muro desprendido de cientos de nuevas narrativas posibles. De repente, la exhibición misma se convirtió en un juego de imaginación.
Me imaginé a la artista hundiendo los dedos en un recipiente de pintura y pasando la mano suavemente por las paredes, golpeándolas suavemente con sus yemas. Me la imaginé dejando marcas de su transitar que se iban oscureciendo con el tiempo, a medida que añadía más recorridos y encontraba nuevos rincones para marcar. Me imaginé su tacto como una manera de conocer el espacio y de relacionarse con él. Vi una obra de arte convertida en rutina y una rutina transformada en obra de arte.
Con su participación en un programa del que se esperaba un resultado final, Ana desafió las expectativas a través del habitar y el coexistir. Con paciencia, convirtió pequeños gestos repetitivos en una gran onda expansiva, una constelación y un calendario. El diario de una presencia extraña que, mediante el pigmento, se adueñó poco a poco del espacio e infundió parte de sí en él.

En la galería, uno de los rectángulos delataba haber pertenecido a la parte del muro donde estaba el apagador, ahora ausente, rodeado apenas por manchas de pintura. Imaginar a la artista encendiendo la luz con los dedos manchados de color invita a ver la pintura como una forma de señalar lo que suele pasar desapercibido, como el acto mínimo, casi automático, de presionar el botón que cierra el circuito oculto en las paredes y da origen a la maravilla cotidiana de la electricidad.
Y así, toda su obra actúa como una gran metáfora: el gesto artístico como una advertencia suave para prestar más atención a lo que sucede sin que nos demos cuenta, una manera romántica y consciente de vivir a través del arte.
