Una unidad lumínica llamada Rosalía
Imagina emprender el Camino de Santiago a tus diecinueve años. Anhelar con todo tu corazón, y tu alma, y tu deseo más profundo, durante el trayecto de ochocientos kilómetros, en treinta y dos días. Al final, frente al Pórtico de la Gloria, pedirle a Santiago el Mayor: “De corazón poder llegar algún día a dedicarme a la música”. Así comienza la historia de la sacerdotisa del pop actual.
En latín, lux significa “luz”. No se trata de cualquier luz, sino de la que atraviesa las grietas que Leonard Cohen dibujó en “Anthem” de 1992: “Hay una grieta en todo / es así como la luz entra”. “Yo quiero que entre la luz”, dijo Rosalía. “Quiero que (el disco) se llame LUX. Hacer más espacio para que pueda entrar la luz”. Cuatro años después del alabado Motomami, transiciona del desnudo y la agresividad del casco de moto a la espiritualidad del hábito blanco y el recogimiento. Una apuesta atrevida, que desmonta su propio mito y lo reconstruye con sus propias ruinas.
El Mal Querer se dividía en capítulos como en un libro. LUX se divide en movimientos como en una sinfonía. El relato comienza en la tierra, en lo corporal, y asciende a la espiritualidad para luego convertirse en polvo de estrellas. Digamos: el pasaje a la salvación. Arranca planteando la dualidad entre lo terrenal (“Sexo, Violencia y Llantas”) y lo divino (“los destellos, palomas y santas“). Rosalía se presenta humana a través de piano, cuerdas y coros. En el amor, su corazón se vuelve reliquia; en la entrega, su cuerpo se vuelve un canal para la luz. A nivel instrumental, el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de Daníel Bjarnason y los coros es fascinante.
Durante tres años, Rosalía investigó y estudió la vida de múltiples santas de todos los rincones del mundo, y para honrarlas, las cita en su idioma de origen. En “Porcelana”, por ejemplo, rapea en japonés en referencia a Ryōnen Gensō, una monja de Kioto que se desfiguró la cara para ser admitida en un monasterio, porque su belleza era considerada una distracción para los otros pupilos. Cuenta cómo su piel se vuelve armadura y su vulnerabilidad, poder.
En ese umbral entre lo mundano y lo celestial, irrumpe la intervención divina: Björk, encarnada en el Espíritu Santo, anuncia que la redención sólo se alcanza entregándose por completo a la mitad de “Berghain”, una de las canciones más destacables. Para recibir el don de la vida eterna, debe llegar la expiación: “La Perla”, una carta ardiente contra la falsedad de un recuerdo, donde el desahogo también es fe.
La catalana remite a la premisa de su primer proyecto Los Ángeles, reinterpretando la canción “Quisiera yo renegar (Petenera)”, de La Niña de los Peines, una de las voces flamencas gitanas andaluzas más influyentes, con una producción moderna en “Mundo Nuevo”. En su búsqueda de trascendencia, el amor, tan cercano y vital como “La Yugular”, se expande y une lo personal con lo universal, lo tangible con lo etéreo y entonces asciende. Desde el cielo brinda con “Sauvignon Blanc”: libre de peso y de oro, canta al amor como única riqueza. Acompañada por Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz, pilares fundamentales del flamenco, tres voces, tres presencias, como la Santísima Trinidad, explora la herida y su huella: perdonar no siempre es olvidar, sino convivir con la cicatriz.
En las últimas introspecciones, se une Carminho, reconocida cantante portuguesa de fado, para reflexionar sobre la memoria y la identidad. “Magnolias” cierra LUX con serenidad y fulgor. Rosalía imagina su funeral como un festejo de luz, un último canto de gratitud. La muerte deja de ser el fin para volverse celebración: un réquiem luminoso donde la fe y la música sellan el ciclo con amor y paz.
Como alguien que ha seguido la trayectoria de Rosalía fue difícil no construir expectativas en torno a este disco. La primera vez que lo escuché no las cumplió; no era lo que esperaba. Pero como todo álbum conceptual, LUX pide tiempo, paciencia y entrega. Los artistas más valiosos no complacen, descolocan. Rosalía es una propuesta de pop que se reinventa, porque sí, como dice ella misma: “Tiene que existir otra forma de hacer pop. Björk lo comprobó. Kate Bush lo comprobó. Tengo que pensar que lo que estoy haciendo es pop. De otra forma, no pienso que estoy triunfando.”
LUX no solo se escucha, se atraviesa. Rosalía no solo fue a pedir un deseo a la Catedral de Santiago de Compostela, fue a prometer que lo cumpliría. Con el tiempo entendió que para caminar hacia la luz hay que aprender a convivir con la sombra. En un álbum maximalista, lo que queda es lo más humano: la necesidad de hallar, aunque sea por un instante, un poco de luz.
