Estoy enamorada de estar enamorada
Desde que tengo uso de razón, me encanta enamorarme. No necesariamente de personas, sino del estado constante de anticipación e ilusión. Quizás potencializado por mi adicción a las romcoms que me han hecho creer que un cruce de miradas significa más de lo que realmente fue. Me enamoro rápido del potencial, y huyo con la misma velocidad cuando amenaza con volverse real.
No More Like This es el disco perfecto para quienes viven en esa contradicción. Para quienes desean conexión, pero le temen a la vulnerabilidad. Para los que añoran crónicamente la intensidad, cercanía, fusión, y que terminan buscándolo en lo carnal antes que en lo emocional.
Tres años después de su debut, Blush, lleno de sintetizadores caóticos y oscuros, Ella Harris, Josh Baxter y Louis Satchell, optan por un sonido más contenido y menos tronado. Se mueve entre la electrónica de tintes industriales, el grunge diluido y el uso de la repetición en canciones como “Mate o Send“, casi como si repetir una frase o un ritmo pudiera materializar lo que se desea.
El disco abre con “Rain“, un spoken word en voz de Ella que fácilmente pudo haber sido una alarma despertadora inquietante dentro de un episodio de Black Mirror. Si le prestas la atención que definitivamente merece, empiezas a notar ruidos mínimos y texturas escondidas que te envuelven en un paisaje sonoro. Elemento al que también recurren a lo largo de sus 10 canciones.
Gran parte del álbum nació de improvisaciones colectivas, intercambiando instrumentos entre ellos, y eso se siente tanto en el sonido como en la dirección visual que acompaña al proyecto. No More Like This está profundamente atravesado por lo corporal. Lo escuchamos en las canciones, que hablan de deseo, de piel, de entregarse físicamente con la esperanza de que así, finalmente, alguien te ame de verdad. Y lo vemos con claridad en la portada que muestra el torso casi desnudo de Ella, en ropa interior del color de su piel, marcado con el nombre del grupo y del disco.
Las marcas remiten a esas que se te quedan después de dormirte en el sillón de casa de tus abuelos, o a los caballos marcados con hierro. No es una imagen erótica, es una imagen vulnerable. ¿Propiedad?, ¿pertenencia?, ¿el deseo de ser deseadx incluso a costa de perder algo propio?
Hay una influencia clara de SOPHIE en la producción, en esa valentía de hacer música extraña, hermosa e incómoda al mismo tiempo, pero PVA la traduce a un lenguaje más humano, menos futurista y mucho más frágil.
Los contrastes del eje narrativo del disco, sumados a la identidad visual, inevitablemente me hacen pensar en el canibalismo como interpretación máxima del amor. Esa metáfora recurrente en la literatura y el arte, donde no basta con tocar, besar o compartir. El otro debe entrar en ti, volverse parte de tu cuerpo. Eliminar los límites y dejarte ser consumido con tal de sentir cercanía, como “push my fingers in, pull the skin off” en “Peel” o “to the fat of my cheek you take a bit” en “Boyface“.
Al final, el disco no habla solo de amar a alguien, sino de amar el estado de estar enamorado. De perseguir esa sensación una y otra vez, incluso cuando sabes que puede doler. De ceder ante los deseos, incluso cuando sabes que podrías perderte en el proceso.
