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Portada del disco It's The Hope That Kills You de The Itch.

No pierdas la esperanza, siempre habrá música con The Itch

The Itch es un dúo británico, Simon Tyrie y Georgia Hardy, que se conocieron en la adolescencia en Luton (más suburbio que postal) y ahora están en Londres, y eso se siente: todo el disco tiene vibra de ciudad, de noche, de lugares chicos donde la gente está medio apretada, medio cansada… pero igual nadie se va.

Este es su primer álbum y se nota porque trae muchas ideas al mismo tiempo, como si ya las tuvieran guardadas desde hace rato y ahora salieran todas juntas.

El sonido es medio difícil de encasillar, pero va entre electro-punk, synth-pop y algo de indie con energía de club. O sea, sí es para moverte, pero no en plan “todo está increíble”, más bien en plan “bueno, ya estamos aquí”. Hay beats que te jalan, sintetizadores medio intensos, y encima letras que no van por el lado escapista, sino todo lo contrario. Y eso se siente raro, porque no siempre sabes si estás bailando porque quieres o porque ya estás ahí.

Space In The Cab” abre el disco y desde ahí ya entiendes todo. Suena a noche, a trayecto, a ciudad, pero lo que dice es más como “todo esto me está cansando”. Hay enojo con el país, con la vida diaria, con ese desgaste que ya ni sorprende… y aun así estás ahí, moviéndote. Ese contraste se queda todo el disco: estás bailando, pero tampoco estás tan bien… y te das cuenta en momentos raros, como cuando te quedas quieta dos segundos y luego sigues.

Las rolas van mucho por ese lado, y medio te das cuenta aunque no lo estés pensando tanto. “Can’t Afford This” no se complica nada: dinero, no alcanza, punto. Y es raro porque no lo hacen dramático, más bien como algo que ya asumiste y ni siquiera te sorprende tanto. “No More Sprechgesang!” se siente más como burla, como que también se están riendo de la escena y de ellos mismos, pero sin dejar de estar metidos ahí. Todo tiene ese tono medio seco, como quejarte pero sin hacer tanto show.

Luego, “Pirate Studios” se abre un poco más y ya no son solo ellos, es la ciudad, lo que cambió, lo que ya no es igual. No lo dicen como tragedia, pero sí se siente ese desgaste, como cuando piensas “esto antes era distinto”, pero tampoco haces mucho al respecto. “Drugdealer” baja un poco la intensidad, pero no es que todo mejore, más bien es como ese momento donde dices “ok, tantito respiro”… aunque sabes que no va a durar tanto.

Y ya más adelante, con cosas como “Ursula”, el disco se empieza a poner más raro, más largo, más cargado. Ahí sí se siente medio desordenado, como que quiere hacer muchas cosas a la vez… pero también se siente honesto por eso. No está intentando ser perfecto, y eso se agradece un poco, porque ya hay demasiadas cosas que sí lo intentan.

Al final, más que una rola específica, lo que se queda es la sensación: estar harto de la ciudad, del dinero, de la rutina… pero igual salir, igual ver gente, igual quedarte un rato más aunque ya estés medio cansada. No es un disco feliz, pero tampoco es triste; es más bien ese punto donde todo está medio mal, pero no lo suficiente como para irte a tu casa, y eso, aunque no suene tan emocionante, sí se siente bastante real.