Réquiem por el ‘jogo bonito’

Debimos sospecharlo desde un principio. Las pinceladas de Neymar, el turbado y aturdido policía japonés, los asientos de concreto, la samba sin color, las voces de plástico, el fuego y el humo de las calles, el hedor a rebelión, la furia y la congoja, la impotencia y el resquemor. Todo eso fue Sao Paulo. La noche de Mundial en Sao Paulo, la que tanto esperó el Brasil de la oficialidad; la que tanto perturbó el Brasil crispado e insurrecto.

            El Brasil de Scolari, más afín a la siderurgia que a la poesía, se plantó en Itaquerao con la fortaleza de un caballero de armadura indestructible, el encanto de un tablón de madera, y la pegada de un peso completo vendado con cemento y trozos de metal en sus nudillos. En antaño quedaron los versos de Vinicius de Moraes encarnizados en los pies de Zico, o las caricias al cuero de Tostao tan exquisitas como el rasgueo de Antonio Carlos Jobim. El tiempo suele ser cruel con las tradiciones. Scolari, curtido en la industrialización antes que en el lirismo, ha confeccionado un equipo de operarios que encaja en el molde de su ideal de belleza: una excavadora arañando el pavimento. Cuando cantó “coisa mais linda”, Antonio Carlos Jobim no se refería, precisamente, a la Brasil scolariana (término que, propongo, se utilice para sinónimo de ‘grisáceo). Sobrevive, eso sí, algo del vetusto gen brasileño, hoy en peligro de extinción: el artista envalentonado, quizá demasiado hiperactivo y sobresaltado, el genio irreverente y descreído: Neymar y Oscar. Croacia, gitano. Muy equipo. Muy inestable. Modric un metrónomo, Rakitic un trueno, Olic un barrilete, Jelavic un fantasma, Pletikosa la nada. Croacia, muy digno, muy ingenuo. Debió creerlo desde un principio.

            Plomo en las calles y en el campo. Comenzó Croacia muy cándida y fogosa; los picoteos de Olic descuartizaron a Dani Alves, extraviado. Cabeceó apenas fuera un envío del diligente Perisic. Primer aviso. Perisic ensayó. Segundo aviso. Y llegó el tercero, desbordó Olic y Marcelo empujó el cuero antes de que lo hiciera Jelavic. Fue entonces cuando Brasil se quitó el corsé y apeló a la metalurgia; fue tan potente como las balas de goma de sus policías. El alboroto de Neymar enloqueció a Corluka y obligó a que Rakitic y Modric recularan. De sus pies brotó el (poco) fútbol de Brasil. Oscar golpeó con el borde interno una pelota en abandono y Pletikosa voló para desviar la mortífera descarga. La resistencia, tarde que temprano, quebró. Neymar golpeó con el tobillo y el balón lloriqueante y raso se escapó por un soplo de las cutículas de Pletikosa.

            Hasta entonces, todo en orden. Rakitic y Modric transitaban por un campo de minas y Hulk no era más que un científico tímido y ramplón; se echó en falta su cólera. Muy plomizo Brasil y muy recluida Croacia, atenazada por alguna ráfaga de miedo escénico. David Luiz se lanzó como hombre bala para cabecear un centro de Oscar poco antes de que Fred se dejara vencer por la gravedad. Todo un ilusionista. Nishimura creyó el truco. Si con tal rigor desempeña su rol de policía, entonces arrojo un par de conclusiones: o Japón tendrá un problema de justicia severo y exculpará a timadores (banqueros, fraudulentos, políticos corruptos), o quizá haya que atribuirlo al bajísimo nivel delictivo del país; estará oxidado. Neymar cobró las regalías, no sin un poco de suspenso. Después, Brasil se encomendó a Cristo del Corcovado y la Señora de la Concepción Aparecida. Funcionó. El fútbol es religión, dicen. Final feliz. La puntilla de Oscar, poderosa como un verso de Machado de Assis, mató a la valiente Croacia. Sin embargo, es Brasil ya no es la samba ni ‘la alegría do povo”. No si sus policías disparan a discreción y su selección dejó de bailar. Debimos sospecharlo desde un principio.

Crónica del Brazquita día 1

[Versus] Brasil vs Croacia