Naturaleza indomable: el hechizo de Remedios Varo a 109 años de su nacimiento

Naturaleza indomable: el hechizo de Remedios Varo a 109 años de su nacimiento

  Bordando el manto terrestre,  Remedios Varo (1961)

Bordando el manto terrestre, Remedios Varo (1961)

Hay una dimensión paralela de nuestro universo donde los torrentes acuáticos nacen de una copa de cristal dentro de la corteza de un árbol, donde montañas antropomorfas conversan entre ellas a través de vapores y neblinas, donde el destino y la fatalidad se ciñen a los filamentos de una rueca, mientras seres interdimensionales tejen las coyunturas de la fortuna y el caos. Hay un universo de ciudades construidas en espiral, donde los espíritus se desdoblan del cuerpo y quedan suspendidos en el tiempo, y seres cósmicos emergen de los muros, y los relojes y péndulos oscilan eternos frente al poder de la creación. Hay un universo que se parece al nuestro, pero no es, porque en él no hay imposibles y su abundancia es ilimitada como la mente de su creadora: la hechicera nacida en Gerona, enamorada de México, Remedios Varo.

Exploración de las fuentes del río Orinoco, Remedios Varo (1959)

Pensar en surrealismo mexicano nos remite de inmediato a la ubicua e icónica Kahlo. Sin embargo, el arte onírico y etéreo nacional también se debió a la colmena de artistas europeas que se nutrieron del imaginario prehispánico y colonial de su nueva tierra para construir y reimaginar su trabajo plástico e intelectual, inspiradas por sus inclinaciones políticas y cobijadas por el movimiento de Breton. Artistas como la francesa Alice Rahon, que entre azules y púrpuras trazó gatos y ciudades al anochecer, o la inglesa Leonora Carrington, que forjó cuentos, cuadros y esculturas de profundidad mística, son evidencia de la creatividad y poderío femenino que abasteció la producción plástica mexicana de mediados del Siglo XX.

 Remedios Varo

Remedios Varo

Sin embargo, de entre todas las excéntricas y talentosísimas exponentes que adoptó México en su seno, destacó con singular hipnotismo una mujer de rasgos felinos, inteligencia aguda y seductora energía . Encomendada por su madre a la virgen de los Remedios, María de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga fue bautizada bajo su protección, segunda hija de tres hermanos (la única mujer) de un ingeniero hidráulico librepensador y una madre profundamente religiosa. Su rebeldía comenzaría desde temprana edad, así como los atisbos de su talento. El manejo de las herramientas de su padre, la destreza en calcar la perspectiva y proporciones a detalle de utensilios y maquinarias y la lectura de textos místicos y filosóficos se convertirían en los cimientos de su esplendor creativo y técnico durante su época dorada años más tarde.

"Soy más de México que de ninguna otra parte".

Remedios Varo

Tránsito en espiral, Remedios Varo (1962)

Tres destinos, Remedios Varo (1956)

Vehementes romances con poetas, departamentos en París y Barcelona, cenas intelectuales y tertulias, luchas antifranquistas y estudios metafísicos se infiltrarían como elíxires intravenosos en su constitución artística para edificar su estilo y pensamiento. mismos que se potenciarían bajo la luz del sol Azteca.

En 1941, Varo y su entonces pareja, el poeta Benjamin Péret, llegaron a México a causa de la Guerra Civil española y la ocupación alemana de Francia que obligó a cientos de refugiados a dejar Europa. La riqueza visual de la Ciudad de México, su comunidad acogedora y su folclor se convertirían en talismanes y alientos para su obra. La magia, el esoterismo, la numerología, la sabiduría oriental y la astrología fueron planos que cautivaron a la española naturalizada mexicana y la convirtieron en un ser capaz de traer a la luz todo aquello que se oculta en la oscuridad del pensamiento y el subconsciente. Fuertemente influenciada por los trabajos y enseñanzas del místico y filósofo George Gurdjieff, realizó ejercicios de escritura automática, conjuros y pócimas, juegos literarios y rituales inofensivos que motivaban su creatividad.

Presencia Inquietante, 1959. Remedios Varo

Como la mayoría de las damas surrealistas que evolucionaron en contextos masculinos y ambientes hostiles de guerra y lucha ideológica, Remedios Varo se volcó sobre lienzos y maderas para trazar ventanas hacia otro mundo, uno que comenzó a cobrar su propia forma y cosmogonía bajo el mando del pincel al ritmo de su muñeca. Sin embargo, a diferencia de su contraparte coyoacanense, Frida, Remedios se mimetizó entre las neblinas de ese mundo tan suyo que se creó con el destello de su genialidad, y lo que podrían haber sido autorretratos flagrantes, se convirtieron más bien en analogías, metáforas y seres etéreos. Calcas difusas de ella misma.

Los seres de la obra de Varo son generalmente personajes que desdibujan los dimorfismos sexuales y las expectativas de genéro para revelarse como individuos autónomos y esotéricos que nos presentan escenas de su cotidianidad; un instante congelado en un cuadro donde conocemos sus faenas y profesiones insólitas de las cuales no pueden escapar. Sus seres posan, se detienen, como pretendiendo que no se les mira, pero sabiendo que se les contempla. Los espacios y cuerpos se articulan de maneras tales que todo lo que Varo nos muestra parece meticulosamente concebido sin artilugio ni símbolo al azar. Y aquí es donde su surrealismo se convierte en realismo mágico, porque sus trances y experiencias nos remiten fácilmente a momentos reales y cotidianos nuestros, pero sublimados por la genialidad alegórica de su pintora.

En la obra de Remedios, lo femenino se remite en la finura de los rasgos, la delicadeza de una nariz o una boca, el pelo largo nebuloso, las manos finas, los ojos grandes. Pero esta feminidad aparente no se suscribe sólo a la fisonomía establecida de cómo debe verse una mujer, sino que se infunde también en lo masculino para resultar en un aura andrógina que todo lo puede y todo lo crea: lo femenino en lo masculino y viceversa, lo andrógino como comunión del todo.

Aquí es donde se puede atisbar el poder de la mujer como elemento y ser creador indispensable para la concepción del universo. La Luna, por ejemplo, se revela como astro o personaje constante en su obra. En Papilla Estelar (1958) una mujer muy similar a ella extrae de su entorno cósmico los nutrientes para alimentar a una luna menguante cautiva. ¿Una feminidad encarcelada, quizás? Cualquiera que sea el caso, es esta mujer, musa, salvadora la que acude a su auxilio y potencia su existencia a través de su cuidado, impidiendo que desfallezca su fulgor: la mujer nutriéndose a sí misma, aún en su censura. Lo mismo aparece en Cazadora de Astros (1956), donde un ser de ostentoso ropaje se cobija tras destellos de luz y contiene, de nueva cuenta, a una luna menguante en una jaula, esta vez como trofeo o compañera, a quien ha atrapado ella misma con una red en reconocimiento de su autonomía. Sus victorias y fracasos los define ella.

Contrario a lo anterior, en Locomoción Capilar (1959) los géneros se dividen y se hacen evidentes para mostrar a una mujer, de nuevo muy similar a ella, constreñida y sofocada por la espesa barba de un anciano cobarde que se oculta en la sombra de un tragaluz, mientras otros seres masculinos, nublados por sus egos, utilizan sus barbas largas y exageradas (rasgos paródicos de su virilidad) para dirigirse por el mundo, suspendidos, ensombrecidos y tercos, encajonados en un laberinto. Por eso, en Nacer de nuevo de 1960, una de las versiones de Varo emerge de unos labios casi vaginales de un muro orgánico y se precipita sobre un cáliz —como si se tratase de una revelación—, para admirar con unos ojos vibrantes y fluorescentes, y unos senos voluptuosos, una luna menguante que bendice y atestigua su renacimiento, en medio de una jungla prodigiosa. Algo muy similar ocurre en La llamada (1961), un cuasi-autoretrato donde una mujer despierta de un letargo de piedra y camina entre hombres monolíticos, estériles y dormidos, motivada e impulsada por la estela de un planeta que se ciñe a su mente a través de su larga cabellera incendiada. Un claro guiño a la melena rojiza que tenía Remedios y que bien podía ser un instrumento de seducción como de poder. Una vez más, se nos presenta lo femenino como medio y puente con el cosmos y como recurso de liberación de sí misma.

Esta naturaleza indomable de Varo y sus contrapartes pictóricas alcanza niveles formidables en dos de sus obras más icónicas y poderosas: Mujer Saliendo del Psiconalista (1961) y Rompiendo el Círculo Vicioso (1962). En la primera, su protagonista al fin se despoja de uno de los mechones masculinos que poblaban su cabeza y deja entrever un rostro de rasgos duros y actitud altiva. Precipitando la cabeza fantasmagórica y plateada que la cegaba sobre un pozo cristalino, da un paso decidido hacia el frente, emprendiendo un renovado camino de iluminación y libertad, envuelta en un abrigo esmeralda que simboliza esperanza, vitalidad y sanación.

En una escena más sombría y escalofriante, pero mucho más simbólica, un ser andrógino de rostro plateado se envuelve en un abrigo lunar con plumas, pelos y púas y alza los brazos para alcanzar el cordel que lo rodea y lo limita. Electrizado, se erizan sus cabellos por el acopio de fuerza y energía que supone su liberación y consigue, sin esfuerzo, romper la cuerda que lo contiene. Con los ojos en trance y la mirada directa al espectador —¿y a su verdugo?— se libera y entonces, un bosque de azul calmo se abre en su pecho, como revelando ese espacio de su ser antes inaccesible, mientras en el suelo también da un paso al frente, mientras emerge de su ropaje un ave nueva y renacida que anuncia la evolución de su espíritu. ¿Su salvación? Él/Ella misma.

Remedios Varo nació el 16 de diciembre de 1908 en España. Se naturalizó mexicana en 1941 y a pesar de diversos viajes a Sudamérica, nunca quiso abandonar México como hogar.

Raquel Tibol, crítica e historiadora del arte, rememora cómo el mismísimo Diego Rivera salió extasiado de la primera exposición en solitario de Varo en la Ciudad de México, donde se vendieron todos sus cuadros.

Varo moriría a causa de un infarto en 1963 en su casa, dejando como únicos hijos a sus cuadros. En más de una ocasión, aludió a su amor por México:

“Para mí era imposible pintar en medio de tanta angustia. En este país he encontrado la paz que siempre he buscado”.

Remedios Varo

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A 109 años de su nacimiento, aún sobrevive su legado pictórico como uno de los referentes más estimulantes y hermosos del arte surrealista. Cósmica, hechicera, irrepetible: Remedios Varo.


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