De monstruos y calamidades: el tabú de las madres que no quieren ser madres

De monstruos y calamidades: el tabú de las madres que no quieren ser madres

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“Odio ser mamá” debe ser una de las oraciones más difíciles de pronunciar para una mujer que ya lo es y que se ha dado cuenta, en pleno ejercicio de su nuevo rol, que no es lo que desea para su vida. Su presente y, por ende, su futuro, han cambiado para siempre y no necesariamente en la dirección que esperaba.

Si apenas se está abriendo la charla acerca de la demolición del arquetipo monolítico social que sostiene que todas las mujeres, no sólo deben ser madres, sino que además deben desear serlo de corazón y disfrutarlo, hablar de mujeres que ya lo son, pero que se arrepienten de haber asumido tal responsabilidad en su vida y por tanto, sufren la experiencia, es un tema aún más complejo y dolorosamente silenciado.

¿Qué sucede cuando la maternidad no aporta ese “sentido de la existencia propia” ni es la “experiencia plena y satisfactoria” que los cánones, libros, películas, instituciones, amigos, familia y otras madres aseguran que es?

Las madres que se arrepienten de ser madres se ven condenadas al silencio, al detrimento de su integridad, su autoestima y su salud emocional; vulnerables a entablar relaciones interpersonales y afectivas poco exitosas y claro, a la convivencia diaria con una realidad que no desean.

Mujeres que pensaron que ser madres era lo correcto, lo esperado, lo necesario o sencillamente, su deber. También aquellas que aspiraban a encontrar cierta retribución emocional o existencial en la maternidad. Incluso, esas mujeres que se vieron imposibilitadas a interrumpir su embarazo, ya fuera por presiones sociales o familiares, porque no encontraron el coraje para hacerlo o porque no tuvieron acceso a ese derecho. Mujeres que, finalmente, de una u otra forma, terminan consumidas por una decisión irrevocable e ineludible que transforma su vida para siempre, como individuos y como seres humanos.

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El “no desear ser madre” una vez que ya se es, representa un descubrimiento fortuito y súbito, acompañado de una culpa casi insoportable. La realidad es que sólo hasta la praxis cotidiana es cuando se descubren realmente las afrentas, las dichas y las responsabilidades que conlleva la maternidad. Aun cuando los hijos son deseados, la experiencia sensorial y sensible de tener un hijo, no puede ser teórica ni retórica, sino empírica, incapaz de ser dilucidada o descrita con precisión y totalidad en libros, panfletos, películas, talleres o programas de televisión.

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Como ser madre sólo se puede entender siendo madre, en la entrega diaria, en la demanda cotidiana, en el vigor y en la extenuación, entre las risas y los llantos, el hallazgo de una experiencia distinta a la esperada puede ser algo intenso y sobrecogedor para quien lo padece.

“Podemos entender esto a partir de lo que en psicología conocemos como introyectos”, dice la psicoterapeuta humanista con perspectiva de género, especialista en la salud emocional y afectiva de las mujeres, Alejandra Buggs. “Los introyectos son esos patrones o modos de actuar, esos mandatos sociales que nos son enviados desde las figuras de autoridad —padres, madres, maestros, líderes, el Estado— y que se insertan en la conciencia de las personas como si fueran suyos, aunque se traten de mensajes enviados y avalados por la sociedad. En este caso, el introyecto es lo que se reconoce y acepta como ‘buena madre’, lo que se espera que las mujeres sean. La cultura le manda a decir a las mujeres, primero, que deben ser mamás y luego, que sean buenas madres. Y así, hay mujeres que responden a esta presión por deseo de aceptación, o sencillamente, porque no reconocen frente a sí mismas que no desean ser mamás y terminan cediendo”.

Precisamente en medio de toda esta marea de expectativas y mandatos de género, los retratos mediáticos juegan un papel vital como referentes de los roles que supuestamente debe ejecutar y cumplir una mujer. En el cine, por ejemplo, abundan las representaciones histriónicas y literarias —algunas más acartonadas y melodramáticas que otras— de los retos, gozos y encrucijadas que representa ser madre, pero también, de lo que se espera de una.

Desde la tersura en The Sound of Music, el dilema en Sophie’s Choice, la madre y la madrastra de Stepmom, hasta los insultos en August: Osage County, la vanidad en Mermaids, la violencia en Mommie Dearest o la franqueza en J'ai tué ma mère, los vistazos fílmicos a la maternidad parecen dividirse en dos: por un lado, la Madre Idílica, amorosa y abnegada, devota de sus hijos, que todo lo da y todo lo sufre por amor, y por otro, la Mala Madre, la asfixiante, la tóxica, la cruel, la abusiva, la neurótica, la obsesiva, la carente de caricias. De una u otra forma, una percepción dual, binaria, de las implicaciones maternales.

 Julia Roberts y Meryl Streep en "August: Osage County"

Julia Roberts y Meryl Streep en "August: Osage County"

En ninguno de estos retablos aparecen esas otras madres de las que hablamos: mujeres infelices, consumidas en el agotamiento cotidiano de una labor que no disfrutan y con la cual no se reconcilian. No necesariamente quiere decir que este pesar desemboque en actitudes agresivas ni combativas contra sus hijos. Tampoco que sean madres descuidadas. Más bien, son mujeres que sufren en silencio, en su intimidad e introspección, cumpliendo un rol que les resulta intolerable. Madres que no odian a sus hijos, sino a las implicaciones que trae consigo el empleo.

“Es necesario generar espacios de comprensión, no precipitarnos a juzgar a estas madres de inmediato”.

Alejandra Buggs, psicoterapeuta

Me interesa referirme a dos filmes que destacan por su aportación a la visibilidad de otras experiencias maternas. A diferencia de las tantas películas que muestran los reveses y pesares de la maternidad desde el enfoque de los hijos —generalmente, historias que narran el sufrimiento a causa de madres malévolas o crueles—, estas dos cintas son ejemplo de miradas honestas y crudas a partir de las mujeres que experimentan el trance maternal, como verdaderas protagonistas del dilema. Hay horrores, sí, pero los padecen ellas.

La primera es el filme de terror y suspenso del 2014, The Babadook, dirigido por la australiana Jennifer Kent. El segundo, We Need To Talk About Kevin del 2011, a cargo de la escocesa Lynne Ramsay. Ambas, orquestadas por mujeres cineastas. Se antoja pensar que la franqueza con la que ejecutan e impulsan los argumentos de sus filmes se debe, en gran medida, a la mirada crítica y sensible que un lente femenino aporta a historias como estas.

El monstruo en el armario

  The Babadook

The Babadook

En The Babadook, la protagonista es Amelia (encarnada por una convincente y camaleónica Essie Davis), una madre que no sólo lidia con su hijo inquieto y fuera de control, Samuel, de seis años, sino que también carga a cuestas el dolor por la muerte de su pareja, Oskar, padre de su hijo, quien perdió la vida en un accidente automovilístico camino al hospital, cuando llevaba a Amelia a dar a luz. Por supuesto que la madre y el hijo sobreviven a la tragedia, pero ella nunca puede desasir el vínculo sombrío y devastador entre la muerte de su amado y el nacimiento de su bebé, el mismo fatídico día.

Desde el inicio, vemos a Amelia sumida en la extenuación y la lucha de convivir bajo el mismo techo con un hijo al que le cuesta amar. Nunca es negligente ni descuidada en sus labores como madre. Por el contrario, responde a todas las demandas, lloriqueos y excentricidades de su hijo. Se levanta en la madrugada a atender su insistencia de que hay un monstruo en su habitación, le permite desarrollar libremente sus aspiraciones de ser mago, le lee cuentos una y otra vez durante las noches para que pueda conciliar el sueño e incluso, lo deja dormir en su cama, espacio donde se nos muestran sutiles, pero contundentes pistas de la aversión que ella siente por él. Amelia se enrosca en la orilla de la cama para evitar el contacto con Samuel, quita con firmeza su mano pequeñita cuando se aferra a su cuello, se irrita con el chasqueo de sus dientes, no disfruta ser abrazada efusivamente por él. Amelia nunca pronuncia ni reconoce frente a nadie las dolencias y trastornos que sufre en su relación con Samuel, con quien no cruza palabra alguna en la mesa durante la cena.

 Essie Davis como Amelia

Essie Davis como Amelia

Aunque The Babadook es un filme de corte sobrenatural, se trata en esencia de un drama doméstico profundamente reflexivo que explora y estudia las complicaciones de una maternidad ensombrecida por el duelo, la pérdida y la desolación, pero también, de los retos cotidianos e inevitables de cuidar y nutrir a otro ser humano, a pesar de sus facetas insufribles y demandas desquiciadas.

Constantemente descubrimos a Amelia suspirando con nostalgia y anhelo en presencia de parejas jóvenes y enamoradas. Sin duda, son reflejos de su pasado romántico con Oskar. Durante la noche, sostiene con melancolía y deseo entre sus brazos el violín de su amante difunto. Cómo le encantaría volver a esa era hedonista y sin complicaciones; volver a sentir el roce de otras manos y otros labios.

Esta aflicción se catapulta en una escena extraordinaria e inquietante donde Amelia saca un juguete sexual, se oculta bajo las sábanas en el aparente resguardo de su habitación durante la noche y comienza a auto-erotizarse. Apenas unos segundos en la acción, Samuel entra de golpe y se sube a la cama, insistiendo que hay un monstruo en su cuarto, por lo que Amelia se ve forzada a interrumpir y frustrar su momento de auto-placer y auto-consuelo.

El poder y relevancia de esta escena radica en la certeza con la que refleja la pérdida de individualidad de la madre, incapaz de tener un espacio pleno y seguro para su intimidad y placer. Un acto tan propio y personal como la procuración de su cuerpo y su sexualidad le es arrebatado sin reparo por las exigencias de su hijo.

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Al respecto, Alejandra Buggs menciona: “Debemos hablar de otro modelo de maternidad. La sociedad internalizada le dicta a las mujeres a ser madres que deben dejar de lado su individualidad, que deben sufrir y dar todo por sus hijos. Se olvidan de su intimidad, de su persona y sus aspiraciones. Y cuando una no lo hace, se le mira con crítica y se le juzga. Eso se transforma en un miedo a no pertenecer, a no ser queridas o incluso, a ser tachadas de egoístas y entonces, prefieren sucumbir a los intereses de otros”.

Casi a la mitad de la película, un verdadero monstruo parece comenzar a materializarse. Las pesadillas de Samuel pasan de ser alucinaciones preocupantes a heraldos de un horror más grande. Cuando Amelia comienza a ver también al Babadook —un ser siniestro, antropomorfo que aparentemente ha cobrado vida de un libro infantil—, ella misma comienza a dudar de su cordura. Pronto, los elementos sobrenaturales comienzan a tomar el control de la vida y la casa de Amelia y su hijo, y los espantos cobran nuevas y violentas proporciones. Es difícil distinguir lo que es real de lo que es imaginado. Pero eso es lo que pretende precisamente el corte psicológico del filme: presentar la ambigüedad de sus símbolos como vehículo de conceptos más profundos. ¿Existe realmente el Babadook o es, como la mayoría de los admiradores y críticos del filme han aceptado, una metáfora del sufrimiento, la depresión y el miedo de Amelia?

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Durante el climax de la historia, la madre se enfrenta finalmente al monstruo que ha invadido su hogar y que ha puesto en su cabeza imágenes de su hijo degollado por ella misma en el sillón. En su lucha enardecida contra los ataques del Babadook, Amelia se aferra a Samuel, quien se ve arrastrado por una vorágine oscura que pretende engullirlo. Ella lo impide y lo resguarda en su pecho. El Babadook extiende sus brazos colosales que parecen alas de insecto, con intimidación y gruñidos, a lo que Amelia responde con un grito desgarrador de ferocidad, mientras sostiene a su hijo entre sus brazos. La madre gritándole a la cara a su dolor. Entonces, el monstruo se encoge y cae al suelo, débil y rendido. Con esto, Amelia finalmente acepta la oscuridad dentro de sí misma y consigue lidiar con sus sentimientos. Sólo así, resta fuerzas al engendro de su tristeza. La negación a su inquilino sólo lo hacía más fuerte. Enfrentarlo lo doma y permite su liberación.

“Es necesario generar espacios de comprensión, no precipitarnos a juzgar a estas madres de inmediato” aconseja Alejandra Buggs.

Cuando le pregunté cómo podemos mirar a estas madres con mayor comprensión y cómo estas mujeres pueden procesar los estragos de su condición, su respuesta trajo a mi memoria precisamente ese enfrentamiento final entre Amelia y el Babadook:

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Es lento y complicado trabajar en la culpa que provoca arrepentirse de ser madre. En la terapia me he topado con mujeres que dicen ‘me cae bien mi hijo, quiero a mi hijo, pero me choca ser mamá’. Y las mujeres se atreven a decirlo sólo dentro del espacio terapéutico. Entonces, primero deben buscar ayuda y como terapeutas, lo primero que tenemos que hacer es no juzgarlas. Después, es necesario que ellas lo asuman consigo mismas. Aceptarlo y luego revisar si es necesario u oportuno decírselo a alguien más o no”.

Tal cual como ocurre con Amelia al final de la historia, la mujer debe recuperar el mando y control de su hogar, pero entendiendo hogar como el centro y núcleo de sí misma. Apropiarse de sus deseos y voluntades para enfrentar la realidad que la constriñe y finalmente, llegar, como en todo proceso que pretende una liberación, a la aceptación plena de ella misma

Ahora hablemos de Kevin

 Tilda Swinton como Eva en "Tenemos que hablar de Kevin"

Tilda Swinton como Eva en "Tenemos que hablar de Kevin"

En la adaptación fílmica del libro de Lionel Shriver, seguimos la historia de Eva —interpretada magistralmente por Tilda Swinton—, una periodista que ha dedicado toda su vida, energía y juventud a disfrutar de los placeres de viajar y conocer el mundo. En una noche pasional con su pareja, Franklin, Eva decide concebir un hijo. Sin embargo, desde su embarazo, la visión de su vientre expandido frente al espejo no le despierta entusiasmo alguno. Finalmente, da a luz a Kevin, un niño que Franklin recibe de inmediato con regocijo y afecto, pero que ella trata con esquivez y poco afán.

Durante sus primeros años, Eva se encarga de Kevin tiempo completo, mientras Franklin continúa con su vida y puede disfrutar de los mejores ratos de su hijo al final del día, una vez que ya fue alimentado, aseado y arrullado por Eva. Pero para ella, la realidad es completamente otra y se vuelve un huracán de impotencia y frustración.

Kevin llora incesantemente durante el día, sólo en presencia de su madre, promoviendo en Franklin una actitud de incredulidad y descrédito a los estragos cotidianos que ella enfrenta. En una escena formidable, Eva se coloca al lado de una construcción urbana para acallar los lloriqueos atronadores de Kevin con el sonido de un taladro de asfalto. El golpeteo del metal contra el concreto le resulta más apacible y soportable que los llantos de su hijo.

 Tilda Swinton y "Los tres Kevin"

Tilda Swinton y "Los tres Kevin"

A lo largo de su infancia, Kevin desarrolla una actitud antagónica frente a su madre, quien responde de la misma manera con flagrante condescendencia y fastidio. Mientras Kevin crece, aprende a manipular a su padre, manteniendo la aversión y distanciamiento con Eva, siempre apático y retador. Pero Eva no sucumbe como mera víctima. También lo confronta y participa con él en diálogos cargados de mordacidad y desdén.

En otra escena reveladora y de increíble franqueza, Eva le dice a un Kevin de tres años: “Mamá era muy feliz antes de que Kevin llegara, ¿sabes? Ahora mamá se despierta todos los días ¡y desearía estar en FRANCIA!”.

A pesar de la naturaleza cáustica e incisiva de su confesión, la visibilidad de su crisis personal se manifiesta y se enuncia.

Alejandra Buggs sugiere: “Si se resuelve que las madres deben decirles a sus hijos lo que sienten y contarles de su arrepentimiento, es oportuno, primero que nada, no decirlo en momentos de tensión. Muchas veces cuando están enojadas, terminan diciendo cosas terribles y de la peor forma. Lo segundo es no decírselos cuando son pequeños, para que la noticia o el rechazo no impacte de manera negativa su desarrollo. Lo ideal es hacerlo una vez que el hijo o la hija sean grandes y se pueda abrir un espacio de diálogo comprensivo con ellos”.

En Tenemos que hablar de Kevin convergen de manera excepcional y terrorífica múltiples líneas y secuencias que dejan clara la fricción entre Eva y su hijo, desde su nacimiento, hasta su adolescencia. Claro que Kevin tampoco es un ser inofensivo y desde pequeño asoma su naturaleza sociópata. Los rechazos de afecto e interacción con su madre son evidencia de un repudio mutuo. En una una ocasión, Eva llega a empujar a Kevin en un arranque de hartazgo y le rompe un brazo, hecho que después el niño de seis años utiliza para chantajearla.

“Para nosotras, las feministas o terapeutas con enfoque de género, no existe tal cosa como el instinto materno. Lo que existe es el deseo de ser madre y el de no querer serlo”.

Alejandra Buggs, psicoterapeuta

La historia desemboca finalmente en un acontecimiento trágico y sanguinario que no conviene desarrollar por ahora. Lo que sí mencionaré es que la cadena de eventos catastróficos conduce a Eva al ostracismo social, el repudio colectivo y la soledad por los actos criminales de su hijo. Una condena eterna que la desdibuja e invisibiliza —injustamente— en los impulsos psicópatas de Kevin, sin posibilidad de réplica o remuneración. Para Eva, el via crucis de la maternidad se vuelve eterno e inescapable. Un calvario de Prometeo que ella acepta con resignación y tortuosa indulgencia. ¿Es Eva culpable de las acciones de su hijo? ¿O su único “error” fue no conectar jamás con un ser humano que aunque nació de su vientre, no halló afinidad con ella?

Tilda Swinton Kevin Madres

Ambas piezas fílmicas, The Babadook y We Need To Talk About Kevin, tienen licencias artísticas y tramas exacerbadas que impulsan su naturaleza dramática. Pero eso no quiere decir que en la cotidianidad no haya mujeres que enfrentan retos más dolorosos y desoladores. Al hablar de madres que sufren el ser madres, o que se arrepienten de serlo o que simplemente, se ven imposibilitadas de conectar con sus hijos a nivel afectivo, conviene replantearse nociones y modelos imperantes en el léxico popular como el célebre “instinto materno”.

“Para nosotras, las feministas o terapeutas con enfoque de género, no existe tal cosa como el instinto materno”, sostiene Buggs. “Lo que existe es el deseo de ser madre y el de no querer serlo. En los animales percibimos que los cachorros, por ejemplo, son independientes a muy corta edad y el instinto de supervivencia, tanto de ellos como de la madre, es lo que los conduce. En la raza humana no ocurre así. Hay esta creencia de que todas las mujeres deben sentir este instinto materno, este deseo primitivo y dar todo por sus hijos para siempre, y si no lo hacen, se les dice que es su deber aprender a desarrollarlo”.

Las otras madres

¿Cuál es la solución entonces frente a una crisis identitaria tan intensa?, ¿qué pueden hacer estas madres y estos hijos frente a una realidad tan severa y socialmente condenada? Alejandra dice: “Yo lo que les sugeriría a estas mujeres es que aprendan a mirarse con sus hijos como personas. Conozco pacientes que tienen una excelente relación con sus hijos y viceversa porque han aprendido a reconocerse desde una relación personal diferente, donde se asumen como seres humanos, independientemente del vínculo biológico. Algunos llaman a sus madres por su nombre, en vez de ‘mamá’, porque han aprendido a relacionarse con ellas desde otro lugar. Y estas mujeres pueden explicarles a sus hijos: ‘esto es un rechazo al rol de mamá, pero no a estar contigo’ si es el caso”.

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En un artículo de la revista canadiense Maclean’s llamado Las madres arrepentidas (The Regretful Mothers), Anne Kingston reúne múltiples testimonios de mamás reales, especialistas, libros y textos periodísticos que abordan el tema de las madres que no quieren ser madres y que se han enfrentado, no sólo a esa de por sí desoladora realidad, sino al escarnio y señalamiento público.

La creciente oleada de movimientos sociales que pretenden arrojar luz sobre temas como el derecho de la mujer a la libre elección de la maternidad, ha servido de propulsor también para develar el asunto de las madres arrepentidas, que continúa siendo un tabú en la sociedad moderna.

El artículo habla por ejemplo del polémico libro que inició la conversación entorno al tema hace 10 años: Sin niños: 40 razones para no tener hijos, de la psicoanalista francesa Corinne Maier. La publicación fue ferozmente criticada por su controversial y cándida confesión acerca de sus padecimientos y quejas como madre de dos. Si bien su prosa es intensa y ácida en su descripción, llegando a decir que sus hijos la habían “dejado exhausta y en bancarrota” y que no podía esperar a que crecieran para que se fueran de su casa, es la honestidad y no el estilo de su discurso lo que se debe valorar como testimonio e intento de atender una problemática real. 

Lo mismo ocurre con la periodista británica Isabella Dutton, la novelista alemana Sarah Fischer o incluso la socióloga israelí Orna Donath. Mujeres (tres de ellas, madres) que fomentan la discusión y la desintegración de prejuicios entorno al “guión establecido” de la maternidad en la sociedad contemporánea.

También existen espacios virtuales como la página de Facebook I regret having children, conformada por más de 9’000 contactos que comparten testimonios, tanto anónimos como admitidos, de madres e incluso padres que sufren a causa de las estructuras actuales de la experiencia parental. También las múltiples entradas y discusiones en la plataforma Reddit donde mujeres y hombres se decantan en largos lamentos escritos que supuran tormento y desconsuelo.

Pese a todo lo anterior, tanto el problema como el tabú son reales y la conversación, limitada. En América Latina, en específico en México, el arquetipo de la maternidad a la Sara García o Marga López, y el vínculo cultural estrechísimo que se teje entre madres e hijos, dificulta la apertura y discusión de esta clase de temas, en medio de construcciones conservadoras y juicios morales intensos.

  Caridad , William-Adolphe Bouguereau

Caridad, William-Adolphe Bouguereau

Pero, ¿por qué es importante hablar de esto? Simple. Porque las madres, arrepentidas o no, antes que madres, son mujeres. Seres humanos con necesidades, expectativas y deseos propios. Dejar de concebir a la maternidad como este rol sacrosanto, cuasi-divino, indefectible, con dotes de perfección, omnipotencia, entregado al sacrificio, la generosidad desmedida y el forzoso disfrute, significa desmantelar juicios, paradigmas y expectativas dañinas para mujeres que experimentan otras manifestaciones maternas y existenciales.

Precisamente hace un par de días, el candidato a la presidencia de México en 2018, José Antonio Meade, dijo frente a cientos de mujeres en un supuesto discurso de felicitación por el 10 de mayo: "El valor más importante de la mujer es que está dispuesta a dejarlo todo". ¿Y si no?

“Pocas veces o casi nunca se habla del rol del padre”, añade Alejandra Buggs. “Siempre son las mujeres las que son llamadas malas madres, desnaturalizadas, egoístas y demás calificativos. Nos sentimos con el derecho de humillarlas. Como sociedad, las miramos con crítica y desprecio si cometen una falta. Nunca se sabe la historia de esa mujer, y parece que no importa. Lo único que se menciona son sus errores. Por ello es necesario generar espacios de comprensión”.

Algo es cierto e indiscutible. Ser mamá cambia la vida, para bien o para mal. Es un compromiso adquirido prácticamente inamovible, no retroactivo, que exige una atención y ejercicio cotidiano de constante rigor y derroche. Para las mujeres que sí disfrutan la maternidad y la viven como un regalo, un privilegio o “la mejor experiencia de su vida”, sin remordimiento ni penitencia, será complicado asimilar o simpatizar con estas líneas. Incluso algunas, mirarán con recelo o antipatía a las mujeres que no convergen en la misma experiencia de plenitud y satisfacción que ellas. Sin embargo, conocer la historia de estas mujeres sin juzgarlas, ni tampoco desde un lugar de conmiseración, no sólo es importante, sino también efectivo. La humanidad no debe fincarse en arquetipos establecidos, sino en convivencias abiertas. Quizás así, desde la escucha, la empatía y la sensibilidad, menos Evas serán marginadas y más Amelias podrán reconciliarse con sus monstruos.

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