'El Legado del Diablo': una ópera sádica de horror destinada a perturbar

'El Legado del Diablo': una ópera sádica de horror destinada a perturbar

Toni Collette en Hereditary

Toni Collette en Hereditary

Parecen existir dos películas dentro de una en Hereditary (El Legado del Diablo para México): la primera, un drama profundamente inquietante y sobrecogedor que se cuela entre las vísceras de quien lo mira; que entra y sale serpenteando entre secuencias de actuaciones magistrales que van de lo incómodo a lo insólito y luego, a lo inconcebible. La segunda, se parece más a un viaje alucinante de horror que se entrega a las convenciones del género, pero que las retuerce y revitaliza de maneras tan disparatadas y brutales que consigue expandir nuestras quijadas en incredulidad aún cuando cae en terrenos habituales. En ambos casos, como drama y como horror, El Legado del Diablo resulta triunfante. 

La antesala

Después de dos meses de especulación y expectativa frenética en torno al fenómeno mediático del primer largometraje de Ari Aster, y su paso laureado por festivales de cine, las innumerables críticas que lo enaltecieron como el nuevo gran clásico del terror —al grado de enunciarla como El Exorcista de nuestros tiempos— y su intensa campaña en redes sociales de anuncios preventivos que anticipaban una odisea de gritos y sobresaltos, finalmente tuve oportunidad de atender al pre-estreno exclusivo de Hereditary para comprobar si realmente todas esas exaltaciones y loas son bien merecidas o solamente bombo sin platillo.

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¿La sentencia? Lo dicho: El Legado del Diablo es una experiencia fílmica que entreteje dos géneros, uno en beneficio del otro, para resultar en una pieza cinematográfica de primer nivel destinada a ser reconocida por su ejecución y osadía, aunque su estatus de “clásico” solo podrá determinarse una vez que el tiempo y el público ejerzan su decisión sobre su trascendencia.

Al menos en este momento, Hereditary sobrepasa en tensión, calidad y vigor a películas del corte en la memoria reciente y se vale de formidables y aterradores conceptos para nutrir su pulso emocional. Estamos frente a lo que se siente como una ópera trágica que dedica su primer acto a invocar a los monstruos y calamidades que harán verdaderos esperpentos de la vida de sus personajes, para desatarlos después en un clímax incontenible, a través de coros estentóreos y desenlaces desquiciados.

La Obertura

Primer acto. Entran a escena un funeral, un diorama miniatura de una casa, una familia disfuncional de cuatro y la banda sonora escalofriante y discordante de Colin Stetson, el multiinstrumentista experimental que ha colaborado con Arcade Fire y que para Hereditary aporta una atinada atmósfera de desconcierto y turbación gracias a un romance sonoro y sombrío de cuerdas, sintetizadores y coros dislocados que se sienten paradimensionales. 

El preludio de El Legado del Diablo puede resultar sosegado y contenido para quienes buscan una película de sobresaltos frecuentes e inmediatos. Durante la primera hora, Ari Aster se encarga de establecer un aura lo suficientemente vaga para generar desazón y desconcierto, pero con la sensación clara de que estamos en un avance constante, certero e irrevocable hacia el desenfreno y la locura. Sin embargo, los sustos tardan en venir.

A través de un lento hervor y de la acumulación visceral de emociones, sentimos venir una avalancha, a punto de precipitarse sobre nosotros, pero aún a la distancia. Así, el filme nos va seduciendo, hipnotizando, mientras invertimos —casi inconscientemente— nuestra atención e interés en los Graham, la familia resentida, asediada y sofocada por el pasado y la muerte. Son ellos quienes sostienen sobre sus hombros, bajo su techo, en su mesa y en sus camas, cohabitando entre los muros y las sábanas, las barbaries de este relato de horror; una urdimbre que va soltando sus filamentos de a poco, revelando secretos, errores, arrepentimientos y planes macabros que suman a la intriga y al fatídico destino de sus peones.

"Hereditary es un extraordinario drama familiar con toques de thriller psicológico. Pero entonces comienzan las sesiones espiritistas y los verdaderos heraldos paranormales hacen sonar sus trompetas".

Una figura fantasmagórica entre las sombras por ahí, un resplandor sobrenatural por allá y una pizca de visiones horroríficas después, y ya estamos a bordo de un vagón a punto de cruzar un umbral de atrocidades sin retorno. Un drama doméstico al filo de convertirse en parábola satanista.

La soprano incandescente

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Una de las cartas fuertes durante la campaña de promoción de Hereditary fue la actuación comprometida y apasionante de Toni Collette. Tanto así que su interpretación indómita al mando protagónico le ha valido prematuramente el zumbido incesante de una nominación al Oscar por Mejor Actriz para el próximo año. Si sus credenciales actorales y sus niveles de estamina ya nos habían quedado claros en El Sexto Sentido (1999), su rol en esta ópera perversa la encumbra en su virtuosismo y le permite desfigurarse, mimetizarse y arrojarse enteramente a las fauces del tormento.

Collette como Annie Graham, es volcánica. Una soprano en comando de sus arias, una solista que eleva la voz hasta el último rincón del auditorio, en un alarido que mezcla odio, desolación, tristeza y pánico en una sola y prolongada nota.

La actriz australiana lo mismo nos da a una madre apática y llena de culpas en una escena (por la que casi sentimos compasión), que una mujer maquiavélica y cruel que nos inspira repudio en la siguiente toma. Su personaje es multidimensional y Collette consigue despertar y transmitirnos efectivamente todas las fases del duelo por las que atraviesa su personaje de matriarca torturada.

Sus escenas más sublimes y merecedoras de cualquier galardón son aquellas en las que consigue, a través de un simple arqueo de cejas, un ademán con las manos o la modulación de su voz, azotarnos como una vorágine violenta de emociones. Dos escenas magistrales en particular, en total mando de su actuación, nos erizaron la piel a los asistentes y dejaron a una sala de cine entera, llena de personas, en silencio sepulcral, atónitos. Todo a través de su performance, sin necesidad de que nada sobrenatural o sanguinolento ocurriera a cuadro.

Collette se apodera de la historia desde el principio, pero es solamente a través de su inesperado y aterrador proseguir que realmente nos demuestra de lo que es capaz en su mimetismo siniestro. Sus muecas nos inspiran tanto dolor como repulsión, y la cámara de Aster se instala lo suficiente en cada gesto y movimiento de Collette que podemos diseccionar a detalle los horrores en su rostro: la ira incontenible, el miedo abrumador o la ausencia de esperanza.

"Hay visiones espantosas durante la noche, sonidos escalofriantes, objetos que se mueven, libros crípticos de hechizos, voces guturales y flamas que titilan".

Para cuando termina la primera mitad de Hereditary, Annie Graham ha mutado en algo ominoso y perturbador que escapa a nuestro discernimiento. Ella es, a un tiempo, origen y víctima de los horrores que se nos revelan y que están a punto de tomarnos por completo.

La posesión

A pesar de la incandescencia de Collette y de la constante e invisible amenaza que se cierne sobre los Graham desde el inicio, me siento con la necesidad de repetir lo dicho: el primer acto de El Legado del Diablo es uno que requiere paciencia y contemplación. Aquí, los fantasmas son los recuerdos y las culpas no expiadas, los demonios son el odio y los perdones no admitidos, la amenaza no es la sobrenaturalidad de inquilinos indeseables del más alla, sino la muerte misma, el duelo, la pérdida, lo efímero, la fugacidad del consuelo y la esquivez de la redención. Hasta este punto, Hereditary es un extraordinario drama familiar con toques de thriller psicológico. Pero entonces comienzan las sesiones espiritistas y los verdaderos heraldos paranormales hacen sonar sus trompetas.

Toni Collette y Ann Dowd

Toni Collette y Ann Dowd

La segunda mitad da un brinco abrupto —quizás demasiado para el gusto de muchos— hacia un filme enteramente en la tradición del horror contemporáneo. Hay visiones espantosas durante la noche, sonidos escalofriantes, objetos que se mueven, libros crípticos de hechizos, voces guturales y flamas que titilan. Joan entra en escena —a cargo de otra grande de la actuación, Ann Dowd—, como una aparentemente inofensiva y optimista anciana, dispuesta a servir de apoyo emocional a los trances enloquecedores por los que atraviesa Annie y que no puede desbocar con su familia. Pero también, funge como el personaje central para introducirla al mundo de los espíritus.

Por supuesto que hemos visto sesiones espiritistas hasta la náusea en múltiples filmes de horror, pero una vez más, Ari Aster consigue transformar estos escenarios ubicuos y convencionales en verdaderos episodios de tensión, sorpresa y suspenso que nos obligan a contener el aliento y dejar escapar de vez en cuando un suspiro de estupefacción. Más de una vez me descubrí a mí mismo aplaudiendo en silencio o sonriendo cínicamente frente a los trucos que Aster tenía preparados para deleitarnos entre las sombras.

"Hacia el final, entre llamas, insectos y giros de tuerca, Hereditary está listo para su gran asalto y nada nos ha preparado para ello".

Alex Wolff

Alex Wolff

Conforme los subtextos paranormales cobran momentum, las actuaciones de los otros involucrados comienzan a despuntar también. Alex Wolff, como Peter, el hijo adolescente de los Graham, a ratos tímido, a ratos insolente, excede las expectativas y consigue evocar la tridimensionalidad de su personaje, lejos del típico youngster rebelde y soso que consume marihuana y que sólo sabe quejarse. Peter es confrontativo, irresponsable, cruel, orgulloso, estúpidamente incompetente, pero también nos despierta empatía, preocupación e incluso, compasión.

Hacia el final, entre llamas, insectos y giros de tuerca, Hereditary está listo para su gran asalto y nada nos ha preparado para ello.

La coda diabólica

La última media hora de El Legado del Diablo es como un golpe en la cara, un relámpago furioso sobre el campo, un verso desquiciado de un poema gótico.

Cuando creemos que Ari Aster ya no puede ser más descabellado en su interpretación del horror, nos sorprende con una siguiente escena no sólo más perturbadora que la anterior, sino tan inaudita que pareciera rayar en lo absurdo. Y aquí es donde quizás Hereditary se acerca peligrosamente a un borde hiperbólico que puede sacar a más de uno de la inversión emocional y credibilidad que había construido a lo largo de toda la trama.

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Lo que sucede al final es una mezcla entre lo más trillado y a la vez, lo más inesperado y perturbador, que el contraste es sencillamente extremo, incómodo y extraño, al grado de sentirse como el surrealismo propio de una pesadilla. La sensación de que nos han conducido con engaños a ser testigos de un evento retorcido y lobotomizante es tan intensa, que sólo quedan dos opciones: salir de la sala rebosantes, sintiendo que hemos sido parte de una experiencia revolucionaria del cine o salir defraudados pensando que lo que hemos visto ha sido el final de un mal chiste. En cualquier sentido, para cuando los créditos finales aparecen, nadie podrá decir que se levantó indiferente de su asiento. 

Al caer el telón

¿Merece entonces la ópera de Ari Aster sus comparativos con El Resplandor de Kubrick o El Exorcista de Friedkin? ¿Es una evocación fidedigna al suspenso psicológico de El Bebe de Rosemary? Hay algo cierto: El Legado del Diablo es una pieza extraordinaria, loable e incluso, "necesaria" para el marco del Renacimiento actual del género de horror. Verla es vivirla y como viaje sensorial, retórico, estético y sonoro, es necesario experimentarse por todo aquel que se jacte de ser amante del terror. Sin embargo, no consigue la cohesión y el fluir orgánico que aquellas obras de antaño sí, en especial al momento de unir su personalidad dramática con su contraparte demoníaca.

Por eso, vuelvo al inicio: parecen existir dos películas dentro de una. Ambas exitosas en sus respectivos méritos y proporciones, ambas compartiendo una vena excepcional de conmoción y frescura, ambas con una factura fotográfica, guionística y actoral de primer nivel. Pero es en el medio, en la transición de una personalidad a otra, donde el tono tambalea y puede sentirse forzada su interacción.

A pesar de ello, la admisión lo vale todo solo por presenciar el tour de force de Collette, las idas y regresos del suspenso, los giros inesperados de la historia y, por supuesto, también la actuación de Milly Shapiro como Charlie, la hija menor de los Graham que con su rostro inquietante, su chasquido de lengua y sus pasatiempos repulsivos, juega un papel crucial en el intercambio de fuerzas entre los planos espirituales. Vaya que sí... Pero esa es otra vuelta de tuerca.

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