Bad Romance, el mejor video del siglo XXI según Billboard, llega a las mil millones de visitas

Bad Romance, el mejor video del siglo XXI según Billboard, llega a las mil millones de visitas

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Anteojos hechos con navajas de afeitar y clavos, modelos bajo atuendos sadomasoquistas y antifaces de encaje, bocinas negras alargadas como pilares masónicos, un gran danés y una diva monstruosa envuelta en alta costura son apenas algunos de los elementos que en menos de diez segundos nos asaltan desde el primer cuadro del video de “Bad Romance”. Una pieza audiovisual que no sólo convirtió a la neoyorquina pelinegra teñida de rubia, Joanne Germanotta, en una estrambótica encarnación musical, sino que además, sacudió las esferas pop de hace una década con su estilismo siniestro y su sentencia fashionista.

Con su reciente certificación de mil millones de views en YouTube, justo para cerrar un año de múltiples logros y reconocimientos para la cantante por su rol en A Star Is Born y la apertura de su residencia de conciertos en Las Vegas, conviene revisitar uno de los videos más influyentes de la última década, nombrado por Billboard en julio de 2018 como el mejor video del Siglo XXI, por encima de otros fenómenos como “Single Ladies” de Beyoncé o “Hotline Bling” de Drake.

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Alcanzar la marca de mil millón de vistas no parece una proeza relevante en una era que le ha dado a Luis Fonsi y Daddy Yankee más de cinco mil millones para “Despacito” en menos de un año o a Ed Sheeran los cuatro mil millones en el mismo tiempo para “Shape Of You”.

Pero el legado audiovisual del sencillo más popular de Lady Gaga y su impacto indeleble en la cultura pop no sólo convirtieron en su momento a “Bad Romance” en el video más visto de la plataforma, con 178 millones de visitas en 2010, sino que moldeó su imagen pública y personalidad escénica por los próximos años, en una década que la vio ascender y decaer como estrella del momento.

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Desde su lanzamiento en octubre del 2009, “Bad Romance” agitó los ánimos de la crítica y de los fieles seguidores de Gaga, quien comenzaría a nombrarse a sí misma como Mother Monster ese mismo verano. Para entonces, su disco debut The Fame del 2008 ya la había colocado bajo los reflectores de la industria y catapultado a las listas de popularidad.

Sencillos como “Lovegame”, “Poker Face” y “Paparazzi”, junto con sus respectivos videos, fortalecieron la imagen de una Gaga de atuendos exóticos, coreografías provocativas y un aura oscura de disparatada sexualidad. Su presentación en vivo en los MTV VMA del 2009 la vio tocar el piano con desquiciada entrega, mientras un chorro de sangre falsa resbalaba por su abdomen frente a la mirada atónita y horrorizada del público, antes de terminar el acto colgada de un candelabro. Esa noche recibiría el premio a Mejor Artista Nuevo de la mano de un desconcertado Eminem, cubierta de las rodillas a la cabeza por un vestido rojo del diseñador británico Alexander McQueen, quien la adoptaría como musa en el último año de su vida. “Esto es para Dios y los gays”, dijo al recibir el astronauta plateado.

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Tres meses después y con el lanzamiento de su tercer EP, The Fame Monster, “Bad Romance” cimentó lo que parecía ser la culminación de la cosmogonía sombría de Gaga. Desde su construcción musical hasta su parafernalia cinematográfica, el primer sencillo de su nuevo álbum continuó coqueteando con la música electrónica y el eurodance, dejando atrás los acabados desprolijos y robóticos de sus producciones anteriores a favor de un estilo más resonante y maduro, con astucia lírica y una producción diseñada para enaltecer su rango vocal.

Desde la obertura casi ritualística de cánticos hipnóticos que claman su nombre (Gaga-Oh-Lala) hasta las referencias a Hitchcock (I want your psycho, your vertigo stick) y unas cuantas líneas en francés, “Bad Romance” se convirtió de inmediato en un himno para las pistas de baile; un éxito rotundo con reminiscencias ochenteras y fuertes influencias de la escena electrónica alemana.

Su nulo temor a verse horrenda, así como su apoyo a diseñadores emergentes y experimentales, hicieron que Gaga introdujera lo extraño, lo grotesco y lo insólito al mainstream.


A nivel visual, el director Francis Lawrence (quien sería responsable de tres películas de la saga de Los Juegos del Hambre) y el equipo creativo de Gaga —denominado para entonces como Haus Of Gaga— tradujeron la opulencia sinfónica de la canción a tomas definidas por la amplitud y simetría, con una paleta cromática modesta de blanco, negro y rojo, y un único escenario interior, adaptable a las múltiples escenas del video, como si se tratara de una pieza de cámara teatral. La pulcritud en las tomas y el cuidado en la fotografía atrajeron diversas comparaciones con el estilo fílmico de Kubrick, mientras que los pasos dislocados y extraños de la coreografía sugirieron una influencia clara de “Thriller” de Michael Jackson.

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Suspendida en una nube de diamantes o encerrada en un giroscopio a tamaño humano fijado a su cintura, Gaga se proyecta en cada cuadro de “Bad Romance” con una solemnidad y garbo descomunales, con la intención clara de fijar su estatus de trendsetter y fashion icon prematuramente en su carrera. Los excentricismos románticos y futuristas de McQueen, como los tacones de Alien o los emblemáticos zapatos “armadillo”, se entretejen de manera casi imperceptible con piezas de otros diseñadores como Rachel Barrett, Vava Dudu, Shinji Konishi y Franc Fernandez, quien diseñaría meses después su infame y controversial vestido de carne.

Esta implementación de la moda como recurso narrativo hacen de “Bad Romance”, más que una simple experiencia alucinante de múltiples y absurdos simbolismos, un homenaje fotográfico a la cultura de la confección, la alta costura y las pasarelas. Un formato que coloca a la moda como elemento protagonista en formas que no se veían desde el reinado de Madonna con su brasier de conos o su kimono de Gaultier.

Por supuesto que para entonces, múltiples críticos, fanáticos y haters ya reconocían claras e indiscutibles influencias de diversas leyendas de la música y el espectáculo en la extravagancia de Gaga. Desde la misma Madonna, Grace Jones, David Bowie, Cher hasta Goldfrapp, Daphne Guinness y Björk, la osadía en los vestuarios y su uso como instrumento expresivo no eran únicos de la naciente estrella. Sin embargo, muchos críticos del momento anotaron también que “Bad Romance”, junto con el resto de la filmografía de Gaga, había devuelto el arte y la hechura a la producción de videos musicales como no se veía en tiempos recientes. Su desenfado escénico y su nulo temor a verse horrenda, así como su apoyo a diseñadores emergentes y experimentales, hicieron que Gaga introdujera lo extraño, lo grotesco y lo insólito al mainstream.

Con “Bad Romance”, Gaga no sólo impactó en una época donde la venta de discos físicos aún era redituable y MTV permanecía como plataforma esencial para el consumo de videos. También influyó intensamente en las artistas de su generación: Beyoncé se tiñó de rubia y adoptó una imagen más agresiva y seductora para su disco 4, Katy Perry pasó de su sencilla imagen de pin-up girl a su colorida y melosa encarnación de chantilly y algodón de azúcar en “California Gurls”. Nicki Minaj fue comparada con Gaga por sus elecciones insólitas y excesivas para sus videos y alfombras rojas, mientras que Rihanna se hizo pelirroja para Loud y su video de “S&M” la halló tras los looks más arriesgados y desorbitantes de su carrera. La misma Christina Aguilera despertaría críticas por la imagen que adoptó para su regreso en Bionic, convirtiéndose prácticamente en una calca de Lady Gaga mezclada con Madonna ochentera para su canción y video “Not Myself Tonight”.

Finalmente, el fenómeno de “Bad Romance” sellaría su legado en los MTV VMA del 2010, llevándose siete premios de diez nominaciones, incluyendo mejor cinematografía, dirección de arte y video del año, galardón que recibiría en su vestido de carne de las manos de Cher. Además, la canción se llevaría un Grammy, Rolling Stone la pondría en número 9 en su lista de lo mejor del año y Time incluiría al video en su selección de los 30 mejores videos de la historia.

Con su coronación y después de interpretar al borde del llanto y a capella el coro del que sería su próximo éxito “Born This Way” en los VMA, Gaga entró en una nueva era que la vería florecer como la celebridad con más seguidores en Twitter (luego sería desbancada por Katy Perry, Rihanna y Justin Bieber), entradas agotadas en conciertos y múltiples videos alucinantes más, antes de que muchos decidieran que su performance era una píldora muy difícil de tragar.

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A sus 32 años y con sus recientes nominaciones al Globo de Oro a mejor canción por “Shallow”, mejor actriz por A Star Is Born y los rumores de un Oscar en camino, la también jazzista, guitarrista y pianista que ha cantado al lado de leyendas como Tony Bennett, The Rolling Stones, Elton John y Patti Labelle, ha abandonado su imagen excéntrica de sus veintes, pero aún cierra sus shows con la canción “más Gagesca” de su repertorio, una en la que todos cantan al unísono:

“I want your love, I don't wanna be friends”

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