Del miedo y los extranjeros, la historia de la xenofobia de George Makari
En 2016, George Makari empezó a buscar un tema para escribir un nuevo libro. Entre las discusiones sobre el Brexit y el triunfo de Donald Trump, la xenofobia parecía ser un debate urgente y sus efectos se manifestaban por todas partes. No pensó entonces que la xenofobia también había marcado su propia historia. Sin saberlo, con una búsqueda en Google comenzó a materializarse lo que luego se convertiría en Del miedo y los extranjeros: Una historia de la xenofobia.
Al iniciar su investigación sobre la xenofobia, Makari no encontró más que una definición superficial. No había revisiones ni genealogías. Su siguiente trabajo estaba en ese vacío: una historia del lenguaje. No una historia sobre cuándo los seres humanos comenzaron a tener miedo del otro, del extraño, del forastero, porque eso parecía haber acompañado a la humanidad desde el principio.
Su interés estaba, más bien, en encontrar el momento exacto en que ese miedo tan natural había comenzado a provocar reacciones irracionales. El momento en que apareció la xenofobia como término y qué es aquello que nombra y lo que no.
A menudo se piensa que el origen de la palabra está en la Antigüedad clásica, pues su raíz corresponde a xenos, que significa extraño, pero también huésped. En Grecia, la xenia era un designio de Zeus que exigía a los ciudadanos recibir al extraño y convertirlo en huésped, tratándolo como uno esperaría ser tratado en otro lugar.
El término “xenofobia” realmente nació en el siglo XIX, cuando surgieron a la par decenas de nuevas categorías médicas para describir miedos que eran considerados irracionales, como la agorafobia o la claustrofobia. Sin embargo, no tardó mucho en adquirir un matiz político.
A mediados de 1800, las grandes potencias del mundo occidental buscaban expandir sus fronteras. Desde 1839, el imperio británico había comerciado grandes cantidades de opio a China y, ante la oposición del gobierno chino, respondió con una gran ofensiva militar. A partir de ese momento, el territorio fue azotado por guerras sin descanso, fue derrotado por Japón en 1985 y en 1897 Alemania ocupó la bahía de Jiaozhou, dando inicio a una competencia implacable entre Rusia, Francia y los ingleses.
En muchas ciudades chinas, la hambruna, la pobreza y las inundaciones agravaron las tensiones internas hasta que en la región agrícola de Shandong, grandes grupos de comerciantes y trabajadores que sabían artes marciales comenzaron a organizarse. En Occidente, los conocieron como Boxers y su presencia se extendió rápidamente por el norte del país para combatir la invasión extranjera. Su objetivo principal eran las iglesias, comunidades cristianas y edificios vinculados con la ocupación colonial. La prensa francesa tachó a las personas opuestas al imperialismo de “xenófobas”, irracionales, dominadas por un odio necio hacia los extranjeros y al avance de la “civilización”.
No fue sino hasta las primeras décadas del siglo XX que escritores y pensadores comenzaron a cuestionar la lógica colonial que había presentado a los europeos como víctimas de la xenofobia. Más tarde, con la explosión de la Segunda Guerra Mundial y el ascenso de gobiernos autoritarios, la xenofobia adquirió una connotación mucho más similar a la actual, pues describía al odio desmedido en contra del extranjero, equiparable al racismo y la persecución étnica. Con el fin de la guerra, los debates sobre genocidio y derechos humanos provocaron que el término asumiera nuevas dimensiones étnicas y, hacia las últimas décadas del siglo, se amplió para considerar también a la hostilidad hacia migrantes y refugiados.
La historia
Sólo hasta que avanzó con la investigación Makari encontró una resonancia entre lo que estudiaba y la historia de su propia familia. La historia de su abuelo, George Jacob Makari, que nació en un pueblo pesquero de Líbano cuando aún se encontraba bajo el reinado otomano y a los ocho años se mudó a Estados Unidos para escapar de la creciente intolerancia del gobierno. Al llegar a Ellis Island -que era la parada obligada para todos los migrantes que viajaban a Nueva York- le fue asignado un nuevo nombre: George Jacob, y así, el Makari y todo lo que significaba fue borrado del registro.
Por años hizo su vida en Nueva York y regresó a Líbano sólo para reabastecerse de los tapetes que vendía. No obstante, nada más pisar tierra del otro lado del océano, estalló la Primera Guerra Mundial y le fue imposible regresar. Fueron los padres de George quienes se mudaron a Nueva York nuevamente y ahí nació él. De Líbano recuerda sólo los veranos calientes y los bloqueos carreteros que presenció en 1974 como antesala de la Guerra Civil libanesa que le impediría volver. Según me contó en una entrevista, Líbano pronto se convirtió en un lugar “donde tu identidad podía hacer que te mataran”. De hecho, una de sus tías fue asesinada por habitar del lado incorrecto de la línea, por ser una cristiana en el lado musulmán de la ciudad.
Comprender la historia polisémica de la xenofobia para Makari es importante para poder comprender también qué papel juega en la actualidad y fue importante para saber algo sobre sí mismo y su familia. Su interés no estaba en conocer el origen del comportamiento xenofóbico:
“Mi interés estaba en conocer el origen del término. Hacer una historia terminológica o conceptual era una forma de aferrarme al por qué la palabra era necesaria, ¿por qué nació repentinamente? Nació porque había una necesidad social y política para nombrar eso que había estado sucediendo desde siempre. Así también se revela cómo la palabra ha sido reconceptualizada cada vez que se ha usado”.
Si hubiera que rastrear el origen del comportamiento xenofóbico sería necesario remontarse a los inicios de la humanidad misma, pues el miedo al otro parece ser un instinto natural de preservación. La clave, más bien, está en entender cuándo comenzó a considerarse que la manifestación de ese miedo natural puede considerarse “fóbica” o irracional.
Por ello, a lo largo del libro, el autor distingue entre lo que llama “la ansiedad al otro” y la xenofobia. La primera es la incomodidad esperada que provoca lo desconocido, un lenguaje diferente, una religión diferente, un rasgo diferente. La segunda es la respuesta desmedida que no disminuye aún después de que lo extraño se convierte en conocido. Esta distinción es central en los debates actuales sobre migración, nomadismo digital y movilizaciones humanas que desencadenan dinámicas muy reales que pueden resultar muy perjudiciales.
“Esa distinción añade el reto de determinar si [la reacción] es efectivamente irracional o no, pues se convierte en parte de una historia actual de la xenofobia en la que las personas pueden cuestionar el término y si consideran que describe una reacción racional o irracional”.
¿Xenofobia o racismo?
¿Qué pasa cuando no es justo llamar a una dinámica “xenofobia” cuando tiene una justificación racional? Pregunta. ¿Qué pasa cuando sucede lo opuesto? Por ejemplo, la migración es muy amplia y describe muchas cosas. Es aplicable tanto a una movilización legal por motivos de estudio y que no pone en riesgo la vida de quien migra, pero también es aplicable a los éxodos de las víctimas de desplazamiento forzado que atraviesan fronteras sin documentación alguna para escapar de la violencia en sus países de origen.
Si no se tiene claridad sobre el significado de la xenofobia, sería lo mismo hablar de un crímen de odio en contra de refugiados de guerra entrando a Estados Unidos, que de las manifestaciones pacíficas en contra de la gentrificación en la Ciudad de México. Conocer su historia y su definición, realmente conocerla, permite abrir debates urgentes y, en palabras de George:
“Si no se tiene una definición clara del término, se puede lanzar descuidadamente a cualquier persona y cualquier dinámica, como suelen usarse otras palabras como “racista”. Podemos usarla sin pensar realmente en qué significa hasta que se convierte en una maldición”.
Cuando se usa, hay una serie de operaciones del pensamiento que, de acuerdo con el autor, se ponen en juego. A diferencia de otras palabras que describen el odio en contra de grupos vulnerables, la xenofobia en su sentido más amplio es la única que no hace explícito el grupo vulnerable al que se refiere, más bien se refiere al grupo que ejerce el odio. La homofobia nombra a la comunidad LGBTI+ igual que la islamofobia nombra a las personas que practican el Islam o que provienen de países musulmanes. Lo que George dice sobre la xenofobia es que se trata de “un término unificador que no elimina a los otros, pero que sí actúa como una lente que enfoca al grupo que perpetra a la violencia”.
Por eso, frente a la emergencia de las redes sociales, la capacidad ilimitada de crear y circular imágenes e ideas que alimentan estereotipos, que exacerban oposiciones y que polarizan comunidades enteras, la historia de la xenofobia como palabra la palabra misma son más necesarias que nunca, pues dicen algo sobre nosotros, sobre cuáles son las formas psicológicas, sociales y culturales con las que se construye un pensamiento xenofóbico. La historia de la xenofobia nos obliga, sobre todas las cosas, a ver hacia el interior y evaluar nuestras propias reacciones.
