La exégesis del hexagono
Trece años de silencio desde Tomorrow’s Harvest (2013). ¡Tan solo 5 álbumes en el span de 30 años! Ni siquiera en el mundo del cine existen directores de arte con una cuota tan escasa, pero tan potente. En una industria musical que derrocha lanzamientos cada viernes —y en un mundo sobreexpuesto y sobresaturado de información—, los Boards of Canada han logrado mantenerse misteriosos, crípticos, inaccesibles.
Han obedecido leyes muy propias, fuera de las convenciones: sin dar conciertos, con raras apariciones en radio mediante sets esotéricamente curados y entrevistas muy eventuales en sus albores. Ahora no hablan más que a través de una mercadotecnia que no spoilea el mito, sino que lo emancipa. El Mago de Oz no puede dejar entrever la maquinaria. Mientras Aphex Twin se ha recluido detrás de su máscara, su logo y su creciente mito, Boards of Canada es ese hermano menor en Warp Records que se mantiene recluido en su propia esfera, con muchas menos intenciones de socializar y volverse un icónicos.
No son de Canadá, aunque sí pasaron ahí sus infancias. No son un grupo. Es un dúo. Son hermanos, pero no se apellidan igual
Pese a lo que sugiere su nombre, no son canadienses, aunque sí transcurrieron sus infancias en Alberta. Tampoco constituyen un grupo como uno lo supondría por el plural en la palabra “Boards”, sino un dúo integrado por los hermanos Michael Sandison y Marcus Eoin Sandison. Que no compartan apellido profesionalmente se debe a que Marcus utiliza su segundo nombre, Eoin, en lugar de su apellido paterno; una particularidad más en el enigma de su identidad. No son gemelos, pero definitivamente son telepáticos y sinestésicos. ¡Ah! Y son de Escocia.
La génesis, electrónica para ver el amanecer
La electrónica de los noventa vivió una efervescencia que marcó el pulso de toda una generación. El nacimiento del IDM y la serie Artificial Intelligence de Warp Records propusieron un cambio de paradigma: el chill out para bajar y amanecer del rave, una música diseñada para escucharse con audífonos o en la calma de la sala de casa. Era la era del braindance, mientras que el downtempo y el trip hop dominaban con pulsos bajos, sampleos semieróticos, y una carga constante de evocaciones retro. En ese clima de hedonismo y escapismo, la aparición de Boards of Canada hacia el final de la década supuso una síntesis perfecta en todo ese espectro de sonidos.
Para entender a Boards of Canada, hay que comprender y escuchar su álbum debut fundacional: Music Has the Right to Children (1998)
Esta obra nostálgica, lúdica y luminosa no sólo definió sus fundamentos estéticos, sino que estableció un nuevo lenguaje en la electrónica: una amalgama de cintas degradadas, parafernalia analógica, paths utopianos y percusiones hipnóticas que parecen emanar de un recuerdo infantil distorsionado. Al explorar sus paisajes, uno descubre la piedra angular sobre la que han construido todo su mito; es, en esencia, el mapa necesario para descifrar las texturas, la melancolía y el misticismo que, décadas después, continúan como leitmotifs en sus obras posteriores. Sólo Boards of Canada suena a Boards of Canada. Es una denominación de origen.
La semiótica visual y discursiva en Music Has the Right to Children complementa su intrincada trama sonora, La icónica portada, con ese tono verde agua inconfundible y el grano nostálgico propio de la película Kodachrome, funciona como una cápsula del tiempo que condiciona la escucha antes siquiera de ponerle play. Una familia de los 70 sin rostro. No sabemos si encontraron la felicidad. No conocemos sus nombres. Pero representan al colectivo, y todos podemos proyectar los rostros de nuestras infancias en esos personajes. Esa imagen es la fundación del mito: una estética que captura la calidez de un hogar perdido y la sospecha de que, tras esa imagen bucólica, algo no termina de encajar.
El National Film Board of Canada y la televisión educativa para infancias de los 70
Esa misma lógica de añoranza se traslada a los títulos de sus canciones, pequeñas pistas que parecen fragmentos de un manual escolar antiguo o grabaciones de campo de una televisión educativa de los setenta. Nombres como “Turquoise Hexagon Sun“, “Telephasic Workshop” o “Triangles and Rhombuses” actúan como detonantes mnémicos que refuerzan la idea de una obra construida sobre los recuerdos febriles de aquellos días en donde no se iba a la escuela por enfermedad, y el aburrimiento (y el vacío existencial infantil) eran amamantados en tempranas televisiones de color, con programas de la BBC, PBS –donde transmitían Sesame Street,– y los documentales de vida salvaje de la National Film Board of Canada (de donde obtienen su nombre). Todos ellos, referentes que se caracterizaban por scores de música clásica, jazz fusión, musique concrète y proto new age.
“Yeah! That’s Right!” La pedagogia y la inocencia
Si hay una pieza en aquel álbum debut que condensa la personalidad de Boards of Canada, esa es, sin duda, “Aquarius“. En ella, el dúo despliega su energía más pura a través de un caleidoscopio de voces infantiles, risas y fonemas que, como la palabra “Orange“, se repiten obsesivamente hasta convertirse en un mantra hipnótico. El momento culminante llega con esa “estrellita en la frente” sonora: el “Yeah, that’s right!” -ese grupo de niños que contesta al unísono, celebrando la aprobación del maestro (o del televidente, detrás de la cuarta pared,) un fragmento que encapsula la inocencia escolar que tanto obsesionaba al dúo. Es este juego entre la nostalgia pedagógica y la deformación de los recuerdos a la distancia, la morriña por el tiempo perdido, lo que define su estilo: un recuerdo reconfortante, pero bajo el cual siempre late una inquietante sensación de extrañeza.
Geogaddi: El fin del paraíso
En Geogaddi (2002) su segundo trabajo de estudio, la inocencia agridulce de Music Has the Right to Children se fragmenta definitivamente para dejar un sabor amargo. Si el debut era un recuerdo, Geogaddi es el despertar brutal a la finitud de nuestro mundo. Es el momento en que aprendes que el Sol eventualmente devorará a la Tierra, un conocimiento que transforma la curiosidad infantil en una ansiedad existencial.
Aquí, el paraíso cae: las visiones de lava volcánica, la crueldad de la depredación y el peso de la hambruna sustituyen a la seguridad del aula escolar, recordándonos que toda estructura, por más perfecta que sea, está condenada a la entropía y al olvido. Si los Beatles tuvieron un álbum blanco, aquel segundo álbum de los BoC es un disco de colores naranjas saturados y rabbit holes lisérgicos. La caída de la gracia.
Recuerdo cuando trabajaba en Imagen 90.5, que hicimos una promoción para que cinco fans de los Boards of Canada pudieran escuchar el álbum dentro de un flotario de agua salina: una especie de sarcófago de aislación diseñado para wellness, en donde se descansa y se escucha música en bocinas sumergidas. Y sí, cinco fans ganaron y vivieron así la premiere del disco (que pedí por Amazon, cuando era una novedad comprar CDs en una tienda de libros en línea.) Desde entonces, he escuchado dos veces el Music Has the Right to Children en flotarios, y lo recomiendo ampliamente.
Fantología: La nostalgia de un futuro que nunca ocurrió
La hauntology o fantología es el pilar sobre el cual Boards of Canada construye sus ruinas sonoras. Es el encuentro con un pasado que no termina de irse, un espectro cultural que persiste en nuestra memoria colectiva a través de texturas analógicas y sueños a medio recordar. En la música de los hermanos Sandison, el pasado funge como un espacio de contención, pero como si fuera una película de horror, es también un lugar que nos puede hacer traicionar y traer memorias amargas: es el eco de una utopía truncada, el trauma “quironiano” en la fundación de nuestra historia de vida: todos tenemos uno. El sonido de un mundo que fue prometido en las décadas pasadas pero que, al final, quedó atrapado en el ruido de fondo de una señal de radio olvidada. Una película a la medianoche que nos quita el sueño, y nos arropa del fantasmagórico vacío nocturno, pero abunda en nuestras memorias tempranas de cuestionamientos existenciales.
Hipnagogia: El umbral entre la vigilia y el sueño
La esencia de su sonido reside profundamente en la hipnagogia, ese estado de conciencia que ocurre en la frontera entre la vigilia y el sueño. Boards of Canada domina esa capacidad de crear atmósferas que se sienten familiares pero profundamente distorsionadas, como si escucháramos una melodía a través de una pared o en el borde de un desmayo. Sus pads envolventes y ritmos desdibujados operan como una droga suave que nos sumerge en un estado de duermevela, donde la lógica de la realidad cotidiana se disuelve para dar paso a un mundo de asociaciones oníricas y visiones borrosas. Surrealismo en esencia. Regresión al útero a los primeros sonidos y ecos reverberantes subacuáticos que nuestra memoria registró a su llegada a esta dimensión.
Lo Liminal: El espacio del tránsito
Finalmente, su música habita lo liminal: ese espacio de transición que no es ni el origen ni el destino. Sus composiciones funcionan como pasillos, salas de espera o patios de recreo al atardecer; lugares donde el tiempo parece detenerse y donde somos conscientes de que estamos en un punto intermedio. Esta cualidad espacial transforma cada escucha en una experiencia de tránsito, situando al oyente en una zona de incertidumbre donde la seguridad de lo conocido se desvanece frente a lo que podría estar acechando apenas fuera del campo visual. Una dimensión intermedia. O un purgatorio. Un lugar pesadillesco con potenciales enemigos ocultos. Un malviaje. La casa 12 de la astrología, en su sentido tan estático, como demoniaco.
Del éxtasis a lo pesadillesco: The Campfire Headphase (2005) y Tomorrow’s Harvest (2013)
Los álbumes tercero y cuarto, aunque mantienen una ejecución impecable, fueron revelando un desgaste en su fórmula; ambos se tiñeron de ese azul turquesa característico de su debut, dejando atrás el naranja ígneo de su etapa intermedia. The Campfire Headphase (2005), su tercer disco, en particular, imbuido en la atmósfera paranoica post-9/11 y post Y2K, apuesta por paisajes bucólicos, guitarras slide y una nostalgia propia de la Americana, marcando un cambio de década donde el dúo se percibe derivativo, nunca mediocre, pero ciertamente menos inventivo.
Sin embargo, Tomorrow’s Harvest (2013) es un giro desolador. Es una película apocalíptica de ciudades vacías, un eco tardío de Children of Men o The Last of Us en una temporada en la que ya no hay ni humanos, ni zombies: el córdiceps triunfó. El “Harvest” del mañana alude a las infancias, sí, pero también a las cosechas devastadas por la contaminación, la infertilidad y el calentamiento global, como se advierte en Interstellar.
Es un score donde no hay mañana, solo horizontes blancuzcos, presagios pandémicos y miedo; una obra concebida bajo la influencia de John Carpenter, con todo y ese jingle de apertura que evoca una cinta VHS rentada en el Videocentro del barrio o en un Blockbuster de creepypasta.
13 años de intervalo
La velocidad a la que trabaja este dúo recluido en algún rincón de Escocia es, sencillamente, una anomalía. Trece años han transcurrido desde Tomorrow’s Harvest, un abismo temporal en el que el mundo ha mutado de formas casi irreconocibles.
Recuerdo bien aquel otoño de 2013, cuando salió aquel álbum: México sufría una eliminatoria agónica para Brasil 2014, salvado en el último suspiro por aquella chilena milagrosa de Raúl Jiménez contra Panamá. Compré el álbum en iTunes para escucharlo en mi iPod; Spotify apenas comenzaba a asomar su presencia en nuestras vidas. Recuerdo muy bien escuchar aquel álbum durante la cobertura de Ibero 90.9 al Festival Cervantino en Guanajuato de aquel año.
Hoy, las coordenadas han cambiado drásticamente. Estamos en la puerta del controversial Mundial 2026, tras haber atravesado una pandemia global que paralizó el tiempo. Spotify, que en aquel entonces prometía un nuevo orden, ha visto su rise y hoy comienza a mostrar signos de su fall. ¿En qué mundo vivimos actualmente tras esta larga espera? Una cantidad inabarcable de historia ha ocurrido antes de esta nueva revelación de Boards of Canada.
Su quinto álbum, su particular pentateuco, marca el retorno a los colores naranjas y a las dimensiones infernales. El cinco es el número del pentagrama; si lo invertimos para que el pico central apunte al suelo, nos encontramos con la barba de una cabra, el símbolo del chamuco en sí mismo. No es casualidad: el álbum se llama Inferno.
El pentateuco, el quinto álbum
En astrología, se sabe que vivimos un tiempo marcado por la conjunción de Saturno y Neptuno en Aries, el primer signo del zodiaco, el más belicoso e incendiario.
Primera vez que esos dos titanes se unen desde que en 1989 cayera el Muro de Berlín, colapsara la Unión Soviética, y comenzara un nuevo orden mundial: la globalización y el neoliberalismo. Pero ahora, estamos en un caldo de cultivo simbolizado en el nuevo ciclo de la nueva coincidencia entre Saturno y Neptuno: es la cuna donde brotan nuevas filosofías, fanatismos y guerras; un clima que inició este 2026 con el pulso tenso de Venezuela, la sombra de el abatimiento de El Mencho y el país en llamas, la inestabilidad en Irán y la fragilidad del Estrecho de Ormuz, todo bajo la amenaza de una geopolítica –encarnada por un Trump con ascendente en Leo– que parece querer incendiar el tablero global. Es precisamente en este horno donde se nos revela el quinto libro en la saga de Boards of Canada.
Nada es más neptuniano que la música de los hermanos Sandison: esa cualidad subacuática, la disolución de los bordes y la capacidad de actuar como un espejo del subconsciente colectivo. Si Neptuno es el reflejo del árbol en el lago, Inferno es la distorsión de ese reflejo ante el impacto de una piedra lanzada en plena tormenta.
Quienes hemos hambrientamente esperado una señal, recorriendo cada teaser de Warp Records como quien lee una profecía, finalmente hemos recibido el maná. Pero no es un bálsamo; es un espejo oscuro de nuestros tiempos.
Al final del día, Inferno no busca ser una huida, sino una inmersión. En este año del Caballo de Fuego, los Boards of Canada han dejado de lado la arqueología de la infancia para entregarnos una crónica de nuestro propio colapso. Ya dejaron de ser los arquitectos de un recuerdo nostálgico: ahora se han convertido en los cronistas de la combustión. Ahora sí perdimos la infancia en serio. Y este disco es la culminación de un viaje que comenzó hace treinta años y que, hoy, se siente más urgente que nunca.
La maquinaria ha dejado de esconderse para revelarnos el abismo; y, al escucharlo, solo nos queda aceptar que, en el centro de este incendio, nosotros mismos somos el combustible. El círculo aún no se ha cerrado. Quizá falte un sexto álbum para que el hexágono nos entregue su mensaje completo. Y esperemos que vuelva a ser un disco luminoso: el albedo en la alquimia, que surge después de atravesar las fases de nigredo, rubedo y citrinitas.
El culto al hexágono
Cada quien debe sacar sus conclusiones sobre este álbum. Esta, más que reseña del disco, es una semblanza contextual para el disfrute e interpretaciones de cada fan (o fanático, en este campo semántico), desde su subjetividad. Pero, en escuchas a priori, podemos ver que el álbum surge con:
Un marketing perfecto, utilizando los motivos de las fotos borrosas e infantiles de Music Has the Right, pegadas en las paredes de Londres y amplificadas en redes sociales como el heraldo de un nuevo evangelio. Sólo que los niños tienen rostro, pero con ojos blancos, como si hubiesen sido cegados por una revelación angélica de Lucifer.
Luego vinieron los primeros moving images: el hexágono como logotipo. La cortinilla al estilo Stranger Things, con todo y logotipo móvil de los BoC y el jingle oficial “Introit“. Luego soltaron videos en Súper 8 con motivos de fuego, sectas, fe ciega, apocalipsis, psicodelia maldita, fantología, liminalidad e hipnagogia al máximo. La promesa de que esto va más allá del fan service: es una mermelada reducida de todo lo que nos gusta de los BoC.
Luego vino el drop del single “Prophecy At 1420 MHz“. Y no falla en cómo inicia como un tráiler de una peli B malviajosa. Más riffs, mejor punch en percusiones y todos los tropos que hacen grandes y totémicos a los BoC. Un sonido aún más cinematográfico y widescreen, con audio súper nítido. Ya quiero escuchar esto en vinilo.
Y las listening sessions en seis ciudades del planeta. Unos cuantos fueron convocados a la misa, pero sin discurso. Aunque sí una experiencia compartida como una hipnosis grupal. Y sólo los hexágonos proyectados con fondos de fuego en salas brutalistas con alfombras en patrones de hexágonos.
Es un álbum con aún más voces y sampleos. Se dice que Aleister Crowley anda por ahí, y más audios educativos. Pero también hay predicadores, monjes hare krishna, voces femeninas, audios robóticos, cítaras y mensajes crípticos: “Naraka” significa infierno en sánscrito.
Si en su debut tenían “Aquarius” y por ahí en Tomorrow’s venía “Gemini“, ahora hay “The Age of Capricorn“. ¡Pero ojo! La era de Capricornio ocurrirá por ahí del año 4000 d. C. Y luego un título como “Somewhere Right Now in the Future” que me hace pensar en la circularidad y relatividad del tiempo, como en la peli Arrival.
La voz en “All Reason Departs”, que es el track más aphexiano y antípoda a “Aquarius”, una voz anodina, robótica y diabólica advierte y reza: “There is a magical operation of maximum importance / The initiation of a new aeon / Before man is ready to accept the Law of Thelema, the great war must be fought / This bloody sacrifice is the critical point of the world-ceremony of the crowned and conquering child / As lord of the aeon”. Traducción: “Existe una operación mágica de máxima importancia: la iniciación de un nuevo eón. Antes de que el hombre esté listo para aceptar la Ley de Thelema, la gran guerra debe ser librada. Este sacrificio sangriento es el punto crítico de la ceremonia mundial del niño coronado y conquistador, como señor del eón”. Se aceptan interpretaciones en los comments, acá abajo..
“Into the Magic Land” es fantología pura, el soundtrack para un backroom en un videojuego que nadie nunca jugó en Nintendo. “You Retreat in Time And Space” es lo más angélico que hay. “Deep Time” me hace pensar en la dimensión secreta y privada a la que accedemos al escuchar esto. Finalmente, Neptuno, en la jerarquía celestial, trasciende la temporalidad 3D de Saturno: está más arriba y no sufre del tiempo. Y tanto “Memory Death” como en la conclusiva “I Saw Through Platonia“, con sus latidos de corazón y electrocardiograma, dan un sentimiento agónico y (des)esperanzador.
No pretendo reseñar cada track, insisto. A esta velocidad, Dios nos dé vida a nosotros y al misterioso dúo otros 13 años para digerir y descifrar esta entrega a fuego lento, y rezaremos para saber dónde concluirá esta saga, si es que termina, o si será recreada con IA y puro fan fiction. Muchos comentarios en redes sociales, ante el anuncio del nuevo álbum, agradecían el haber llegado con vida hasta aquí para atestiguar esto.
Después de todo, la etimología de “evangelio” —o euangelion— es eu (“buen”) y angelos, que es no sólo “ángeles”, sino “mensaje”. Entonces, un nuevo álbum de los BoC es, sin dudarlo, una buena noticia. No obstante que pertenezca a lo infernal, me da esperanzas saber que habrá un sexto álbum y con ello atravesaremos colectivamente el apocalipsis para llegar a la tierra prometida o retornar al génesis. Y hasta aquí la exégesis del culto al hexágono.
Fuentes recomendadas:
