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Portada del disco Something Worth Waiting For de Friko.

Something Worth Waiting For o Friko tenía que aparecer en escena

Estimados millennials, cállense el hocico

“El álbum debut de Velvet Underground vendió 30 mil copias en los primeros años, pero todo aquel que compró una copia empezó una banda”.
-Brian Eno a Lou Reed (2016)

Y así sucesivamente hasta que encuentres la genealogía completa de tu artista favorito del momento. 

Tengo el pensamiento crónico de que la industria musical y su conversación en internet se reduce a un millennial hablando con un adolescente que empezó una banda, contando cómo sus referencias no corresponden a su edad. El millennial bailó Geronimo con un man bun, posteó fotos en Retrica y shippeó a sus artistas favoritos en Tumblr. Y ahí se sienta, con sus rodillas decadentes y su playera de Amoeba records, sorbiendo orgullo de su flat white y exhalando palabras que en mi mente solo suenan a “yo sí estuve ahí cuando sucedió”. 

Una calle agitada en la ciudad. Dos sujetos con audífonos y gorros Carhartt frente a una cámara. “Los Beatles son mi inspiración, por supuesto”. “Hay algo de Wilco en nuestro material más reciente” “Escuchaba Neutral Milk Hotel en el viejo iPod de mi padre”. 

Vieron a Modest Mouse de entre las ranuras del sótano de la casa de su mejor amigo. Eran compañeros de cuarto de MGMT en la universidad. Se comieron unos tacos con Mazzy Star después del NRMAL. Fundaron el NRMAL. Imprimieron revistas físicas. Entraban y salían del Plaza como si fueran los dueños del lugar. Tenían un Xbox en la sala de juntas cuando era cool tener una sala de juntas. Descubrieron una banda de secundaria por un demo con portada otaku y solo los nombres de pila de sus integrantes. ¡SÍ! Ya sabemos. También leímos los libros de David Byrne y Rick Rubin que exhiben en su coffee table. Y sí, nos dio envidia (de género y en general) ver a todo el cast de Scott Pilgrim por primera vez.

Pero los envidiamos por lo que eran, no por eso en lo que se convirtieron. Algo así como cuando ustedes admiraban a Lou Reed en los setenta pero no igual a cuando se empezó a vestir como chavorruco. En términos que ustedes puedan entenderlo: *inserte meme de Los Simpson*

El futuro es hoy, y no luce reluciente, cromado y con autos voladores. “So shiny, so chrome” como en Mad Max. Luce como una habitación con leds feos, fotos de instax mini en la pared, con chicos teatreros haciéndola de rockstars en lugar de componer el siguiente éxito Broadway. Suena a una banda de Chicago de nombre Friko, que en su segundo álbum les encantó cantar a todo pulmón, sin importar si están en un pequeño bar o en un estadio gigantesco.

En Londres usan metales e instrumentos de conservatorio. En América gabacha una guitarra crunchy y una voz rota. En ambos epicentros del rock, suenan a una generación que escucha y seguirá escuchando discos de ancianos sobrevalorados por generaciones que tienen que cuidar su azúcar, pero que lo hicieron lo suficiente bien para tener algo qué decir y hacer su propia historia (y la nuestra).

Where we’ve been, Where we go from here se publicó hace apenas dos años, un debut intenso, teatral, con las señas de una generación a la que no le basta la etiqueta emo para definirse porque no le alcanza, más cerca del ambiguo sad bastard music, pero sin la evidente copa de vino derramada que mancha la fina alfombra durante a días después de un divorcio. ¿Qué puede sentir un grupo de jóvenes? Que no ha experimentado más que películas sobre cómo se supone deben sentirse. Pues justo eso, centenares de libros, películas y otros álbumes que producen nostalgia de un mundo que definitivamente no puede regresar más que en forma de una camiseta desgastada a sobreprecio, más cara en proporción al tamaño de la ciudad en la que se vende.

Meses después de la introducción, los veintialgoañeros editaron una edición extendida con versiones en vivo de sus canciones más robustas en vivo. Pudieron pertenecer a la época de los encendedores levantados, pero  a consecuencia del progreso invaluable de la tecnología, probablemente terminaron sustituidos por luces horribles de la parte trasera de un celular. Esta versión extendida también traía un cover lacrimógeno de “When you sleep” de My Bloody Valentine que terminó por confirmar el tipo de referencias cursis y deprimentes de la banda, que evidentemente comparto y celebro.

En esta segunda entrega, la expectativa era alta. Lxs otrxs veintialgoñeros queremos llorar igual o más que con el debut, o al menos ser sorprendidos. El equivalente a Shrek 2, Blade Runner 2049, Paddington o cualquier otro cliché de continuación exitosa. Y se cumplió. Hay tracks que no olvidan la instrumentación quasi escolar del taller de teatro, una voz que transita verosímil por las emociones desbordadas, sin dar cringe a las personas a las que pretende llegar, pero sin duda alguna despertando recuerdos profundos de aquellos que tenían que colgar el teléfono para usar el internet. Haciendo que en general, sea altamente deseable corear la canción desde la primera escucha, sin saber exactamente la letra, pero sí la intención.

Y sí, puede que todas estas experiencias tengan un equivalente de hace dos o tres décadas. Progresiones y letras reconocibles para alguien a quien le duele que le digan señor. Pero si la conversación de la música es una entre un adolescente performativo y un adulto snob, no es difícil entender que buscan aprobación mutua. Uno quiere saberse entendido por el otro. 

Estimados millennials (reales o inventados): déjenos hacer nuestra propia música post crisis mundial. Déjenos pensar que no es una fase. Déjenos hacer nuestras propias leyendas y si Friko no es una de ellas, por lo menos cállense el hocico mientras gritamos las rolas a todo volumen, ya tuvieron su turno.

Es justo decir que este álbum cumple en lo más mínimo con la promesa de su título Something Worth Waiting For. Al igual que la llegada de la edad, un paquete internacional de una copia japonesa de Velvet Underground & Nico, o una reseña de Ibero 90.9 que no sea un excruciante que leer.